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jueves, 20 de enero de 2011
Crítica:las colecciones de EL PAÍS

El sol de Breda

Escapando de las maquinaciones cortesanas (donde la pluma causa más víctimas que la espada), Alatriste se reengancha, con Íñigo como mochilero, en los tercios de Flandes. Allí se reúne con un viejo camarada, Sebastián Copons, correoso montañés del Pirineo oscense cuyo adusto trato, casi hosco, oculta una intensa humanidad, el cual se hará cada vez más estrecho amigo y compañero de aventuras del capitán. Juntos, participarán en diversas acciones (en el transcurso de las cuales conocen a un prometedor joven aún desconocido, Pedro Calderón de la Barca), en especial las duras tareas del asedio de Breda, que ese aún incipiente literato inmortalizaría más tarde en su comedia El sitio de Breda. Diez años después, será Íñigo el encargado de referirle a otro amigo de Alatriste, el pintor de cámara de su Majestad Diego Velázquez, las circunstancias necesarias para pintar el gran lienzo titulado La rendición de Breda y también conocido como El cuadro de las lanzas, con destino al Salón de Reinos del madrileño Palacio del Buen Retiro.

La única y sola incertidumbre del soldado es si verá la luz al día siguiente

En Los tres mosqueteros, cuyo influjo en la génesis de las aventuras del capitán Alatriste es bien explícito, el sitio de La Rochelle constituye un divertido picnic regado con vino de Anjou, donde los combatientes hugonotes no incomodan a D'Artagnan y a sus amigos más que una molesta nube de mosquitos en medio de la pradera. Pero la guerra de verdad es sórdida, mezcla de sangre y barro bajo cielos grises e inmisericordes. Solo un antiguo reportero conocedor de primera mano de los campos de batalla podía evitar caer en la tentación de seguir los pasos de una novela objeto de su admiración declarada tanto como de huir de la versión gloriosa de soldados avanzando, la mirada clara y lejos, y las banderas al viento, por el Imperio hacia Dios.

Además, en la guerra no hay trama ni enredo ni intriga. La única incertidumbre y la sola esperanza del soldado enfangado en las trincheras es saber si verá la luz del día siguiente, aunque sea la de ese "sol hereje, que ni calienta ni seca la lluvia que te moja los huesos para siempre". Por eso, a diferencia de las dos entregas anteriores de la serie, en El sol de Breda no hay una acción unitaria (ya saben, de las planteamiento, nudo y desenlace), sino un conjunto de lances o aventuras que van revelando los distintos aspectos y modos de guerrear, entre el hambre, el frío, la impuntualidad de las pagas y, claro está, el riesgo de perder la vida en la próxima operación en la que uno participe. Estas suelen tener poco de glorioso combate, cuerpo a cuerpo en campo abierto, aunque de todo haya. Seguramente la mejor imagen de lo que era de verdad hacer la guerra sea la de Alatriste y sus compañeros cuando se arrastran por el barro de una caponera o estrecho subterráneo abierto por los zapadores, después de haber acometido con éxito una contramina, escapando del vapor de azufre con el que los holandeses contraatacan e intentando no clavarse, en la apresurada huida, la astilla de algún hueso, cuyo pinchazo sería fatal, de las que está lleno el angosto túnel porque cruza de parte a parte las fosas de un viejo cementerio.

Si en tono y argumento la novela de Pérez-Reverte se aparta de los episodios bélicos de su admirado Dumas, en cambio coincide con él en cierto propósito último. Como ha escrito Claude Schopp, uno de los mejores conocedores de la obra del novelista francés: "El patetismo del ser humano arrojado en la historia que él construye, casi siempre como instrumento ciego, es el vínculo que une ese pasado con frecuencia olvidado con el presente, al antiguo con el contemporáneo, a los personajes históricos con los lectores de novelas. El escritor restituye al cuerpo social amnésico una memoria que arroja luces sobre los tiempos presentes". Estas palabras pueden aplicarse punto por punto a las aventuras del capitán Alatriste, y en especial a El sol de Breda, donde justamente se huye de la fácil mitificación de la Historia, con mayúscula, hecha de supuestas fechas gloriosas y nombres pretendidamente ilustres. Aquí el tema real es el destino común de los peones de brega de la historia, con minúscula. Esos que hacen, de una forma honesta a su manera, el trabajo sucio que cimenta la gloria de generales, validos, príncipes-cardenales y reyes a cambio de una mísera soldada que a menudo se queda por el camino de Madrid a Flandes, mientras otros se reparten los réditos económicos o políticos y se ciñen a las sienes los laureles.

En medio de este marasmo, lo único que les queda a Alatriste y a los de su camarada (como entonces se decía) es el coraje y el compañerismo. Ese valor personal que, en palabras del propio Pérez-Reverte, es la aristocracia del ser humano; esa lealtad a los que están combatiendo codo a codo con uno, y que en definitiva implica un íntimo sentido del decoro, ese mínimo de dignidad personal e intransferible, que nada tiene que ver con condecoraciones y fanfarria, y que toda persona que se precie habría de considerar irrenunciable.

Mañana, viernes, por solo 7,95 euros con EL PAÍS, El sol de Breda.

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