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domingo, 29 de mayo de 2011
DON DE GENTES

Para qué sirve una mano

Cuánto me gusta reírme y qué poca gracia les encuentro a veces a los humoristas. Lo que en la vida diaria se da de manera tan frecuente y ligera, reírse de un malentendido o de un juego verbal, resulta muy forzado cuando se condensa en un monólogo. Para que un monólogo sea brillante no es que haya que ser gracioso, es que hay que ser un genio. Hubo dos genios del monólogo, Woody Allen y Jerry Seinfeld, que pasaron años probando sus historias en pubs; los dos eran herederos de la tradición de teatro humorístico judío que a principios de siglo brilló en humildes teatros de la Segunda Avenida neoyorquina. Hoy hay un genio en la televisión americana, se llama Bill Maher y es el tío más corrosivo que he escuchado nunca. Cuando quieres escuchar algo subversivo, algo que crees que a nadie se le podría pasar por la cabeza, y menos aún se atrevería a decirlo, ahí está Maher, que, sin perder la sonrisa ni amedrentarse ante ningún tema, le da un repaso a los fanáticos religiosos que anuncian el fin del mundo, a Trump o a Schwarzenegger. Respecto a Schwarzenegger, comenzó diciendo esta semana: "Es imposible que engañara a su mujer durante diez años; ¡eso significaría que tuvo que interpretar!". Pero su tajada favorita, aquella a la que hincó el diente y no soltó hasta que le hubo sacado hasta el último pedacillo de chicha, fue el caso Strauss-Khan: "¡Al fin un banquero en la cárcel!". El humorista, con esa boca de pícaro de la que salen barbaridades, se mofó a fondo de la defensa cerrada que los intelectuales franceses han hecho de su "socialista". La intelectualidad ha hablado, sí, y lo ha hecho para afirmar que es absurdo que la séptima persona más influyente del mundo se vea obligado a violar a una señora. Se ve que eso, a juicio de un sector notable de la intelectualidad francesa y de Carmen Llera, solo lo hacen los tirados. Lo comprensible, decía Maher, es que una mujer no pueda resistir la tentación de abalanzarse sobre un hombre de sesenta años. Por otra parte, añadía el humorista, "¿cómo puede un hombre contenerse ante una tía que entra en tu cuarto vestida de camarera? Para colmo, la muy puta te pone una chocolatina mentolada debajo de la almohada". Nadie duda, tampoco el humorista, del derecho a la presunción de inocencia del acusado, pero lo incalificable es que duden de la inocencia de la víctima. Hay comentarios que lees o escuchas ante los que te gustaría gritar, que te provocan una honda agresividad. Yo lo noto físicamente, me altero, doy zancadas por el pasillo, me peleo sordamente con un interlocutor. En el caso que nos ocupa no era fácil: tenía que vérmelas con media intelectualidad francesa. Por experiencia, sé que no hay una manera más sana de soltar presión que practicar la ironía, o el sarcasmo, o el comentario burlesco. Con ironía también escribió un artículo David Rieff, ensayista, hijo de Susan Sontag, en el que hablaba de esa supuesta "brigada" que entra en las habitaciones de los hoteles americanos para arreglar el cuarto. ¡La brigada! Esta teoría la leí varias veces; en este mismo periódico, por cierto, avalada por el filósofo Bernard-Henri Lévy. ¿Cómo un cliente va a violar a una señorita camarera si tiene a toda una brigada delante? Lo afirmaban con tanta rotundidad que llegué a olvidarme de que yo también he pernoctado en hoteles americanos (no tan buenos como el del señor Strauss-Khan, aunque aceptables), pero se ve que siempre coincidió con que la brigada estaba de vacaciones. El escritor Rieff recordaba también un sketch que se emitió hace tiempo en la misma televisión francesa en la que el hoy acusado Strauss-Khan llegaba a los estudios de la radio pública y todas las empleadas corrían a encerrarse en el cuarto de baño. El hombre tenía su historia. O su historial. Y yo no malgastaría el tiempo recordándolo aquí si no fuera porque la defensa de los amigos de Khan roza en sí la comicidad. Ah, el célebre puritanismo americano. Ah, esa manera con que se quiere amordazar la masculinidad. De dicha masculinidad están las camareras hasta la toca. Eso es algo que sabían los directivos de los hoteles, pero que no había llegado a las páginas de los periódicos hasta la denuncia de la empleada guineana. No es cotidiano, pero tampoco raro, que en los hoteles de lujo los señores solos sientan un calentón incontrolable y que no caigan en la cuenta de que la mano derecha se tiene para algo. O la izquierda. Que también los zurdos existen, como recordaba hace poco Javier Marías. Por su parte, las camareras vestidas de camareras no suelen denunciar. La razón: no quieren líos, no quieren perder su trabajo. Por eso resulta desternillante que lo que cabría calificarse de avance social, que la palabra de una empleada de la limpieza valga tanto como la de uno de los poderosos de la tierra, se considere un atropello a un señor que hubo de verse detenido al lado de delincuentes negros y puertorriqueños como si fuera gentuza. Lo que hay que leer. Tranquilos, lo más probable es que este señor vuelva a casa. En cuanto a la limpiadora, volverá a su apartamento del Bronx, o tal vez no, tal vez le ofrezcan una suma importante de dinero y pueda darle a su hija la vida que a ella se le ha negado. Y no seré yo quien diga que hará mal en aceptarlo.

Es raro que cuando los señores solos en hoteles de lujo sienten un calentón olviden que la mano se tiene para algo

La presunción de inocencia es indudable. Lo incalificable es que duden de la inocencia de la víctima

Arnold Schwarzenegger, durante la conmemoración del aniversario de la independencia de Israel en el consulado de Los Ángeles. / MATT SAYLES

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