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Crítica:Bruno Galindo - Omega. Historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca | 70ª FERIA DEL LIBRO DE MADRID | MÚSICA

La táctica del oso hormiguero

Omega, el disco de Enrique Morente con Lagartija Nick que rompió moldes, y Una semana en el motor de un autobús, de Los Planetas, abren Cara B, una colección de libros dedicada a explorar los puntos álgidos de la música popular made in Spain

Aseguran que estamos viviendo un auge del libro musical y, efectivamente, se multiplican los lanzamientos. Aun así, existen infinidad de huecos en la bibliografía mínimamente deseable. Por ejemplo, no hay nada parecido a un diccionario o enciclopedia manejable del pop nacional, algo que tienen hasta parientes de menor tamaño, como Portugal o Cuba. A cambio, toda ciudad o región cuenta con su El rock en..., financiado con dinero público.

¡Las paradojas de un país capitidisminuido! A través del INAEM, Cultura sacó en 2007 un (valioso) tomo sobre el rock progresivo internacional pero ahí se acabó su aggiornamento.

Así que urge celebrar el nacimiento de una colección que promete analizar discos significativos de la música española. Recuerden que, debido a prejuicios propios de una sensibilidad pretecnológica, aquí los discos suelen ser tratados como un subproducto: lo importante son los grandes conciertos o las declaraciones políticas del artista.

Omega. Historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca

Bruno Galindo

Prólogo de Santiago Auserón

Lengua de Trapo (Cara B). Madrid, 2011

183 páginas. 16,50 euros

Una semana en el motor de un autobús. La historia del disco que casi acaba con Los Planetas

Nando Cruz

Prólogo de Julieta Venegas

Epílogo de Julián Rodríguez

Lengua de Trapo

(Cara B). Madrid, 2011

187 páginas. 16.50 euros

Como ocurría con Morente, 'Omega' fue creciendo a izquierda y a derecha, partiendo de Lorca hasta las melopeas de Cohen

El menú de Cara B resulta ambicioso: anuncian títulos sobre Honestidad brutal (Calamaro), Lujo ibérico (La Mala), El estado de las cosas (Kortatu) y Cajas de música difíciles de parar (Nacho Vegas). Mágicamente, las dos primeras entregas publicadas cubren discos concebidos en Granada que comparten músculo percusivo: Eric Jiménez, baterista de Lagartija Nick, luego fichado por Los Planetas.

A partir de ahí, nada que ver. El volumen de Bruno Galindo usa la estructura coral. Se agradece la riqueza de tantas voces, pero reina cierta confusión que hubiera requerido una cronología rigurosa. Quedan muchos cabos sueltos entre tantos padres-de-Omega. Un servidor tiene nítidos recuerdos de un representante de Morente requiriendo un contacto con Leonard Cohen: aquí se cuenta exactamente al revés.

Pero estamos en el Planeta Morente. El cantaor amaba las cortinas de humo, para sorprender y para no ofrecer un blanco fácil. Aunque ya había firmado discos eléctricos, era consciente de lo que implicaba una apuesta tan radical. Como ocurría con Morente, Omega fue creciendo por izquierda y derecha, hacia la tierra y hacia el cielo, partiendo del Lorca más opaco para incorporar las melopeas de Cohen, alternando el pulso del rock con chispeantes jóvenes flamencos.

Omega es una obra multitudinaria, una labor ciclópea que encontró un eco inmediato, nada que ver con el trauma de La leyenda del tiempo, que obligó a Camarón a volver corriendo al redil. Como señala Alfredo Grimaldos, "hablar hoy de renovadores y puristas es un falso dilema, sostenido por recién llegados a la periferia del flamenco. Como no pueden hablar de flamenco, hablan de lo cerrados que son los puristas". Morente pudo lanzar alguna provocación al flamenquismo pero, en realidad, compatibilizaba los recitales ascéticos con el cortejo del público del rock y la world music.

Aparcando la banal colaboración con Sonic Youth, no hubo continuación o desarrollo de Omega. La voluntad morentina de heterodoxia le llevó hacia las voces búlgaras, la música andalusí o la electrónica. Pero ya estaba atrapado por el juguete fatal: el Pro Tools del estudio propio.

Frente a la panorámica dispersión que supone la narración de Omega, el libro dedicado a Una semana en el motor de un autobús hasta resulta claustrofóbico. Los Planetas viven y trabajan en una burbuja. Nada sabemos de sus orígenes sociales, aparte de una anécdota que menciona que Florent nació en Ceuta, en una familia militar. Si ocurre algo en el mundo exterior, no traspasa el caparazón de la banda granadina. Se detalla, eso sí, todo lo que escuchan y, más importante, lo que reciclan.

Aparte de ser la cumbre de ventas de Los Planetas, Una semana... supuso la reinvención del grupo. J, su cabecilla, olvidó la frivolidad inicial para comprometerse con la creación, asumiendo la experimentación y la aventura. Mal momento, dada la desmembración de la formación original y la entrada de la heroína. En su nueva Weltanschauung, los disqueros son filisteos a batir. Nando Cruz argumenta que, con su insistencia en más canciones, el director artístico del sello RCA, David López, permitió llevar el proyecto a su (feliz) desenlace.

Por lo demás, la constatación de que aquellos Planetas constituían un hogar disfuncional. Asombra la frialdad con que trataron al bajista Kieran Stephen, un escocés reclutado por casualidad. Por no hablar de las jerarquías evidentes en su viaje a Estados Unidos: había músicos con derecho a habitación propia, otros que tenían que compartir, e incluso, alguien terminó durmiendo en el suelo del estudio. El estudio pertenecía a Kurt Ralske, luminaria menor del underground neoyorquino, que luego -ahora sabemos- renunció a la música para reconvertirse en videoartista. Disculpen el chiste fácil pero producir a Los Planetas tiene sus riesgos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de mayo de 2011

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  • Bruno Galindo