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domingo, 3 de abril de 2011
Intervención aliada en Libia

Voces de Trípoli y Bengasi

Vecinos de la capital libia y del feudo de los rebeldes describen la vida bajo Gadafi y sus perspectivas de futuro

La libertad para hablar es tan palpable ahora en Bengasi, la capital de los insurrectos, como la incertidumbre sobre el porvenir. Al otro lado del país, en Trípoli, la fidelidad sin fisuras a Muamar el Gadafi convive con la represión y la paranoia.

BENGASI

- Mohamed Aguri. Carnicero. 44 años. "El régimen ahorcaba a la gente en los estadios y televisaba las ejecuciones. Lo hacían incluso en el mes de Ramadán, lo que enfurecía aún más. Te detenían si te quejabas por la escasez de pan o por los baches en el asfalto. Algunas veces se organizaban manifestaciones, pero la represión era brutal. Estábamos vigiladísimos", recuerda. Le cuesta arrancarse. Sospecha del extranjero. Mohamed era un número más entre de los casi seis millones de libios. "En las transmisiones de partidos de fútbol", sonríe, "era frecuente que los locutores aludieran a los jugadores por el dorsal de la camiseta. Con una excepción: cuando jugaba Saadi Gadafi, al que denominaban 'el titán', 'el arquitecto". Muchos de sus rivales, cuentan en Bengasi, no se atrevían a disputarle el balón.

"Solo subsistimos, porque las familias tienen cinco hijos y han de apañárselas con 400 dólares al mes", cuenta en un café de Bengasi. "Si los americanos o los europeos intervienen aquí y siguen interfiriendo después, pues bueno. Tienen intereses en Libia, pero no temo ninguna neocolonización. El siglo XX pasó. Además, son mejores que Gadafi. Ahora no tenemos nada".

- Ali. 60 años. Trabajador portuario. Prefiere no dar su apellido. "Todavía tengo miedo. No podíamos hablar en casa por temor a que nuestros hijos dijeran en la calle lo que escuchaban. Había chivatos hasta en el cuarto de baño. Los problemas se acabarán cuando Gadafi se marche", cuenta.

- Nejia Ali. Bibliotecaria. Más de 50 años. Solo espera que los nuevos tiempos le permitan el reencuentro con sus hijos. "Tengo siete y no los he visto desde hace ocho años. Me divorcié de mi marido, y en ese caso la mujer conserva la custodia, salvo que tenga problemas mentales", explica. Tenía las de perder. "Le dieron la razón a él en los tribunales porque trabajaba para el régimen. Cuando descubrí que había matado a mucha gente, me dediqué a educar a mis hijos para que odiaran a Gadafi".

- Eman Elgasier. Profesora de inglés desempleada. 32 años. Esta madre de dos hijos, viste hiyab y se declara moderadamente religiosa. "Tengo sentimientos encontrados. Desde pequeña viví en Arabia Saudí y California. Echaba mucho de menos a mi familia, pero ahora no sé que haré. Prefiero que mis hijos sean educados en el extranjero. El sistema de enseñanza fomentaba deliberadamente el fracaso. Y aunque no hay diferencias entre hombres y mujeres para enseñar en la universidad, el problema es que todos somos iguales cuando se trata de hallar trabajo: casi nadie lo consigue".

- Abdul al Shnag. Trabaja en el puerto de Valencia. 27 años.

Este joven, que acaba de regresar a Libia desde Valencia -los hay que volvieron desde Hawai- es consciente de las muchas contradicciones que emergen en esta sociedad. "Todo el mundo habla de democracia, pero no tienen ni idea de lo que es. Es necesario fundar una organización juvenil porque los jóvenes sí intentan conectarse con el mundo, lo que no era fácil, porque muchas páginas estaban censuradas y la policía te seguía el rastro si intentabas descargar algunas", dice.

- Ishab Zeew. Estudiante de Ingeniería. 18 años. Los jóvenes están desnortados. Como dice Zeew, quieren construir rascacielos. "Antes tenemos que arreglar muchas cosas. En Bengasi no tenemos ningún lugar de diversión. Estamos en la calle, mirando. Es muy aburrido, pero ahora no me iría de Libia. Hay que hacer algo por el país para que esto se transforme en Dubái", declara. A Ishab le invade el desconcierto cuando se le pregunta por su tendencia política. Jamás se lo ha planteado.

TRÍPOLI

- Ramun. Taxista. 30 años. Este outsider que se hace llamar Ramun conduce con continuos derrapes y bruscos cambios de velocidad salvo cuando sabe que puede encontrarse un control de las milicias de Gadafi. "Bastards", dice en inglés tras lanzarles un gesto amable por la ventana. Detesta a Gadafi pero tampoco está de acuerdo con los rebeldes ni con los bombardeos de las fuerzas extranjeras. Usa todos los tacos que sabe en inglés para referirse a los miembros del Gobierno libio y ofrece una botella de güisqui o de vodka por 20 dólares.

En Libia, donde todos han tomado partido, es una especie extraña. "Soy un hombre de negocios. Me da igual quién esté si puedo hacer dinero. Pero me gustaría que hubiese más libertad. Aquí, si no estás dentro del sistema, no consigues nada", asegura. También es un hombre poco común dentro de su profesión. Además de hablar inglés, por unos pocos dinares puede hacer de guía en la capital. Opina que no hay revolución. Solo dinero moviéndose de un sitio a otro del país. "El que tiene el poder ahora es Gadafi. Cuando lo quiten vendrán otros. Y yo seguiré siendo taxista".

- Jamal. Ingeniero que trabaja de camarero. Unos 40 años. Es un anti-Gadafi que se entusiasma cuando caen las bombas. Por razones obvias, ese nombre es ficticio. Cuando aparecen los aviones sobre Trípoli, suelta una sonrisa rencorosa con las explosiones. "Esa ha caído por el cuartel de Jamis, el hijo de Gadafi... Eso es en Bab el Aziziya... Esa es en la base militar de Tajura... Me gusta esta música". Jamal solo ejerció de ingeniero en el extranjero. "Tuve que venirme por la familia hace años y quedé atrapado aquí", dice. Vive en un cierto estado paranoia continua; ve espías por todas partes; tiende a pensar que hay cámaras que le graban; a veces se tapa la boca para hablar y evitar que le lean los labios. "Son 40 años con este tipo. El final está cerca y yo estoy contento. Pero hay que tener mucho cuidado. El régimen coloca a los suyos en los mejores puestos y alguien que parece un amigo puede estar recopilando información sobre ti", afirma.

- Abdulaziz Warfali. Periodista. 52 años. Dice "creer en la verdad" y trabajar por esa causa para el régimen del coronel Gadafi. Tras 20 años de profesión, el jefe de Libia Hoy, que se imprime en Egipto, ha sido llamado para atender a los reporteros extranjeros que se alojan en el Hotel Rixos. La prensa le pide salir de la jaula de oro en la que están encerrados; el régimen los ha alojado en el lujoso hotel y no les deja salir si no es con un acompañante del Gobierno, llamados eufemísticamente cuidadores. Dice que es por la seguridad de los periodistas. "Podéis tener problemas con los criminales que se han armado durante el conflicto. Y luego nos echarían la culpa a nosotros". Abdulaziz se ríe cuando se le habla de la falta de libertad de prensa en Libia. "Mi publicación es independiente", asegura. "Hemos escrito cosas positivas y negativas del Gobierno antes de que empezara el conflicto y nunca nos ha pasado nada". Su visión del conflicto casa con la versión oficial. "Todo es una conspiración de los países occidentales para quedarse con el petróleo de Libia. Y la mayoría de los medios de comunicación extranjeros no están informando de eso", asegura el periodista, que hace unos días cogió un Kaláshnikov disparó al aire en la entrada del hotel para celebrar el avance por el este de las tropas de Gadafi.

- Mohamed Dekel Alzante. Encargado de los coches oficiales del Gobierno. 50 años. "Libia es un país estratégico y por eso nos están atacando", dice. "A los demás países les molestaba ver que aquí se construían rascacielos, que creciéramos tanto y por eso nos han bombardeado. Ahora la gente no puede hacer vida normal, pero saldremos de esta crisis". Mohamed procura no hablar demasiado. Tampoco sonríe. "Trípoli era una ciudad segura por las noches. Se podía conducir sin problemas. Ahora tratamos de evitar los viajes por las noches. Es muy peligroso".

Un grupo de rebeldes reza cerca de Brega. / YOUSSEF BOUDLAL (REUTERS)

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