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Editorial:

Impotencia occidental

El régimen sirio machaca la protesta popular ignorando las sanciones de EE UU y la UE

¿Qué pueden hacer Estados Unidos y la UE para poner fin a la matanza siria? La primera constatación, no por evidente menos dolorosa, es que Siria no es Libia. Si el régimen del coronel Gadafi está más que resistiendo a la revuelta popular secundada sin mucha convicción por Occidente, el Estado que preside el antiguo oftalmólogo Bachar el Asad es una nuez aún mucho más difícil de cascar, habida cuenta de que las potencias occidentales y la ONU se sienten incapaces de ir más allá de las condenas verbales y sanciones económicas, que ya demostraron en numerosos casos en el pasado su ineficacia.

La protesta popular se recrudece en Deraa, la localidad en la que se encendió la chispa de la revuelta hace unas semanas; se asoma, aunque con justificado temor a la brutalidad de la represión, en la capital, Damasco, y ocupa la calle cuando y como puede en otras localidades del país. Fuentes independientes calculan en unos 800 los civiles abatidos por las llamadas fuerzas del orden, que ayer entraron con tanques en Homs y otras ciudades más pequeñas. El sábado lo hicieron en Banias, ciudad costera y a la que el régimen considera una de las bases de la revuelta de la mayoría suní contra el régimen alauí. El régimen sirio, con su característico cinismo, cifra en solo unos 150 los fallecidos, más de la mitad de los cuales se pretende que son miembros de los cuerpos de seguridad.

Se trata, afirma el Gobierno, de una revuelta yihadista, con lo que pretende erigirse en defensor de los intereses de Occidente contra Al Qaeda, lo que en la estela de las amenazas de represalia de los terroristas por la reciente muerte de Osama Bin Laden debe suponer, absurdamente, que tenga eco en Occidente.

La UE ha anunciado sanciones económicas, pero ya estaba en vigor el embargo de armas que, por otra parte, no es lo que falta en el arsenal represivo de la familia -y dinastía- de los Asad. Y la Casa Blanca se empleó ayer en su forma verbal más contundente exigiendo al régimen que cese en la represión y adopte de inmediato un plan de reformas. Pero la amenaza de "sanciones extraordinarias" acaba por sonar a pura impotencia.

¿Cuáles, cómo, cuándo? ¿Congelación de haberes sirios y de la familia presidencial? ¿Retirada de embajadores? Aparte de que Washington no tiene desde hace años embajador en Damasco, son todas ellas medidas para un sitio prolongado, no para una defenestración. Y es cierto que habría que ser muy insensato para proponer una acción directa contra Siria que ni la opinión occidental aceptaría, ni la ONU podría respaldar porque Rusia y China se opondrían a ello. Lo que Occidente más teme es que la caída del régimen provocara un cataclismo en la zona con la intervención de Irán y la inclemencia de Hezbolá en Líbano, ambos aliados del régimen. Y menos aún cabe esperar nada de la Liga Árabe, poblada de líderes tan autoritarios como Asad. El mundo asiste por ello impotente a una masacre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de mayo de 2011