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LA COLUMNA

El desplome

¿El país se ha escorado a la derecha o simplemente se ha desplomado la izquierda? No es una cuestión retórica. Porque no es lo mismo el desplazamiento hacia otro lugar ideológico que el desasistimiento del electorado. Y el electorado socialista lo que ha hecho fundamentalmente es abandonar a su partido -solo un 55% de los que le votaron en 2008 le han votado ahora- y repartirse entre la abstención y un goteo a izquierda y a derecha. El PSOE se consuela echando la culpa a la crisis. No hay duda de que cualquier partido que le haya tocado gobernar este periodo sufre un desgaste electoral enorme, sea de izquierdas o de derechas. Ahí está el ejemplo de Sarkozy, que debía comerse el mundo y está tan carbonizado como Zapatero. La izquierda europea, en general, ha carecido de una respuesta propia a la crisis. La derecha no ha tenido ningún empacho en seguir las instrucciones de los que Paul Krugman llama "los fanáticos del dolor". Pero ni una ni otra han escapado al malestar de una ciudadanía que se ha sentido muy abandonada.

Pero el caso español tiene sus peculiaridades. La derecha ha practicado un oportunismo con descaro, sin ser penalizada electoralmente por ello, negando el apoyo a políticas que todo el mundo sabe que serán las suyas cuando gobierne. Y Zapatero se ha hundido él solo, arrastrando consigo a todo el partido por una acumulación de errores forzosamente fatal. Partió de una estimación errónea del riesgo, al negar la crisis contra toda evidencia; practicó el pensamiento ilusorio (o si se prefiere, el optimismo incorregible) confundiendo la realidad con lo que él quisiera que esta fuera, por ejemplo, autoconvenciéndose de que las dificultades pasarían pronto porque Alemania y Francia tirarían de nosotros; proyectó sus experiencias del pasado en el futuro, atribuyéndose como méritos algunos factores fortuitos, como, por ejemplo, la expansión descontrolada de los años anteriores a la crisis; no se dio cuenta de que la opinión pública captó en seguida la gravedad de la crisis y el clima cambió muy rápidamente de la euforia al pesimismo, de la irresponsabilidad al miedo; y se columpió en el exceso de confianza en sí mismo, como si los impulsos de su voluntad pudieran quebrar la cruda realidad. Estos seis enunciados son una reformulación de la lista de los elementos que Paolo Legrenzi, en su libro Por qué las personas inteligentes cometen estupideces, enumera como componentes del cemento de la tontería. Cada uno por separado, probablemente, hubiese creado situaciones susceptibles de ser resueltas, pero todos juntos han dado lugar a una mezcla explosiva de consecuencias muy precisas: ha hecho saltar por los aires la autoridad de Zapatero y la confianza en él. Y en un país en el que los Gobiernos y los partidos son serviles instrumentos a mayor gloria del jefe, esta caída ha contaminado a todo el sistema PSOE y ha sido la principal causa del hundimiento de los socialistas.

Principal, no única, por supuesto. En el pasado, la normatividad social estuvo en manos de la tradición, de las religiones y de la ideología. Actualmente, las normas de comportamiento que rigen emanan directamente de la economía. Por eso lo gestionamos todo: las familias, los amores, los divorcios, los niños, los enfermos, las fiestas, las diversiones, las aficiones, los disgustos, las depresiones, las creencias, por supuesto, el trabajo e incluso la misma política. La izquierda no ha sabido asumir este nuevo paradigma, en el que la economía es reina: principio y fin del sentido de las personas y de las cosas. No hay otro argumento eficaz que la cuenta de resultados. Para defender a los inmigrantes hay que demostrar que es más lo que aportan en dinero al PIB y a la Seguridad Social que lo que reciben. Para justificar una reforma educativa no sirve el valor de tener un nivel de formación alto, sino su traducción en puestos de trabajo y en valor añadido para las empresas. Y así sucesivamente. La izquierda ni ha entendido este nuevo paradigma, ni ha sido capaz de hacer propuestas para modificarlo. Y por eso se ha ido desdibujando. De modo que el país se ha movido. La derecha se ha beneficiado de ello, porque se siente más a gusto donde el dinero es el que manda, para bien y para mal. Sin que ello suponga forzosamente una derechización masiva de la sociedad. Probablemente, en las encuestas de adscripción ideológica subjetiva, el eje del país siga situándose en el centro izquierda, en aquellas casillas en las que los expertos decían que era imposible una victoria de la derecha. Ya la tienen aquí. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de mayo de 2011