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viernes, 15 de julio de 2011
Análisis:ANÁLISIS

Con los Juegos no se juega

¿Al final, qué son los Juegos Olímpicos? Sobre todo un escenario, el mayor escenario del mundo en el que un país puede representar el mayor espectáculo del mundo bajo el riesgo de convertirlo en el mayor fiasco del mundo. Todo depende del libreto. Los Mamo Wolde, Mark Spitz, Carl Lewis, Michael Phelps o Usain Bolt están ahí, ellos y los sucesores que indefectiblemente van surgiendo (unos más limpios, otros más sucios). La compañía de actores, el elenco, está ahí, hasta el guión está escrito. El problema para el país organizador es que no se le caiga el escenario, algo que nunca ocurre en medio de la obra, sino que demuestre después la herrumbre del despropósito y se convierta en un mausoleo de extravagancias, egoísmos, personalismos y falta de perspectivas.

Los Juegos de 2020, como los de 2016 en Río de Janeiro o los inmediatos de 2012 en Londres, serán los Juegos de la crisis, los organice quien los organice, porque los tentáculos de la caída económica no guarda países en la burbuja, ajenos a este desplome que exige pisar el acelerador de las ideas tanto como frenar los viejos despilfarros. Madrid, España, no está en peores condiciones que otros aspirantes como Roma o Estambul, quizás París, o Sudáfrica para sostener un escenario impecable sin necesidad de apelar al vellocino de oro ni pretender un foco político que pretenda ocultar sus doloridos nervios económicos.

No hay acontecimiento en el mundo que pueda considerarse como una catarsis contra la crisis, pero Melbourne no sería la misma sin aquellos juegos de 1956, ni Barcelona sin los de 1992 y así una tras otras de las ciudades que han acogido el mayor espectáculo del mundo. Tampoco Venecia sería igual sin su Mostra de cine, ni San Sebastián sin la suya, ni Aviñón sin su festival de teatro. Suma y sigue. Nada de eso les ha librado de la crisis, pero les ha otorgado personalidad y ha transmitido una energía creativa y organizativa que bien encauzada actúa como elemento regenerador de la ciudad y por lo tanto del país en general. Madrid, además, cuenta ya con muchas infraestructuras, deportivas, urbanísticas, de transporte, útiles y válidas para ese tiempo. Y sin duda, la construcción de las restantes actuaría como impulso económico en un país que funciona últimamente a 125 y no a 220 voltios en muchas de sus actividades económicas.

El peor efecto de la crisis es la parálisis. La peor imagen de un país es la que no existe, la que te saca del mapa, la que te echa del escenario, la que te anula el optimismo. Los Juegos no son los mercados, pero están en el mercado. Hace tiempo que el sueño del barón de Coubertin se convirtió en una realidad económica basada en personajes deportivos y trufada de banderas no exentas de conflictos.

Madrid lleva dos intentos por conseguir unos Juegos y lo hizo cuando creíamos que éramos ricos y cuando nos sabemos pobres. De una u otra manera, solo hay una condición previa: hacerlo bien, no solo para 2020 sino para los años venideros, porque con los Juegos no se juega.

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