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sábado, 18 de junio de 2011
Crónica:SILLÓN DE OREJAS

Freud y el ataque de los pigmeos feroces

Pensé que se lo debía. Después de casi veinte años tumbándome dos veces por semana en el diván (la principal contribución del orientalismo al psicoanálisis), parloteando en pautadas sesiones de cincuenta minutos con los ojos fijos en una moldura del techo, mientras alguien detrás de mí escuchaba con atención flotante, comprendí que le debía un homenaje al inventor de esa ciencia que no lo es y que, en el mejor de los casos, sólo sirve "para transformar el sufrimiento neurótico en simple sufrimiento común". De manera que, durante un reciente viaje a Viena, y como quien no quiere la cosa, me acordé de que Sigmund Freud tuvo allí su casa (también era su consulta, lo que no deja de ser un síntoma) durante casi cuarenta años, y decidí ir a visitarla. El edificio de Berggasse 19 se conserva bastante bien, pero a diferencia de lo que ocurre en la casa de Maresfield Gardens (Hampstead, Londres), en la que Freud vivió el último año de su vida, el piso vienés está prácticamente vacío de recuerdos personales, al menos de esos que compensan la visita y colman las expectativas de mitómanos y argentinos. Anna Freud, la hija favorita, se ocupó de que la casi totalidad del mobiliario (incluido el diván en el que yacieron todos los pacientes) y el resto de los objetos de su padre viajaran desde la letal Viena del Anschluss hasta su refugio de Londres, de modo que allí sólo quedan fotos y algunas habitaciones que exhiben ante el visitante un vacío culposo. Dicen los ortodoxos que el silencio del psicoanalista es la condición para que el inconsciente del analizando rompa el suyo. Sin embargo, el vacío de las habitaciones de la casa de la calle Berggasse no permite evocar más que lo que denota: el silencio de un ausente. La visita me sirvió, no obstante, para comprobar una vez más que el inconsciente está ahí, perpetuamente agazapado y mostrando su peculiar sentido del humor, en esta ocasión por medio de un acto fallido (Fehlleistung) en forma de recuerdo equivocado. Al llegar creí dejar el bolso con mis pertenencias en el interior de un oscuro armario que, para mi desconcierto, fui incapaz de encontrar a la salida. Finalmente, y gracias a la ayuda de la encargada del museo (que se comportó con el aplomo de una actriz que hubiera representado muchas veces el gag), comprendí que el hecho de que el interior del armario estuviera barnizado de oscuro me había hecho suponer que el exterior sería del mismo color, por lo que no se me había ocurrido buscar mi bolso en uno de los blancos armarios empotrados y disimulados en la pared. Fin de la historia. Por lo demás, luego caí en la cuenta de que en mi visita-homenaje al santuario vacío había tenido bastante que ver la reciente lectura del prolijo (y a ratos virulento) panfleto antifreudiano Freud. El crepúsculo de un ídolo (Taurus) en el que el mediático y astuto filósofo-publicista francés Michel Onfray arremete (y no necesariamente con datos ni bibliografías contrastadas) contra lo que llama "fabulación freudiana", a la que pretende caracterizar como una de las mayores imposturas teóricas de la modernidad. Según el filósofo -que ha publicado recientemente una Apostille au 'Crépuscule'. Pour une psychanalyse non freudienne (Grasset), quizás para aprovechar el éxito comercial de su libro en un país (Francia) en el que, propiciado por algunos fundamentalistas de la terapia cognitiva-conductista, se ha abierto la veda del psicoanálisis-, Freud era una especie de estafador (además de un individuo misógino, obsesionado a la vez por el incesto y el dinero, cocainómano, mentiroso, adúltero, homófobo, y filofascista) que construyó su leyenda apoyado en un núcleo inquebrantable de fieles. Onfray, que se muestra menos crítico con la interpretación del psicoanálisis defendida por freudomarxistas como Reich, Marcuse o Fromm, mezcla en su libro acusaciones basadas en conjeturas muy discutibles, sospechas y rumores interesados con objeciones y denuncias formuladas por críticos más serios acerca de la teoría y de las pretensiones de Weltanschauung del freudismo. Una respuesta (tampoco muy convincente) de una freudiana de cabecera puede leerse en el breve contra-panfleto de Élizabeth Roudinesco ¿Por qué tanto odio?, publicado en castellano (Argentina) por los libros del Zorzal.

Sexo

Al parecer, sigo sin poder levantarme del diván (mi sillón de orejas es convertible), ahora a costa de mi última pesadilla. Había estado leyendo Pigmeo (Mondadori), la novela de Chuck Palahniuk en la que un grupo de estudiantes adolescentes (muy escasos de talla, de ahí que al protagonista le apoden con el título del libro), previamente entrenados en un estado hostil y totalitario, se infiltran en familias de clase media de Estados Unidos para llevar a cabo la Operación Estrago y proceder a la destrucción de la sociedad. Una especie de novela epistolar en la estela del modelo fijado hace tres siglos por Montesquieu en sus Lettres persanes (1721) y seguido, entre nosotros, por José Cadalso en sus póstumas (1789) Cartas Marruecas: el extraño que nos mira y saca punta a nuestras costumbres y cultura. Sólo que aquí las cartas van en una sola dirección y consisten en los informes que Pigmeo envía a sus lejanos jefes, lo que permite a Palahniuk dar una nueva (y divertida) vuelta de tuerca al viejo tema del regard étranger: ahora es la sátira feroz del american way of life efectuada sin ahorrar al espectador ninguna escena desagradable, como la sodomización que lleva a cabo Pigmeo en la persona de un gamberro que acosa al hijo de la familia de acogida. Miren: ya sé que me voy haciendo mayor y que probablemente se me escapen algunas de las excelencias literarias del tiempo que me ha dado vivir, pero si esto tiene algún parecido con la Gran Novela Americana, que vengan Melville o Faulkner o Roth y la lean, no sé si me explico. En todo caso, me quedé dormido (había vuelto a comer hamburguesas) y soñé que había sido atado a mi sillón de orejas (convertido en camastro o diván) por una legión de liliputienses en cuyos rostros podía reconocer a algunas de mis bestias negras de la política, la cultura o el periodismo nacionales y autonómicos. Lo más curioso de todo es que, en un momento dado, uno de mis atacantes (quizás el president Camps o el periodista Marhuenda) le gritaba al bardo Sabina (que, aunque intentaba descifrar en una esquina un poema de Paul Celan, parecía ser el autor intelectual del ataque): "¡Cántale otra!". Cuando me desperté, bañado en sudor frío y con un ataque de ansiedad de grado 7 en la escala Lexatín, encesté el libro de Palahniuk en el contenedor de Sobras Completas y lo sustituí por el mucho más interesante Diccionario del sexo y del erotismo (Alianza), de Félix Rodríguez González, que recoge (como ya quiso hacer Cela en su inacabado Diccionario secreto, 1968 y 1971) el léxico (antes) innombrable, tal como es usado en la prensa y la literatura española de ahora mismo. Por él me entero del significado de anililagnia y de algunas de las otras cosas que gritaban mis liliputienses acosadores, y que ya iré utilizando en este sillón de orejas (y diván accidental).

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