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OPINIÓN

¡Qué país, Miquelarena!

Los cobardes tenemos una enorme fascinación por los valientes. Sería incapaz de hacer, por ejemplo, lo que hace Edurne Pasabán, y hubiera muerto antes que subirme a los barcos de Colón. La perspectiva de un barco en alta mar me aterra tanto como la muerte propiamente dicha.

La cobardía es una condición que viene de fábrica. Yo veía aquellas películas de romanos donde siempre había los que se salvaban a pesar de que a su alrededor la sangre corría a borbotones. No les tocaba nunca, eran los valientes.

Esas visiones luego se quedan en la genética, van haciendo su trabajo, y terminan haciéndonos lo que somos, unos cobardes que admiran la destreza de los valientes. Me crié memorizando un poema de Rudyard Kipling, If, en la traducción de Miquelarena, aquel a quien alguien, no sé si Ortega o Unamuno, o quizá algún otro contemporáneo, le gritó en medio de la quincallería de una estación de tren:

-¡Qué país, Miquelarena!

En ese poema de Kipling se advierte contra la victoria y la derrota, como impostores de lo mismo, a los que hay que enfrentarse con las mismas armas de su impostura; no hay que exagerar ni lo uno ni lo otro, a las dos argucias hay que responderles con la misma moral: la vida nos espera siempre, en medio de la zozobra, para darnos alguna alegría, y si ocurre que estamos muy alegres pasará lo que decía la madre de Rafael Azcona: ya lo pagaremos.

En fin. Hablábamos de los valientes y de los cobardes. España siempre estuvo muy sobrada de lo primero, porque los cobardes no nos atrevemos a decir los cobardes que somos. Y ya va siendo hora de que alcemos el dedo para ser contados: eh, que estamos aquí, somos el ejército de los cobardes.

Los valientes sí dicen que son valientes. Es que son valientes hasta para decirlo. Están, con la verdad por delante, perfumados de testosterona, en las largas sábanas de los periódicos, en el misterio insondable de las radios, en el ejercicio tronante de la política, y están en el fútbol, por ejemplo. Esta semana he escuchado el claro clarín de un valiente, Jose Mourinho, el entrenador del Real Madrid, que se ha puesto al frente de la manifestación de la valentía, retando a los demás a que le claven flechas. Ha dicho, y aún no me creo haber leído este manifiesto que lo sitúa en la presidencia de la legión de los valientes: "Toda la gente sabe lo que es verdad y mentira. Yo antes que ser hipócrita prefiero ser el pun ching ball de todos los cobardes. Pero nací así, crecí así y voy a morir así. Con la cabeza alta".

Es el lenguaje de los valientes hasta en la identificación de las dicotomías. "Toda la gente sabe lo que es verdad y mentira". Deben saberlo los valientes; en mi caso particular, como cobarde que soy, no sé distinguir verdaderamente qué es verdad y qué es mentira, pues a mí me enseñaron que dentro de toda verdad hay una pequeña mentira, que dentro de todo sí hay un pequeño no. Pero el valiente sabe distinguir, lo distingue perfectamente, y se morirá distinguiéndolo, "con la cabeza alta. Contento. Y sin miedo a decir las verdades". Mourinho díxit.

Mucha gente no las puede decir simplemente porque, siendo cobardes, no saben de veras qué es verdad y qué es mentira.

Qué país, Miquelarena.

jcruz@elpais.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de marzo de 2011