Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Una incipiente inmigración pone a prueba la excelencia finlandesa

La escuela más admirada del mundo debe atender a una sociedad cada vez más heterogénea - El país sigue confiando en el pilar de su éxito: los buenos maestros

En estos días, multitud de padres españoles se afanan en elegir un colegio para su hijo. ¿Cuál es el mejor de la zona? ¿Cuántos puntos son suficientes para entrar (por cercanía, renta)? ¿Es mejor uno público o uno concertado? Las consultas se multiplican para intentar acertar. En Finlandia, sin embargo, el éxito educativo (siempre ha estado en los primeros puestos en el informe PISA) se hace patente en que la inmensa mayoría de los progenitores no se preocupa por eso; simplemente, llevan a su hijo al centro más cercano. Primero, porque solo existe la escuela pública (hay apenas un 3% de centros concertados), pero también porque confían en que cualquier colegio les dará una gran calidad.

Los resultados de sus colegios en PISA apenas presentan diferencias entre sí

En algunos barrios de Helsinki hay centros con un 40% de extranjeros

Sus escuelas presentan la menor diferencia de resultados entre ellas de los 65 países y regiones que participan en PISA. Entre las razones del éxito se suele destacar la selección de los jóvenes más brillantes y motivados para estudiar la carrera de maestro de primaria: solo el 10% de los aspirantes consigue entrar. Hay que señalar que se trata de una población pequeña (5,4 millones de habitantes) y un alumnado económica y culturalmente muy homogéneo que apenas sobrepasa el medio millón en la enseñanza obligatoria (Madrid tiene algo menos de población y más alumnos).

Pero las cosas empiezan a cambiar. "Durante mucho tiempo, en Finlandia la gente pensaba muy parecido y hacía las mismas cosas. Y eso ya no es así", dice el director del centro CIMO para la promoción de la movilidad internacional, Pasi Sahlberg. Así, la globalización, el aumento de la inmigración y la crisis económica (aunque en Finlandia no es profunda) van a poner a prueba la educación más admirada, la que ha demostrado que es posible ser excelente y a la vez equitativo.

Los problemas empiezan a emerger en algunas ciudades, sobre todo, en el área metropolitana de Helsinki, donde reside alrededor del 25% de la población del país. Los padres de algunos barrios donde se está concentrando la inmigración intentan sacar a sus hijos de escuelas que pueden llegar a tener más de un 40% o un 50% de extranjeros. La mayor parte de los inmigrantes procede de Rusia y Estonia y, en menor medida, de Somalia y China.

Es un problema incipiente, pequeño en téminos generales (el alumnado inmigrante es aproximadamente el 4,3%; en 2005 era el 3%), pero a los profesionales les preocupa "que los padres empiecen a elegir escuela basándose en sus prejuicios; si se abre esa puerta, no hay vuelta atrás", dice el decano de la Facultad de Educación de la Universidad de Helsinki, Patrik Scheinin. Esto es, no importa que sea verdad o mentira que el alumnado inmigrante (que se suele concentrar en las zonas más pobres) condicione las notas de los demás; basta con que la percepción sea esa para que se desestabilice el sistema.

Salvando las distancias, pues hay un 11% de extranjeros en la educación obligatoria, en España se ha podido comprobar eso mismo en la última década. El sindicato finlandés de docentes está debatiendo si convendría limitar el porcentaje de extranjeros por escuela.

El modelo finlandés es comprehensivo, es decir, todos los alumnos están juntos en los mismos colegios hasta los 16 años, y busca, a través de apoyos constantes, que ninguno se quede atrás. Pero el país no ha sido ajeno a la eterna tensión entre ese sistema y el que defiende que la separación entre buenos y malos estudiantes es lo mejor tanto para unos como para otros. Scheinin cuenta que, justo antes de que saliera el resultado del primer informe PISA a finales de 2001, el país vivió un gran debate sobre la necesidad de una profunda reforma y había una gran tendencia que sostenía que el excesivo igualitarismo estaba "rebajando el nivel". Sin embargo, llegó PISA y mostró que sus alumnos de 15 años tenían más habilidades en lengua, matemáticas y ciencias que en ningún otro país de la OCDE, y que apenas tenían malos estudiantes. Ahora, después de cuatro informes PISA, casi nadie cuestiona el sistema, pero el debate sigue latente.

Y los cambios sociales pueden hacerlo resurgir. El partido True Finns (Verdaderos Finlandeses), de corte populista y un discurso antiinmigración, está ganando fuerza en las encuestas cara a las elecciones parlamentarias finlandesas del próximo 17 de abril. "Parece que protestan porque el mundo está cambiando demasiado", dice la ministra finlandesa de Educación, Henna Virkkunen.

La ministra admite que la sociedad finlandesa es cada vez menos homogénea, pero asegura que es bueno y que además el país necesitará más inmigración en el futuro para paliar la escasez de mano de obra. Minimiza el impacto actual de la inmigración en la escuela (circunscrito en ciertas áreas), pero admite que existen nuevos desafíos. "En el campo, cada vez tenemos menos alumnos y las distancias son enormes. Y en las ciudades cada vez hay más alumnos de distintas culturas".

Tanto la ministra como el responsable del Consejo Nacional de Educación, Timo Lankinen, insdisten en que a las soluciones educativas (ya se están dando más recursos a las escuelas con más dificultades) le tendrán que acompañar otras de planeamiento urbanístico. "En cualquier caso, lo que queremos es darles a todos la mejor educación posible. Y para eso lo que necesitamos es cuidar a los profesores, porque podrán hacer frente a estos problemas si están bien formados y motivados". Es un actitud consecuente, pues la teoría de los buenos maestros como pilar del éxito educativo finlandés es la que más se escucha si alguien se pasa unos días en Helsinki visitando escuelas y preguntando a profesores, expertos y responsables políticos (este periódico lo ha hecho, invitado por la Embajada de Finlandia en España).

Autonomía y confianza

Anna Suur-Kujala, profesora de Inglés en el Instituto de Bachillerato de Ciencias Naturales de Helsinki no suele comprobar si sus alumnos han hecho los deberes. La confianza en que cada uno va a hacer lo que tiene que hacer puede ser la clave para explicar los casi inmejorables resultados en el informe PISA de la escuela finlandesa. Sobre todo cuando se trata de un sistema que no es el que más gasta (un 6% del PIB), en el que los niños no empiezan el colegio hasta los siete años, los cursos son más cortos (entre 600 y 680 horas al año en primaria; en España van de 800 a 830) y ni siquiera existe la inspección educativa.

Hace 30 años, el país decidió volcarse en la formación de los maestros de primaría, a diferencia de la mayoría de países, que se suelen centrar en los de secundaria. Solo el 10% de los que aspiran a la carrera de maestro son admitidos. Las notas previas cuentan, pero también un examen, la preparación y presentación de una clase y una entrevista en la que se trata de valorar la motivación del aspirante. Estudian cinco años -un grado y un máster- durante los cuales el 20% del tiempo son prácticas.

Después, será el director de cada escuela quien contrate a los docentes. Los centros tienen bastante autonomía: en primaria (de 7 a 12 años), por ejemplo, para decidir, cuando se detectan problemas, las medidas extra de apoyo (que recibe un 27% del alumnado); en secundaria (de 13 a 15) y bachillerato (de 16 a 18), para decidir cómo reparten e imparten el currículo oficial (con fuerte presencia de materias artísticas y no académicas, como Economía Doméstica).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2011

Más información