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miércoles, 9 de marzo de 2011
COLUMNA

¡Indignaos!

El panfleto ¡Indignaos! de Stéphane Hessel, ese combativo viejito de 93 años, lleva ya un par de semanas en nuestras librerías. Después de arrasar en Francia, con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, me pregunto qué suerte correrán las versiones en euskera (Danonartean) y en castellano (Destino). Auguro que aquí también le irá muy bien, aunque no tanto como en el país vecino.

El éxito del librito es un revelador prístino de la desorientación contemporánea. Revelador del malestar generalizado y de la falta de referencias ideológicas claras. ¿Cómo dar forma a la frustración, contra qué, contra quién indignarse, cómo ir a la raíz de las injusticias sociales? El discurso ideológico de la izquierda está más desnortado que nunca y muchos ciudadanos no saben qué hacer con su indignación. Es comprensible por ello que encuentren un modelo y una figura de autoridad en Hessel; de hecho, la fuerza y el empuje de su texto provienen en gran medida de la biografía de su autor. De origen judío, participante activo de la Resistencia francesa, es torturado y enviado a Buchenwald, de donde consigue salvarse por los pelos. De Gaulle le envía después a la ONU, donde forma parte del grupo de elaboración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Desarrolla a continuación la carrera diplomática, colaborando entre otras batallas en la descolonización, etcétera.

Muchas vidas en una, sí, y una constatación: los jóvenes de ahora "no tenéis las mismas razones, tan evidentes, para comprometeros. Para nosotros, resistir era no aceptar la ocupación alemana, la derrota. Era relativamente simple. Simple como lo que siguió". Frente a eso "las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo, demasiado complejo. ¿Quién manda, quién decide?... Vivimos en una interconectividad como no ha existido jamás". Además, todo está dominado por "medios de comunicación que proponen a nuestra juventud el horizonte del consumo masivo, el desprecio a los débiles y a la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza". Frente a ello, su alegato sencillo y apasionado contra la indiferencia y a favor del compromiso: "Encontraréis situaciones concretas que os llevarán a poner en marcha una acción ciudadana fuerte. ¡Buscad y encontraréis!".

Hessel cita las batallas fundamentales: contra el desmantelamiento del Estado de bienestar; contra el poder del dinero, que "nunca ha sido tan grande, insolente, egoísta"; contra el incumplimiento de los derechos humanos a lo largo y ancho del planeta. Y una de sus actuales causas de indignación: la situación de Palestina (y ahí, sus aportaciones más discutibles, al combatir el terrorismo meramente porque "no es eficaz"). En definitiva, un llamamiento a una "insurrección pacífica", sin más complejidad, sin más orientación, pero que mantiene al menos encendida la pasión por la justicia.

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