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sábado, 30 de abril de 2011
Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Personajes de época

  • Sarah Waters

Sarah Waters ha asentado su prestigio como narradora en sus novelas ambientadas en el pasado (El lustre de la perla, por ejemplo), en las cuales destacaba un peculiar interés por la sexualidad en sus diversas formas. Llega ahora esta quinta novela tras el éxito cosechado por Ronda nocturna, y significa por un lado una continuidad en su trayectoria y por otro un cambio de rumbo. Interesada en ir más allá de los modelos clásicos y evitar los géneros -de ahí su particular mezcla de historicismo y modernidad-, Waters se adentra en el típico relato de casa embrujada con un poderoso bagaje de crónica de costumbres y el retrato hardyano de la Inglaterra herida de 1947. El resultado podría haber sido mejor. No llega a ser un relato de fantasmas ni tampoco una novela realista, porque hay otros asuntos implicados en esta ambiciosa novela con diversidad de registros, desdibujándose a veces la psicología ambigua del narrador. Waters despliega el escenario de una gran mansión, Hundreds Hall, y su aristocrática familia en apuros, los Ayres, vistos por los ojos de un médico de pueblo, hijo de una antigua sirvienta de la casa. El doctor Faraday tiene una voz dubitativa y a veces prolija. Con ella reconstruye la tragedia sobrevenida a los Ayres y a la misma casa. Por un azar que deviene luego interés Faraday se convierte en testigo de hechos raros que se presta a explicar y a tratar, como síntomas que son para él. Desde el accidente ocurrido a la hija de unos vecinos que pertenecen a la maleducada clase emergente que se apropia de los restos nobles, el narrador queda fascinado por la mansión y la familia. Hundreds le obsesiona como lugar perdido de la infancia y deriva en atracción hacia Caroline. La autora galesa dedica las primeras cien páginas a descripciones y reflexiones que, si bien un tanto premiosas, nos hacen ver con nitidez a la viuda Ayres y sus hijos Roderick y Caroline. El primero es víctima de una crisis nerviosa y acabará dejando en manos de su hermana la ruinosa hacienda. Poco a poco "una especie de voraz energía frustrada" va royendo los muros de la casa y sus exhaustos ocupantes. Esa energía puede ser una degeneración genética, el espíritu de la hija muerta, o, como insinúa un colega de Faraday, el Gobierno laborista de Attlee. Pero lo fundamental aquí es la conciencia de clase y el orgullo y prejuicio que mantiene la lucha. De ahí la fascinación de Faraday por Hundreds, que explica su espíritu "trepa". En Inglaterra las barreras entre clases son tan fuertes como el acero victoriano, parece decir la autora con delicadeza, sin juzgar a sus personajes. La novela, urdida con oficio pero con cierta indecisión sobre qué asunto profundizar entre los muchos que maneja la autora, tiene escenas algo lentas y capítulos voluntariosos en los que la acción no avanza, así momentos excelentes, como cuando en la última parte el doctor se expone al ridículo, o también algunas réplicas de los Ayres, ecos de la mejor tradición novelística británica. En cualquier caso, trascendiendo modelos clásicos como el Brideshead de Waugh y o el James de Otra vuelta de tuerca, Waters consigue, bajo el reclamo de lo sobrenatural, resaltar la realidad de una época y unos personajes atrapados en ella, lo que constituye su mayor logro, pues así deja en el lector el halo fantasmal y perenne de la vida.

El ocupante

Sarah Waters. Traducción de Jaime Zulaika

Anagrama. Barcelona, 2011

536 páginas. 23,50 euros

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