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MANERAS DE VIVIR

Doce años para aprender a quererse

Es verdaderamente guapa. Por debajo de su pelo muy rubio y muy corto chispean unos ojos vivísimos y una boca reidora. Qué alegría desprende Patricia Carmona. Y, sin embargo, ha venido a contarme una historia terrible. "Lo quiero gritar al mundo, quiero que las mujeres sepan que, aunque sea difícil, se puede salir de ello. Quiero que esto sirva para algo". Y "esto" es el dolor y el horror. Patricia tiene 32 años y es de Alcalá de Henares. A los 19 fue acribillada a puñaladas por su novio, un militar, y dejada por muerta. Eso sucedió en enero de 1998. "Entonces los periódicos empezaron a hablar de alarma social". El caso de Patricia fue una de las gotas finales que provocaron la toma de conciencia pública; pocos meses después se aprobó el primer plan de acción contra la violencia doméstica. Desde entonces hasta hoy se ha recorrido un largo trayecto, y Patricia lo ha tenido que ir haciendo paso a paso.

"Aunque el perfil de las maltratadas es muy diverso, el entorno familiar parece importantísimo"

Estudiaba para azafata de vuelo cuando conoció a un chico del barrio de 26 años, paracaidista. A los tres meses de salir juntos ya le pegó una patada en la boca y le partió el labio. Patricia llegó a su casa y mintió: es que me metí en una pelea entre dos amigas... "El problema es que no te aprecias, te sientes culpable, crees que es normal, que te lo mereces... Por eso no reaccionas. En el maltrato doméstico hay que tener claro que la mujer también tiene un problema. No tiene ninguna culpa, ojo, pero sí un problema. Hay algo en ti que te hace soportar todo eso, y necesitas curarte". Aunque el perfil de las maltratadas es muy diverso, tanto en edad como en cultura o clase social (cualquier mujer puede acabar cayendo en ese pozo), el entorno familiar parece ser un ingrediente importantísimo. La familia de Patricia era muy tradicional y nunca fue un apoyo, más bien al contrario. De alguna manera, nadie enseñó a Patricia a quererse a sí misma.

Una oscura tarde de enero, apenas ocho meses después de haber empezado la relación, el paracaidista salió de su casa con un machete escondido en la espalda y se llevó a su novia a un parque solitario. Sacó el cuchillo y amenazó con suicidarse, pero acabó clavándoselo ocho veces a Patricia. Hasta que ella se hizo la muerta. Entonces el tipo se fue, llamó a una ambulancia y se entregó; era un chico que bebía mucho y consumía drogas. A Patricia le han quedado los dedos de la mano izquierda encogidos, porque agarró la hoja del machete para intentar defenderse y se le seccionaron los tendones. Además le tuvieron que extirpar un metro de intestino y el bazo, le reconstruyeron la aorta, sufrió un neumotórax... La operación duró once horas seguidas y estuvo dos veces clínicamente muerta. Pero, increíblemente, sobrevivió. Mientras la metían al quirófano, se aferró a la mano de una enfermera: "No me dejes morir, que soy muy joven", rogó. Y ahora dice: "Estaban todos llorando".

Salir adelante físicamente no fue más que el principio: "Me quedé fatal, porque, por un lado, yo quería perdonarlo". De nuevo el entorno de Patricia no consideraba tan atroz la atrocidad sucedida. Una amiga de la familia, creyendo quizá que la animaba, le dijo: "Esto va a ser como una de mi pueblo, que la pegaron un tiro y ella le perdonó". Así que Patricia escribió a su agresor y fue a verlo a la cárcel, y acabó retirando los cargos contra él. Un comportamiento muy difícil de entender desde fuera, pero que forma parte del abecé de las mujeres maltratadas. Ya por entonces buscó ayuda psiquiátrica, pero aún no se sabía casi nada sobre la violencia doméstica y no sirvió de mucho. Al poco tiempo volvió a caer en otra relación insana con un hombre que le gritaba: "¡Ojalá ese tío te hubiera matado!".

Hasta que, hace seis años, se enteró de que habían creado algo llamado Observatorio de Violencia de Género y se fue a pedir ayuda. "En concreto fui al Punto Municipal del Observatorio regional. Hay Puntos en muchos municipios, lo digo por si le sirve a alguien. Cuando empecé sólo éramos 200 chicas y ahora hay más de 2.000, no dan abasto". En el Observatorio sí conocen el problema y tienen terapeutas expertos. "Fue muy duro, tuve que vaciarme por dentro y empezar de nuevo". Hace seis meses le han dado el alta tras seis años de terapia; vive en un piso con otras dos chicas ("nada más comenzar el tratamiento supe que tenía que salir de mi entorno familiar") y trabaja en una oficina, aunque estudió para auxiliar de clínica veterinaria. Además lleva seis años de relación con un chico normal, que no se droga, que es bueno y tranquilo. Parece un azucarado melodrama de Hollywood con final feliz, pero es una vida real rescatada agónicamente del borde del abismo. Por eso ahora Patricia quiere contar su experiencia, para resaltar la increíble labor que hacen los Observatorios y porque ella ha pasado por todo y se ha aborrecido a sí misma y ha vuelto a caer una y mil veces. Y, sin embargo, sabe mejor que nadie que, pese a todo, es posible salir del agujero. Ha tardado doce años, pero ahora, por fin, es la única dueña de su vida.

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* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de abril de 2011