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domingo, 10 de julio de 2011
Entrevista:MICHELLE BACHELET | LÍDERES GLOBALES / 4

"La igualdad, solita, no se da"

Ha sido la primera presidenta de Chile y defensora de la igualdad de la mujer, derechos por los que ahora lucha como directora ejecutiva de ONU Mujeres. Para ello apuesta por la educación, las cuotas y la complicidad masculina.

La igualdad, solita, no se da", dice Michelle Bachelet con energía, pero con voz dulce, cuando se le pregunta por la necesidad o no de mantener la discriminación positiva y las cuotas femeninas. "Cuando hay tal falta de igualdad hay que tener políticas para corregirlo hasta que se produzca el cambio y la igualdad de oportunidades sea algo natural; entonces, no serán necesarias las cuotas".

La directora ejecutiva de ONU Mujeres habla con una sencillez pasmosa de uno de los problemas "más complejos con se encuentran los políticos hoy día" (en palabras suyas). Y es que está absolutamente convencida de que tiene una tarea muy difícil por delante en un cargo al que llegó a finales de 2010, partiendo prácticamente de cero. Considera que "no hay recetas mágicas", que "hay que empezar con la educación de niños y niñas, desde chiquitos", y que "hay que contar con la complicidad de los hombres en las campañas contra la violencia de género".

"Sin igualdad, la sociedad está perdiendo el enorme potencial de las mujeres"

"Revolución es educar, replanterse adónde vamos y si lo hacemos bien"

Michelle Bachelet habla como una metralleta y con el entusiasmo de quien cree que está haciendo algo importante ("uno de los trabajos más nobles posibles, como es lograr la igualdad de la mujer"), aunque se le oscurece un poco la mirada cuando se le recuerda su sufrimiento y el de su familia durante la dictadura chilena, y se muestra sensible al reconocer que echa de menos su casa en Santiago ("allí tengo a mi familia, mis amigos, mis raíces..."). Aun así, se muestra fuerte y comprometida con su trabajo ("me hice política por lo mismo que me hice médica: no puedo tolerar ni la injusticia ni el sufrimiento").

Dejó la Presidencia de Chile el 11 de marzo de 2010, y menos de seis meses después asumía el cargo de directora ejecutiva de ONU Mujeres, con rango de secretaria general adjunta de este organismo multilateral. Así ha sido siempre el ritmo de vida de esta médica pediatra chilena que en septiembre cumplirá 60 años. Una vida en la que ha roto tabúes y tradiciones, y en la que ha tenido que enfrentarse a golpes muy duros que ha afrontado con una tremenda fortaleza.

Tenía 22 años cuando la dictadura militar chilena encarceló a su padre (el brigadier general de la Fuerza Aérea, Alberto Bachelet, miembro del Gobierno de Allende), que murió al poco tiempo en prisión. Michelle pasó a la clandestinidad, y tras ser detenida junto a su madre, Ángela Jeria, en 1975, fueron torturadas en la prisión de Cuatro Álamos. Una vez liberada, se exilió en la República Democrática Alemana hasta 1979, año en que pudo volver a su país.

Participó en la oposición clandestina a la dictadura militar chilena, compaginándolo con su trabajo como técnica de salud. Y con la llegada de la democracia inició su carrera política "legal" en el Partido Socialista de Chile. Con la llegada de los socialistas al poder, en 2000, el nuevo presidente, Ricardo Lagos, la nombró ministra de Salud. Dos años después ocupó la cartera de Defensa Nacional, siendo la primera mujer en el cargo y la primera ministra de Defensa torturada por órdenes del mismo ejército que ahora mandaba.

¿Qué sentía al tener que pasar revista a las tropas, sabiendo que su padre había muerto por la tortura del ejército y que usted misma y su madre también habían sido torturadas? Yo no tenía una mala sensación, ni contradicciones, porque sabía que estar allí, haciendo un buen papel como ministra, era la mejor aportación que yo podía hacer a mi familia. Mi padre era una persona que había amado la vida militar desde su posición de militar demócrata, y mi madre había luchado por la democracia. Por eso, yo sabía que ese trabajo era lo mejor que podía hacer para contribuir a que nunca más pudieran ocurrir sucesos como los que ocurrieron en la dictadura.

¿Y no sentía rabia? No. Fíjese, que no. Cuando en Chile empezamos a vivir en democracia, yo me di cuenta de que uno de los problemas que habíamos tenido era esa falta de relación y de conocimiento entre el ámbito político y el militar. Y yo podía hacer de puente porque tenía los dos sombreros: el de la política y mi experiencia familiar con los códigos militares.

Y del Ministerio de Defensa, Michelle Bachelet decidió dar el paso a la carrera presidencial, cuando Lagos concluía su mandato. El 11 de diciembre de 2005 ganó la primera vuelta, y un mes después derrotaba al actual presidente de Chile, Sebastián Piñera, con más del 53% de los votos. Se convertía así en la primera presidenta de Chile en sus 196 años de independencia y una de las pocas que habían ocupado un cargo de ese nivel en Latinoamérica.

Su primera decisión como presidenta fue formar un Gobierno paritario de hombres y mujeres. Y su última aparición pública, cuando ya era solo presidenta en funciones, en enero de 2010, fue la visita a la víctimas del terremoto que asoló Valparaíso. Poco más de un año después está volcada en su nuevo trabajo como máxima responsable de Naciones Unidas para la igualdad de género.

¿Es usted optimista respecto a lo que se puede hacer desde este organismo? Yo soy optimista histórica [Se ríe]. Es una tarea para la que si uno lo quiere hacer bien tiene que buscar unos resultados sostenibles en el tiempo. Y, sobre todo, es un trabajo que hay que hacer con muchas miradas: económica, social, las costumbres, las tradiciones, los contenidos religiosos... y que requiere una mirada profunda de los procesos que impiden u obstaculizan la igualdad de la mujer. Como en todo, aquí no hay tallas únicas, ni blancos o negros; aquí hay muchos grises y matices que nos lleva a la primera conclusión de que no hay recetas mágicas para solucionar los problemas.

Un trabajo complejo... Sí. Eso lo hace muy complejo, pero como es la vida de compleja. Y volviendo a si soy optimista o no, creo que este trabajo hay que hacerlo, al margen de sentimientos. Porque, cuando no se produce esa igualdad, no solo no se están respetando los derechos humanos básicos, sino que además se está perdiendo ese enorme potencial que pueden aportar las mujeres. Cuando la mitad de la sociedad no está plenamente integrada, en términos de oportunidades y derechos, la propia sociedad sale perjudicada.

¿Cómo afronta esa tarea tan difícil? La tarea no es sencilla, está claro. Yo diría que es desafiante y que, claramente, se puede conseguir. Aunque hay que partir de la base de que hay resultados que no se van a ver a corto plazo. Pero también sabemos, por la experiencia personal, que a veces hay hitos en la historia de las sociedades que producen cambios culturales radicales. Un ejemplo claro es el caso chileno, cuando yo me presenté a las elecciones a la Presidencia de la República y me advirtieron de que el país no estaba preparado para asumir una presidenta. Yo les decía que estaban equivocados, y al final gané en primera vuelta con el 46% de los votos; en segunda vuelta, con casi el 54%, y acabé mi mandato con más de un 80% de aprobación por parte de los chilenos. Quiere decir que al final la gente entendió que hombres y mujeres pueden ser capaces o no capaces sin importar el sexo.

Usted ha dicho en alguna ocasión que quiere ser un catalizador del cambio. ¿Cuáles serían los cambios prioritarios para conseguir esa igualdad? Cuando digo que debemos ser un catalizador me refiero a que nosotros no tenemos que reemplazar la tarea de los Gobiernos y de la propia sociedad civil. En cuanto a las prioridades, yo diría que la primera es empoderar a la mujer; pero no en abstracto. En lo social se ha avanzado mucho y la mujer va asumiendo más importancia en las distintas sociedades. Pero en donde existe realmente una brecha importante todavía es en el liderazgo de la mujer en política. Y no me refiero solo a los partidos políticos, a los que, por supuesto, incluyo. Me refiero al liderazgo de la mujer en todos los ámbitos y puestos de responsabilidad política. Esa es la clave para que puedan aumentar de verdad las oportunidades de la mujer en todos los terrenos.

¿Y en el ámbito económico y social? Esas son otras prioridades. Si la mujer no tiene independencia económica no puede llegar a nada. Yo siempre digo que igualdad equivale a economía inteligente. Es decir, que no solo es correcto, sino que es rentable e inteligente para la sociedad, por lo que pueden aportar las mujeres en el ámbito económico. Y una tercera prioridad es acabar con la violencia contra la mujer. Para ello, hay que incorporar a la lucha al hombre y a los jóvenes, que cada vez están más sensibilizados con el problema. Y todo ello se resume en un objetivo básico que es situar a la mujer en el corazón de la agenda política de todos los Gobiernos. Incluyendo las agendas de paz, seguridad y reconstrucción.

Ha señalado como una de las prioridades de su trabajo la lucha contra la violencia a la mujer. ¿Qué políticas son más eficaces en esa lucha? Hay tanto que hacer, que es difícil decir cuáles son las políticas más eficaces. Lo que está claro es que se puede y se debe actuar en muchos frentes. Hay que intervenir en términos de educación, de justicia, de aprendizaje social..., pero, sobre todo, hay que incidir en aspectos estratégicos. Porque no hay que olvidar que la violencia es una muestra del poder dominante del hombre, y es prioritario que haya unos marcos legales claros en todos los países. No puede haber impunidad para los perpetradores y, además, tiene que existir una política de atención y tratamiento a las víctimas.

Me imagino que los niños y las niñas merecen un trato especial en este terreno... Por supuesto. Los niños y niñas que han sido víctimas o testigos de la violencia doméstica requieren un trabajo especial, porque quedan muy traumatizados por diversas razones. En algunos casos han visto cómo asesinaban a su madre, en otros han sido sometidos a abusos o simplemente han vivido una situación constante de violencia que les puede llevar, en muchos casos, a repetirla cuando sean adultos. Por eso, hay que tener un esquema amplio e integral para atajar ese problema. Hay que empezar muy pronto, desde las escuelas de infancia, generando situaciones de respeto y de convivencia entre niños y niñas que permitan respuestas adecuadas ante situaciones que todos vamos a tener posteriormente en el día a día: me refiero a las agresiones, las frustraciones, indignación... Estas actitudes hay que combatirlas desde chiquititos. Si niño y niña aprenden a convivir desde pequeños, tendremos mucho ganado.

Ha dicho que los hombres tienen que participar activamente en ese proceso... Ese es un aspecto importante: la necesidad de que los hombres participen en las campañas contra la violencia de género. Deben de hacer un esfuerzo grande por decir bien alto que golpear no es un tema de macho. Todavía persisten actitudes complacientes entre los hombres que les llevan a decir, "por algo la habrá pegado", o "quien te quiere te hará llorar". Nada justifica maltratar a otra persona. Y aquí volvemos al planteamiento inicial estratégico de que la violencia es un asunto de poder, y que hay que empoderar a la mujer para que diga basta.

Volviendo a otras prioridades, usted ha dicho que la mujer tiene que estar en el centro de la agenda política. ¿Cuáles son los puntos esenciales para la igualdad? En primer lugar, yo quisiera insistir en que una sociedad que no aprovecha el conjunto de sus potenciales está perdiendo una parte importante de sus oportunidades de futuro. En la mayoría de las sociedades actuales, los hombres pueden desarrollar todos sus potenciales, y las mujeres, no. Lo que quiero decir es que hay que actuar con una mirada transversal, plantearse en cada una de las políticas si existe realmente igualdad entre hombres y mujeres, y actuar en consecuencia, incorporando políticas que supongan igualdad de oportunidad y de derechos. Todavía hay países en los que las mujeres no tienen los más elementales derechos. Por eso, yo propongo siempre tener la mirada de la diferencia que supondría incluir en todas las políticas aquellas medidas que ayuden a que las mujeres puedan superar los obstáculos con los que se encuentran. Si no, es como hacer una carrera de 100 metros lisos en la que los hombres corren por una calle libre y las mujeres tienen que correr saltando vallas. Puede que alguna mujer sea tan maravillosa que gane una carrera, pero la mayoría quedarán detrás de los hombres. Cuando hablo de situar a la mujer en el centro de la agenda política quiero decir que cada vez que se vaya a tomar una decisión, el político se plantee cómo va afectar a hombres y a mujeres.

¿Qué opina de la discriminación positiva y las cuotas femeninas? Hace 15 años se fijó un objetivo general de conseguir que el 30% de los parlamentarios del mundo fueran mujeres. Hasta la fecha lo han conseguido 18 países y solo 5 de ellos lo han logrado sin cuotas obligatorias. Es muy difícil avanzar rápidamente sin cuotas o sin lo que algunos llaman acción afirmativa o discriminación positiva. Es como cuando pensamos en políticas de equidad o de igualdad y no actuamos contra los obstáculos que existen en la vida diaria de las mujeres. La igualdad, solita, no se da; ni en el interior de los partidos, ni en el acceso a la financiación de las campañas electorales de las mujeres, ni en la conciliación de la vida privada y la profesional... por tanto, cómo nos podemos plantear que hombres y mujeres puedan llegar a la vez a la meta cuando están partiendo de lugares distintos. Cuando hay tal falta de igualdad hay que tener políticas para corregirlo, hasta que se produzca el cambio y la igualdad de oportunidades sea algo natural. Entonces, no serán necesarias las cuotas. Pero yo me hago siempre una pregunta: ¿por qué la gente solo se plantea los méritos de las personas cuando hablan de mujeres?

Hay también un aspecto cultural muy importante que subyace en todas las actitudes de los hombres y que lleva muchas veces a las mujeres a sentirse frustradas, porque después de haber conseguido llegar profesionalmente a donde querían se encuentran con que en casa no tienen la ayuda de su pareja y tienen que cargar con doble trabajo. En algunos casos les lleva a preguntarse si les ha merecido la pena el esfuerzo... Yo recuerdo la anécdota de la directora de una importante revista feminista en Chile, que en un momento dado decía que había luchado toda su vida por la liberación femenina y que lo que había conseguido era estar separada, tener que educar sola a sus hijos y mantener una jornada laboral que nunca se acaba. ¿Qué liberación es esa? Yo misma he tenido esa sensación, porque trabajaba de ministra siendo los hijos muy pequeños y sentía muchas frustraciones.

¿Qué hay que hacer para que la conciliación sea real? Lo primero y más importantes es la necesidad de un cambio cultural en el que hombres y mujeres compartan la responsabilidad de la casa y de los hijos. Es verdad que las nuevas generaciones ya van asumiendo esos papeles, pero hay que seguir estimulándolo en la educación y con ejemplos claros desde el punto de vista político, como medidas que permitan a los padres disfrutar de bajas por paternidad. Hay que seguir educando a los niños desde muy pequeños sobre la igualdad y la corresponsabilidad. Además, hay otros aspectos que pueden ayudar a la conciliación, como las guarderías, o las políticas de empresa que flexibilicen la presencia, en los casos que se pueda, o las políticas que incentiven la maternidad desde el punto de vista económico. Todo, menos no hacernos cargo de la realidad del problema. Hay que actuar.

La entrevista se celebra en un hotel de Madrid durante una visita relámpago de Michelle Bachelet a la capital de España. Sus ayudantes le indican que tiene que partir a la siguiente cita, pero la directora ejecutiva de ONU Mujeres mira el reloj y pide un poco más de tiempo. Se ve que disfruta del compromiso con su trabajo. "Mi primer objetivo hoy es que la organización que dirijo sea lo más relevante posible cuanto antes". Al final ganamos unos minutos para algunas preguntas más personales.

¿A qué ha tenido que renunciar por su vida política? Tal vez a etapas de la vida de mis hijos en las que me hubiera gustado poder estar más cerca de ellos.

Usted ahora vive en Nueva York y en los aviones. ¿Echa de menos a su familia, a sus hijos? Yo tengo tres hijos, de los que dos viven en Chile y una en Argentina. También viven en Chile mis dos nietos y mi madre. Y la verdad es que los echo muchísimo de menos; me encantaría poder estar más tiempo con ellos, aunque si estuvieran conmigo en Nueva York tampoco los vería mucho, porque no paro de viajar. Los echo tanto de menos que no me veo muchos años fuera de Chile. Allí tengo a mi familia, mis amigos, mis raíces, en definitiva.

Una última pregunta. ¿Sigue siendo revolucionaria? Ja, ja... [Se ríe con ganas]. ¿Quién sabe cómo me calificarán los jóvenes de mi país? Para mí, revolución es educar; revolución es la capacidad de no quedarse apoltronada en el sillón, o atornillada en un cargo, sino replantearse permanentemente adónde vamos y si lo estamos haciendo bien, con sentido autocrítico y sin que eso suponga inseguridad. En ese sentido, yo siempre voy a estar por mejorar las cosas, nunca voy a creer que no hay cambio posible. Habiendo dicho eso, también mantengo mi espíritu de justicia social, de intolerancia al abuso de todo tipo, y en ese sentido mantengo los mismos valores y principios que antes. Pero he aprendido que esos valores y principios se pueden llevar adelante con distintos instrumentos. Yo no me quiero calificar con ningún apellido, porque eso al final no es real, pero sí puedo decir que nunca voy a estar enamorada de mi obra, sino de la gente, de la acción, de lo que hay que hacer.

Ni injusticia, ni sufrimiento

Michelle Bachelet nació en Santiago de Chile en una familia acomodada y liberal de ascendencia francesa. Su tatarabuelo era un viticultor francés que emigró a Chile. Michelle estudió medicina y pronto se afilió a la Juventud Socialista en tiempos del Gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende. Ha sido la primera mujer en la presidencia de Chile.

Explica que se hizo política "por la misma razón por la que estudié medicina: yo no puedo tolerar la injusticia, no puedo tolerar el sufrimiento. Además creo que la injusticia no se produce por accidente o por el destino de una persona, sino por factores estructurales sobre los que se puede actuar. Por eso pensé que la política era el mecanismo apropiado para luchar contra la injusticia".

Michelle Bachelet, expresidenta de Chile, es ahora la directora ejecutiva de ONU Mujeres. / SOFÍA MORO

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