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domingo, 17 de julio de 2011
LA COLUMNA

El candidato, su discurso y su partido

En este agobiante mar de palomas volando sobre el azul, no resultará fácil al candidato del PSOE construir un discurso político y una posición en su partido que identifique ante los ciudadanos un proyecto con posibilidades de recuperar el terreno perdido. El poder municipal de los socialistas se ha evaporado allí donde parecía sólido, y el de las comunidades autónomas ha quedado barrido de sus otrora inexpugnables fortalezas. No hay ninguna gran capital gobernada por el PSOE con mayoría absoluta y de las Comunidades, y como el desesperado y algo obsceno recurso de Cayo Lara a la memoria histórica -echando en cara a los comunistas extremeños su decisión de abrir las puertas de la Junta a los herederos de los asesinatos de hace 75 años- solo sirvió para ratificar su entrega al PP, no queda más que Andalucía, cuesta abajo, y Euskadi, en minoría y con los días contados.

¿Cómo se construye un proyecto político atractivo, con aspiraciones de poder, cuando su ausencia es fruto de una pérdida tan masiva de votos? Es fácil decir: hagamos autocrítica, o hay que reinventarse, o leña al capital, o cualquiera de esas abstracciones que acompañan los análisis sobre la crisis final de la izquierda o del socialismo, abundantes desde los años ochenta y reiterados sin pausa desde la caída del socialismo real. Es fácil y, además, engañoso, porque desde sus orígenes, la izquierda -que siempre han sido las izquierdas- ha estado en crisis y, en consecuencia, siempre ha existido una nueva izquierda, que se presenta realizando la consabida autocrítica, reinventado el socialismo, firme ante el capital y anunciando un nuevo comienzo.

Pero, como escribió Gracián, "la gloria de la novedad dura poco". Vamos pues a lo de siempre. Y lo de siempre, en política, es el poder. ¿Qué será preciso hacer para recuperarlo? Ante todo, desechar la fascinación por los nuevos comienzos: la realidad, aquí como en el Reino Unido, se ha encargado de dar un bofetón a la nueva vía y al new labour. Es lo real, no lo que cada cual proyecte como espléndido futuro, lo que importa, porque es lo real el ámbito de la acción. Y es ahí, del reconocimiento de las constricciones de lo real de donde parte el político, como es fabulando sobre lo real como se arruina. Tal vez la amplitud de la derrota guarde alguna relación con la extendida percepción de que el Gobierno socialista había perdido el sentido de la realidad.

Por eso, quizá, en la primera intervención -no exactamente un discurso- de Rubalcaba como candidato, el lugar habitual que se dedica a la afirmación de lo nuevo lo haya ocupado la llamada al realismo y el enunciado de algunas políticas para hacer frente a algunos de los problemas actuales: creación de empleo, economía competitiva, sanidad, educación, ley electoral, urbanismo, corrupción. Es significativo, sin embargo, que no haya dedicado ni una sola línea a la cuestión territorial, ni a las instituciones en crisis del Estado, ni a la reforma constitucional que implican algunas de sus propuestas. Y esta ausencia de una palabra sobre cuestiones que afectan a la constitución misma del Estado, cuando se afirma la primacía de la política, mide bien la distancia que aún queda al candidato hasta convertir una intervención ante el comité nacional de su partido en un discurso dirigido a la sociedad. Sí, su intervención es un alivio, pero solo sirve para un dolor de cabeza, no para la recuperación del enfermo.

En todo caso, Rubalcaba sabe bien que en política no basta el discurso, que es preciso disponer de una herramienta de poder. No basta ser el candidato del partido; es preciso que el partido sea del candidato. Así ha sido siempre. Y a este respecto, que haya quedado en suspenso, para después de las elecciones, la sustitución de la actual cúpula dirigente, no constituye una buena señal contra las actuales previsiones de desastre. Si su intervención se quedó en discurso a medio construir, su proclamación trasmite una sensación de interinidad, como si gentes con poder en la maquinaria del PSOE le hubieran marcado un límite: candidato sin necesidad de primarias, sí; pero secretario general, por ahora, no. Probablemente, la designación de José Blanco como portavoz del Gobierno indica que las maniobras por el poder dentro del PSOE no han hecho más que empezar y que el destino del candidato depende del número de diputados que pueda levantar en las próximas elecciones: no es la mejor de las fórmulas posibles si de lo que se trata es de conseguir más de 150 escaños.

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