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Crítica:PURO TEATRO

El regreso de Patrice Chéreau

El director teatral francés ha vuelto a nuestra escena (Lliure / Grec) con I am the wind, de Jon Fosse, un texto un tanto escuálido pero con una puesta milimétrica y dos actores soberbios: Tom Brooke y Jack Laskey

Pueden ser dos amigos, dos amantes o dos mitades de la misma persona. Jon Fosse sólo les llama Uno y Otro. Al principio, Uno (Jack Laskey, al que pudieron ver en Madrid interpretando Sweet Nothings en el Canal) carga con el cuerpo del Otro (Tom Brooke) en brazos e intenta dar calor a su cuerpo helado. Una frase en off se repite, obsesiva: "No quería hacerlo pero lo hice. Sabía que pasaría y pasó". Brooke: torso desnudo, andrógino, pálido como un fantasma, flaco como si acabara de salir de un campo de concentración o todo siguiera siendo para él pozo y alambrada. Ojos desorbitados y fijos, con "la mirada con la que se mira lo que se ha de perder para siempre", como diría Juan Luis Panero, o lo que se ha perdido ya, irremisiblemente. Laskey: barba, ojos limpios, brazos fuertes, luchando por contagiar su serenidad, por protegerla. El primero sabe navegar en el mar pero no en tierra; con el segundo sucede justo a la inversa.

Una frase en 'off' se repite, obsesiva: "No quería hacerlo pero lo hice. Sabía que pasaría y pasó"

Cuando comienza I am the wind ya ha sucedido todo. Todo es el triunfo de la Nada. "No soporto el ruido que hace la gente... no soporto lo que la gente esconde al hablar... no sirven de nada las palabras, no atrapan la esencia de las cosas... no puedo estar solo, no puedo estar con nadie... quiero que todo sea menos visible... me estoy convirtiendo en una roca cada vez más pesada... me hundo...". Como Sarah Kane en 4.48 psychosis, el Otro padece una extrema sobredosis de realidad: más que una depresión es un radical desentendimiento con la vida. Uno quiere devolverle al Otro el gusto por la existencia, anclarle. El Otro propone navegar, hacerse al mar juntos en una balsa. Su lema secreto parece el mismo que guió a los argonautas: "Navegar es preciso, vivir no es preciso". El mar es para él territorio firme, deseo ("¿ves aquella cala que se abre de piernas?"), espejo de un cielo protector, recuerdo de infancia, cuando "todo estaba en movimiento". Llegan a la cala, saltan. "Cuando has lanzado el ancla puedes tomarte un trago". Las islas desnudas, todo gris y negro. "No crece nada aquí, solo rocas grises". El mar nórdico de Fosse, y también el mar habitado por monstruos súbitos que pintó Iris Murdoch. Por un momento, el Otro parece feliz, reconciliado, leve. "La vida no está tan mal ¿verdad? Es bueno hablar y estar con alguien. Y no eres roca tan a menudo ¿verdad?", dice el amigo. "No, no tan a menudo". Comen. "¿Y ahora que hemos comido, qué hacemos?", pregunta el amigo. "Ir mar adentro". El amigo tiene miedo del mar abierto, pero sobre todo de la tentación que ve crecer en el Otro como una planta maligna; la tentación que llega y posee y arrasa. El amigo narra lo que pasó luego, con la mirada perdida y el cuerpo varado de Gene Hackman al final de La noche se mueve o como Teramene contando la caída de Hipólito. Resuena la voz del muerto: "Ya no tengo miedo... ya no peso... me he ido con el viento... soy el viento". Podando las repeticiones, podría ser un buen cuento corto, un cuento de Hemingway o Carver. En teatro dura 65 minutos que se hacen largos por sobrecarga de pausas. Podríamos leer el texto en casa, en apenas media hora. ¿Qué es lo que nos lleva al teatro? De entrada, el reclamo de Chéreau, de quien hacía tiempo que no veíamos nada y que con I am the wind firma su primer espectáculo inglés, una coproducción entre el Théâtre de la Ville y el Young Vic, donde lo estrenó en mayo. Es su segundo Fosse esta temporada (el pasado invierno montó Rêve d'automne en París), un poco en la estela de su pasión por Koltès en los ochenta. Nos atrapa también la deslumbrante y muy cinematográfica escenografía de Richard Peduzzi, que a los veinte minutos hace brotar una tonelada de agua de lo que parecía una lechada de cemento, y de ese desbordado charco emerge la balsa entre ruidos de oleaje y chillidos de gaviotas, una balsa que sube, baja, y no para de moverse, mimando las sacudidas de una travesía cada vez más embravecida y obligando a Brooke y Laskey a buscar un constante y casi circense equilibrio. Desde luego que es espectacular, pero me temo que I am the wind puede quedar reducida a "la función de la balsa que se mueve". Por otro lado, el artefacto requiere un amplio espacio y la distancia dispersa la energía: yo creo que en un teatro más íntimo, con el público más cerca, estos intérpretes y este director podrían hacer que la historia nos cortara el aliento y que nos imagináramos todo, la isla, el viaje, la borrasca y el salto, como nos hemos venido imaginando siempre el periplo de Gloucester y Edgar sin necesidad de llenar el escenario de acantilados. Porque la dirección de Chéreau es milimétrica y sus actores intensísimos: te hacen ver físicamente la despersonalización, el miedo al abismo, y el dolor extremo de no poder alcanzar al otro, el dolor que surge cuando el amor es impotente. No quisiera restarle méritos a Jon Fosse, pero la fuerza y los sentimientos de todo lo que he contado antes me vinieron mucho más, creo yo, de las miradas y gestos y abrazos de los actores que del texto, demasiado esquemático y reiterativo. Quizás esa fuerza esté plenamente en sus palabras, como un carbón que ha de calentarse, y yo no he sabido verla. Conozco poco el teatro de Jon Fosse; hará años vi otra obra suya de la que he olvidado hasta el nombre. Curioso que aquí se le haya montado tan poco, porque este noruego tentacular, rebautizado como "el Beckett del siglo XXI" (qué manía, con la de años que quedan) ha escrito cuarenta libros y otras tantas piezas de teatro, y en Europa, dicen, se han hecho nada menos que novecientas producciones de sus obras. Chéreau hizo bien negándose a resumir I am the wind en la rueda de prensa, a contar "de qué va", esa pregunta tan enojosamente repetida y tan difícil de contestar. No me convencen tanto las palabras que ha escrito en el programa de mano: "El accidente final trae la calma y la paz: finalmente, la ligereza". Dice "accidente" para no decir "suicidio", pero es lo mismo. Me parece a mí que morirse nunca es un buen negocio: a los próximos no les trae ni calma ni paz ni ligereza, y lo que le trae al muerto difícil es saberlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de julio de 2011