Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:LIBROS

Una belleza conmovedora

Un hombre, Yasuaki, es encontrado en la habitación de un hotel junto a su amante. Se trata de un doble suicidio, pero el hombre sobrevive. La amante, una geisha, es una antigua compañera de estudios. La esposa de Yasuaki, Aki, se divorcia de él tras el terrible incidente, también presionada por su padre, que tenía en gran aprecio a Yasuaki y pensaba hacer de él su sucesor al frente de la empresa familiar, pero la situación anula toda proyección de futuro. "Por utilizar un término ecuestre -dice su padre a Aki para representar la situación- el caballo se ha partido las patas delanteras".

Diez años más tarde, Aki está casada de nuevo con un hombre convencional en un matrimonio convencional y un día, llevando a su hijo Kiyotaka, discapacitado, a visitar el monte Zaô con la intención de enseñarle las estrellas desde la cumbre, pues las estrellas constituían la fascinación del niño, se cruza a la distancia con su exmarido. De esa visión fugaz surge el impulso de escribirle y el impulso se continúa en una correspondencia entre ambos.

Kinshu. Tapiz de otoño

Teru Miyamoto

Traducción de María Dolores Ábalos

Alfabia. Barcelona, 2011

240 páginas. 21,50 euros

El planteamiento de Miyamoto es muy original. No se trata de un intercambio de sentimientos al uso tras el cual los separados, después de diversos avatares, se reencuentran. Al contrario: lo que el autor muestra a través de esta correspondencia iniciada por la curiosidad e incitada por el deseo de saber quién es cada uno en relación con lo que fueron es un ejercicio de sinceridad acerca del dolor que dos personas se causaron en un momento dado de su existencia y del sentido de aquel dolor muchos años más tarde, cuando la herida está cerrada, pero la memoria se niega a desaparecer.

El tono de la correspondencia está teñido de una cierta tristeza, pero su singularidad reside en el cariño y la delicadeza con que tratan de reconocerse, cada uno a sí mismo y también al otro. Hay una indagación en el pasado, en el sentido de la culpa y de la expiación, en la sucesión de cartas bajo la cual asoma, muy tímida, la alegría de reconocerse como seres humanos y no como enemigos. La importancia de la correspondencia está en que toda posible esperanza, no de reunión sino de salvación de cada uno de los dos, está en el hecho de que el presente les permite reconocerse como seres capaces y conscientes; de que es desde el presente, lo que son ahora, desde donde cabe redimir los errores cometidos y los malentendidos irresueltos; ninguno de los dos busca un reencuentro (o, mejor dicho: ambos saben que no será posible) pues lo que ambos buscan sin saberlo es una serenidad que sólo gracias a y desde su correspondencia será capaz de aflorar y devolverles la propia estima y la conciencia de su realidad actual. Exactamente ahí es donde reside la notable originalidad del planteamiento de Miyamoto.

De esta manera, lo que se desarrolla ante los ojos admirados del lector es una lección en profundidad del valor de la autoestima recuperada. Todo ello guiado por una escritura leve y agridulce, lúcida y dura también, que poco a poco va estableciendo un puente de afecto que devuelve con admirable dignidad a su lugar la imagen de cada uno, tanto respecto a sí mismo como al otro. La delicadeza se une a la lucidez a través del deseo de entender que abre la memoria de los dos antiguos enamorados hasta que, no el amor, pero sí la esencia de aquel amor se abre paso entre ellos para revelar la verdad que dio vida a un amor perdido, pero no olvidado.

Lo que ambos recuperan finalmente es su propia lucidez ante su vida presente y su futuro. Saben que no volverán a verse, del mismo modo que no se han visto durante el cambio de cartas, porque la vida de cada uno tiene un rumbo distinto; su experiencia es una experiencia espiritual de introspección, autoanálisis y deseo de comprender para saldar cuentas con el pasado; pero el modo en que logran alcanzar esa lucidez es el tema y el estilo del libro, de una belleza conmovedora y una intensidad pocas veces lograda con tanta emoción como en esta hermosa historia de amores contrariados; una historia breve, decantada y precisa que alcanza con igual precisión el corazón y la cabeza del lector.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de junio de 2011

Más información

  • Teru Miyamoto