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COLUMNA

Mosca española

"Soy de los que piensan que somos de algún sitio", aseguraba, por lo visto, Chillida. Si lo hubiera dicho delante de mí, le habría preguntado de dónde era yo (tengo problemas de pertenencia). El Estado debería decirnos de dónde somos más allá de lo que pone en el DNI, esa tarjeta de crédito sin crédito. Usted es de Lugo. Vale, soy de Lugo. Busco en Google el nombre de esa ciudad, leo sus características y comienzo a comportarme como uno de allí. Ese servicio facilitaría mucho la vida a los contribuyentes despistados, como un servidor. Podría darse el caso de que le dijeran a uno que es extranjero. Usted es chileno. ¿Chileno? Si ni siquiera he nacido allí. Para ser de un sitio no es necesario haber nacido en él, pues la pertenencia se mide de otro modo (es sabido, por ejemplo, que los de Bilbao nacen donde quieren). Un día vi en Canal + (que no nos lo cierren, por favor) un documental sobre Australia y acabé convencido de ser un aborigen australiano. Todo lo que se decía de ellos me había ocurrido a mí en un momento u otro de mi vida. Recuerdo que me volví y se lo confesé a mi mujer: creo que soy australiano. La semana pasada, dijo ella, vimos un documental sobre la Antártida y creíste que eras pingüino. Llevaba razón. A veces, además de no tener ni idea de dónde soy, tampoco sé a qué especie pertenezco. Una noche, de pequeño, soñé que mis padres eran moscas y todavía no se me ha ido de la cabeza la extraña sensación corporal con la que volé de la cama. No dije nada porque mis progenitores estaban convencidos de ser seres humanos y no era cuestión de darles más disgustos de los que ya les había proporcionado mi nacimiento. Ahora bien, para decirlo todo, creo que éramos moscas españolas, por el bigote de mi padre y la mantilla de mi madre. O sea, que quizá llevara razón Chillida y todos seamos de algún sitio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de enero de 2011