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PERDONEN QUE NO ME LEVANTE

Pero qué ricos, los ricos

No consentiré que nadie contradiga mi idea de que hemos iniciado este año de forma inmejorable. Los ricos de nuestro país, pese a las penurias que tuvieron que soportar durante 2010, sufrieron pocas mermas no ya en sus patrimonios, sino en sus ingresos. Es más, ganaron un 8,6% más que en 2009, año en el que obtuvieron un 27% más que en el anterior. No me pregunten cómo lo hicieron. Demándenselo a Rouco Varela, que a lo mejor lo sabe. Seguro que es porque son buenos y se casan por la Iglesia. Es más, yo una vez vi a un rico muy rico besarle la mano a un cardenal a la salida de misa. Prácticamente fue un beso de tornillo. Por fuerza tendrá algo que ver.

La Bolsa se hundió repetidamente, y a nosotros casi tuvieron que administrarnos últimos auxilios en cada ocasión en que la señorita o el caballero que suelen arrastrar su voz por los parqués para informarnos nos comunicaban el hundimiento del Ibex y de otras las coristas del cintillo. Sin embargo, que no cunda el pánico: era España la que caía en barrera, no los ricos. Los ricos nacen, se desarrollan, se reproducen por esporas y flotan. En total, se emBolsaron en 2010 la nadería de 2.748 millones de euros (lo saco de un reportaje de Público aparecido a principios de este mes y titulado "Los ricos ganan un 8,6% más en un annus horribilis"; a él les remito).

"Ganaron el 8,6% más que en 2009, año en que obtuvieron el 27% más que en 2008"

Como soy tirando a lerda en materia de altas finanzas, sufrí lo indecible pensando en esa pobre gente. Ya saben, Amancio Ortega, los Albertos, Florentino Pérez, los March y tantos otros que pasan mucho más desapercibidos, pero de cuyas familias tanto nos acordamos en estos sus oscuros tiempos. No pasaba noche sin que me estremeciera el pensamiento de sus necesidades. Con más de cuatro millones de parados, dirán ustedes que tal preocupación mía era un asunto baladí, pero seamos serios. Los pobres están acostumbrados a sufrir, como los palestinos a que los maten. Yo diría que casi les gusta. El paro, el desahucio, comer mendrugos o hacer cola en un puesto de Cáritas, dormir en la boca del metro… ¡Aventuras! En cambio, ¿quién ha adiestrado al rico en la técnica de rebuscar en los cubos de basura o de sentarse a la puerta de un supermercado de franquicia francesa para extender la mano y pedir una caridad o un donut? No veo a Esther Koplowitz, primera accionista de su constructora -excepcional: ha perdido el 33,2% en la cotización de sus acciones-, tropezándose conmigo a mi salida de Loewe (de comprarme un bolso de esos de diez mil euros y que, encima, no tienen música) y pidiéndome una limosna, con un muy cortés "Que Dios se lo pague". Su hermana Alicia, que va mucho a Lourdes a hacer el bien y que ya no es propietaria, sino que se limita a especular, estaría más capacitada para la mendicidad, pero mira tú por dónde aquí también ha intervenido la Providencia, y este año le ha ido muy bien. Puede que ayude a la otra, o que, al menos, le regale una de sus mantillas.

Como es natural, estas excelentes noticias respecto al bienestar de los más ricos han esponjado mi ánimo, aliviado mis intestinos y, en fin, casi me han acercado al Pontífice, cuyas frecuentes visitas al solar patrio tan loadas suelen ser por los bien pudientes en los favorables manifiestos que se apresuran a firmar cada vez que B-16 se dispone a enfilar la M-30. Él tampoco debe de caber en sí de gozo.

Otra prueba de que a los ricos los ilumina Dios es lo acaecido a Ortega -el dueño de Zara, ya saben: he contribuido modestamente a su fortuna-, quien ha decidido invertir en bienes tangibles y tiene mogollón de millones en la cosa inmobiliaria; pero nada de gilipolleces de hipotecarse por un pisito. A lo grande, como debe ser.

Todo esto que les cuento debe de insuflarnos esperanzas, pues los dineros que ahora no procede invertir en la productividad de este país se pondrán a trabajar en cuanto la derecha vuelva al poder. Es lo que ha pasado siempre. Verán qué poco se quejan entonces.

www.marujatorres.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de enero de 2011