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COLUMNA

Me bajo en Sol

Arranquemos con un problema matemático.

Todos sabemos que bajo el asfalto de la Puerta del Sol no se oculta ninguna playa. Sólo una estación de metro, profunda y vertiginosa, de la que salen diariamente miles de personas. Si a este gentío anónimo se le aplica no ya la metáfora sino la estadística, resulta que aproximadamente un tercio de los que suben las escalerillas son jóvenes, de los cuales uno de cada tres no tiene trabajo y del resto, más de la mitad ocupa un empleo temporal o precario muy por debajo de sus posibilidades y títulos. Vistas así las cosas, viene la pregunta: ¿cuántos de esos desempleados y mileuristas cree usted que, al llegar a la superficie, querrán sumarse a una concentración pacífica, formada por sus iguales y que pide, no una playa, sino un empleo digno y un ambiente político más respirable?

Ninguno de los grandes dirigentes ha tenido el valor de coger el metro, bajar en la estación Sol y hablar con los acampados

La respuesta a la incógnita da la medida del éxito de la autodenominada #spanishrevolution, ese movimiento que, en menos de una semana, ha logrado hacerse con las simpatías de cientos de miles de personas y arrebatar el relato de la actualidad a la política tradicional. Unos partidos enfrascados en una campaña extremadamente aburrida y que hoy se resuelve sin haber atendido a la reflexión fundamental que, apartando toda la hojarasca, se les ha planteado desde el kilómetro 0. A saber: ¿por qué la generación mejor preparada de la historia siente que ha perdido el tren? Sea cual sea el resultado electoral, los balbuceos de la mayoría de los partidos frente a esta cuestión, oscilantes entre el temor y la aversión, han dejado en evidencia algunas de sus deficiencias. Quizá la más patente, pero en la que pocos han reparado, es que ninguno de los grandes dirigentes habituados a encontrar maravillosas playas en lugares insospechados, ha tenido el valor (ni siquiera metafórico) de coger el metro, bajar en la estación Sol, subir las escalerillas, mirar a su alrededor y pararse a hablar con los contestatarios.

La única respuesta oficial que han recibido los acampados ha procedido paradójicamente de la Junta Electoral Central. Y no deja de ser discutible, porque, como señala la propia doctrina del Tribunal Constitucional, extender el carácter de acto de campaña a todo aquello que pueda incidir en la voluntad de los votantes y someterlo a las restricciones de la legislación electoral implica, a la postre, abrir una puerta a que en periodo de elecciones se prohíba toda manifestación ideológica que no sea la efectuada por candidatos y partidos. Es decir, impone una mordaza a la expresión política de la sociedad civil.

La suerte, de todos modos, ya está echada. Y el ganador ha sido el Movimiento del 15-M. Ahora falta ver en qué queda esta ola y si sobrevivirá al 22-M. En Portugal, donde en marzo pasado surgió el precedente más claro, un colectivo similar ha cristalizado en una estructura sólida (M12M) que se ha puesto como objetivo volver a salir a la calle en las elecciones del 5 de junio. Posiblemente otro tanto ocurra aquí con las elecciones generales. Veremos.

Pero sea lo que sea, la #spanishrevolution habrá tenido la facultad de descubrir a mucha gente que en otras épocas fue utópica también, que bajo el asfalto de la Puerta del Sol no había ninguna playa tropical, cierto, sino una estación de metro poblada de desempleados y mileuristas indignados, capaces de subir las escalerillas para exigir un futuro mejor.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de mayo de 2011