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sábado, 12 de febrero de 2011
CARTAS AL DIRECTOR

El dopaje y la barra libre

No hace falta recurrir a la "impensable" (sic) aunque pensada y practicada extirpación del pericardio en animales que nos sugiere en su artículo Extirpemos el pericardio a los atletas el profesor López Calbet (EL PAÍS, 5 de febrero de 2011) para concluir que quienes pudieran someterse a ella, frente a otros atletas que no tuvieran esa oportunidad, tendrían una ventaja fisiológica decisiva. Esas ventajas existen ya y pueden resultar igualmente determinantes e injustas por la desigualdad en su acceso e igualmente poco recomendables desde el punto de vista de la protección de la salud: infiltraciones para recuperar articulaciones maltrechas, cámaras hipobáricas, o suplementos como la creatina, son todos métodos permitidos con los que aumentamos nuestra capacidad y sobre las que no estamos siempre seguros de que no entrañen riesgos. Muchas prácticas hoy consideradas dopantes, desarrolladas bajo supervisión médica y no clandestinamente, no comprometen gravemente la salud del deportista y no frustran el espíritu deportivo, ni el propósito del deporte, si son universalmente accesibles y no eliminan completamente el esfuerzo "humano".

Esa es la tesis que hemos defendido recientemente (EL PAÍS, 28 de enero de 2011) y no la "barra libre". Bajo tales condiciones, el dopaje no daña a nadie, y menos aún a terceros, como sí daña el que un conductor circule bajo los efectos del alcohol. Muchas de las sustancias y productos demonizados cuando se utilizan para mejorar el rendimiento deportivo, tienen usos médicos indicados para paliar y tratar muchas patologías. Si se considera que a partir de un cierto nivel de hematocrito peligra la salud del individuo, lo cual es indudable: ¿qué relevancia puede tener que se haya conseguido mediante una autotransfusión controlada o durmiendo con baja presión atmosférica?

La lucha contra el dopaje, en su actual "carrera de la reina roja", no va bien cuando compromete de modo tan profundo ciertos derechos básicos -entre otros, tener que demostrar la propia inocencia y poder ser castigado sin siquiera culpa- y la autonomía personal de los deportistas profesionales: la capacidad de consentir la asunción de ciertos riesgos. Ciertas disciplinas deportivas, practicadas al nivel máximo, son menos peligrosas que muchos oficios o estilos de vida que aceptamos legal y moralmente. Si no queremos que lo sean en absoluto, prohibámoslas definitivamente y dejemos de hacernos trampas (al solitario).

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