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domingo, 10 de abril de 2011
BCE / PORTUGAL | Laboratorio de ideas | Breakinviews

Pongámonos políticos

La idea de que el Banco Central Europeo (BCE) obligó al Gobierno portugués a pedir un rescate podría parecer algo exagerada, pero probablemente no diste mucho de la verdad. Antonio de Sousa, el director de la Asociación Portuguesa de Bancos (APB), dice que la amenaza de las entidades de boicotear la deuda del Gobierno provenía de unas instrucciones claras del BCE de frenar su exposición gubernamental. El golpe de los compradores quizá fue clave para que el primer ministro, José Sócrates, cambiase completamente de opinión y decidiese pedir ayuda.

Si eso fuese cierto, al BCE, sin duda, no le habrían faltado buenos motivos. Los bancos portugueses dependen de la financiación del banco central, y Portugal se había vuelto cada vez más dependiente de sus bancos para superar un bache financiero de 13.000 millones de euros antes de julio. La obligación del BCE no es financiar gobiernos y quiere que los bancos adictos se acostumbren a no contar con su suministro de liquidez. Hace mucho que era necesario un rescate. Pero la paralización política de Portugal tras la dimisión de su primer ministro amenazaba con retrasar lo inevitable y hacer aumentar los costes de financiación del Gobierno. Hacía falta un empujón externo.

Además, puede que el BCE estuviese preocupado por la estabilidad del sistema bancario portugués. La deuda del país había sufrido varias rebajas de su calificación, lo que hacía que a los bancos les resultase más caro recaudar fondos del banco central con unas garantías que se degradaban rápidamente. Una espiral de rebajas adicionales y rendimientos disparados podría haber espantado a los inversionistas. Al seguir apuntalando la deuda soberana, los bancos se arriesgaban a enturbiar aún más sus balances generales.

Puede que los puristas se encrespen por lo que podría interpretarse como una intromisión de un banco central en asuntos soberanos. No sería la primera vez que el BCE ha hecho alarde de fuerza durante una crisis; podría haber empujado a Irlanda a pedir un rescate, y luchó contra los planes del nuevo Gobierno irlandés de obligar a los principales acreedores de los bancos a asumir su parte de las pérdidas.

Pero esa crítica, aunque fundamentada, no se fija en lo más importante. El BCE se ha visto obligado a tomar medidas extraordinarias a lo largo de la crisis, como inundar el sistema de liquidez barata o comprar bonos del Estado. Algunas de ellas estaban justificadas por la necesidad de garantizar una correcta transmisión de su política monetaria. Pero otras de las acciones del banco también se debieron al hecho de que los Gobiernos no lograron ser lo bastante audaces, o lo bastante rápidos, a la hora de responder a la crisis de la deuda. La crisis política portuguesa, que ha puesto de manifiesto el vacío de gobierno de la eurozona, simplemente ha hecho que el papel del BCE sea más visible.

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