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Catálogo de trances latinos

Órganos que hablan, chicha amazónica, cumbia urbana... Chico-Trópico descubre el lado más bizarro del tropicalismo

Estamos en temporada de festivales. Aunque se haya parado la tendencia inflacionista de años anteriores, dominan los festivales con carteles previsibles. Para los artistas más solicitados, la vida se parece a aquella comedia de 1969 sobre una gira turística por Europa, Si hoy es martes, esto es Bélgica. Parada tras parada, dan una versión reducida de su concierto y salen pitando a la siguiente.

La vida (creativa) debe ser otra cosa. Lo advertía Albert Guijarro, director de Primavera Sound, en este periódico: hay espacio para festivales que sean capaces de generar una demanda, de aglutinar a un público nuevo. Eso podría ocurrir con Chico-Trópico, cuya segunda edición llega mañana a Casa América.

Casa América acoge a partir de mañana la segunda edición de este festival

Resulta arduo sintetizar la oferta de Chico-Trópico. Digamos que se sitúa entre el típico festival indie y el consabido evento de world music. Un lugar incómodo: los indies tienden a despreciar lo exótico, sobre todo lo que viene de Hispanoamérica. Y los altermundialistas prefieren los espacios abiertos, con ofertas musicales cuidadosamente alicatadas.

Sara Brito y Bruno Galindo, comisarios de Chico-Trópico, hablan de "vanguardia musical latinoamericana" o "tropicalismo experimental". Se trata seguramente de una manifestación de lo que llaman glocalización, palabro que acoge a híbridos artísticos que funden lo global y lo local. El elemento local: músicas muy del pueblo, quizá vulgares en su realización cotidiana. Lo global: una sensibilidad de hipster, que evita los acabados rutilantes y establece relaciones de complicidad con sus oyentes. El mensaje podría ser "tocamos cumbia pero no como la que suena en la radio comercial".

Esos híbridos se desarrollan en capitales latinoamericanas pero, en la batalla por la atención mediática, son eclipsados por el indie convencional, que busca un lenguaje internacional que no revele sus raíces. De ahí que tenga una incubadora en el barrio neoyorquino de Brooklyn, sartén multicultural donde se aprecian los sabores fuertes. De allí viene Chicha Libre, grupo encabezado por el francés Olivier Conan. Rescatador de viejos discos peruanos, Conan dirige un local llamado Barbés, donde se presentan músicas potentes del (¡perdón!) Tercer Mundo pero reinventadas con actitud contemporánea y modos atípicos.

En su banda, Conan retrocede a los orígenes amazónicos de la chicha, cuando se combinaban elementos de la cumbia con relampagueantes guitarras que parecían salir de un universo psicodélico o -una imposibilidad socio-lógica- del brillante sonido de los conjuntos de surf de la burguesía limeña. Conan también ha presentado a Frente Cumbiero, rotunda propuesta colombiana que traerá a Madrid su indagación en los orígenes de la cumbia urbana.

Propuestas vivas sin etiquetas evidentes. Tremor es un trío argentino que alterna pasajes andinos con artillería rock. Meneo intenta revitalizar músicas caribe-ñas desgastadas por su abuso. Chico-Trópico también cuenta con evangelistas como Sudateca o Caballito, pinchadiscos que luchan por ampliar la idea de lo que puede sonar en una pista de baile.

Mención especial para Igor Stepenanko, instrumentista que mantiene una tradición curiosa: el órgano que habla. Es el resultado de la exploración de las posibilidades del órgano Hammond, cuyas barras deslizantes permiten emular a los cantantes, con un insólito efecto robotizado. Popularizado por maestros como el invidente Ernesto Hill Olvera, es un genuino producto del kitsch latino que también puede tener su hueco en Chico-Trópico: sus intérpretes deben concentrarse tanto que parecen entrar en trance.

Chico-Trópico. Casa América, el 30 de junio y el 1 de julio, 8-10 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de junio de 2011