Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Entrevista:MÚSICA

Redimido por el rock

Josh T. Pearson, hijo de un predicador, regresa después de diez años con The last of the country gentlemen, un disco para desahogarse de las penas y de la tristeza.

Por el modo en que están concebidas, muchas de las canciones del rock y el pop son como plegarias. Invocaciones a un ente superior a través de las cuales se elevan cánticos de dolor o de alegría, de angustia o de agradecimiento. También están los álbumes que han saldado la crisis de un artista, ya sea sentimental o espiritual. Dylan superó un divorcio con Blood on the tracks, y Bowie salvó su vida grabando Low. Mercury Rev grabaron Deserter songs desde la premisa de que nada importaba ya, y entonces su carrera renació. Ciñéndonos a la actualidad, tres de los mejores discos de rock aparecidos en los últimos meses tienen esa naturaleza redentora. C'mon, de Low, no sería lo que es sin las depresiones de su líder, Alan Sparkhawk. Bon Iver se redime de su propia leyenda de artista herido de amor con un álbum homónimo apoteósico. Y The last of the country gentlemen, de Josh T. Pearson, condensa una larga penitencia, que él mismo explica por teléfono desde Nueva York. "Para mí fue una experiencia muy dura hacer este disco. Exponer tus miedos y dolor en público te convierte en un ser muy vulnerable, y eso siempre es peligroso. Lo que cuento en él es profundamente personal. Es como confesarse ante el público en lugar de hacerlo ante un sacerdote".

"Es como confesarse ante el público en lugar de hacerlo ante un sacerdote"

Pearson, hijo de un predicador, creció bajo estrictas creencias religiosas. Hace 10 años sacó un álbum con Lift to Experience que hablaba del apocalipsis y que fue alabado por la crítica. El grupo sucumbió a la adversidad: egos en colisión, defunciones y drogas. Desde entonces, Pearson ha estado buscándose a sí mismo. Se ha enamorado y se ha separado, ha perdido la fe y la ha recuperado, y nunca ha dejado de escribir canciones inspiradas en todo ello. "Mucho trabajo, por favor", dice en español, sacando a relucir un inesperado sentido del humor. "Estaba bien trabajando en mis canciones, pero no sentía urgencia por darlas a conocer. No quería formar parte de la industria del disco porque una vez las grabas y las editas es como si te despidieras de ellas, dejan de pertenecerte". Canciones de sonido espartano: una voz que exorciza intensamente los demonios del autor, una guitarra solitaria y unos arreglos casi imperceptibles dan forma a esa vulnerabilidad que hace de su regreso uno de los discos del año. "Me siento tan agradecido porque a la gente le guste... Lo que más deseaba es haber creado algo lo suficientemente bueno para los demás. Es un disco muy triste porque recoge experiencias muy duras. Haberlo hecho es para mí lo que se dice un mixed blessing, una bendición y una maldición a la vez. Pero estoy feliz de haber grabado uno de esos discos tristes que la gente desea escuchar cuando está triste".

Según las crónicas, el público que acude a los conciertos de Pearson sale de ellos conmocionado. "Revivir estas canciones en los conciertos no es fácil, pero vale la pena hacerlo sabiendo que sirven de ayuda en un mundo en el que hay tanto dolor. En cuanto a mí, no sé si todo esto es un acto de redención personal. Ojalá lo sea". El éxito crítico cosechado por el disco y su reaparición no parecen importarle demasiado. Tampoco parece tener prisa por acabar nuevo material. "Tengo cientos de temas medio esbozados. No sé qué pasará a continuación. El nuevo material, sea cual sea y se estrene cuando se estrene, dudo que supere en melancolía a este disco. Es imposible.

The last of the country gentlemen está editado en Mute/PIAS.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de julio de 2011