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COLUMNA

La caída de los gigantes

En Islandia hace siempre frío. En marzo, sus habitantes, poco más de 235.000, estaban doblemente helados. Por el Ártico y por la crisis económica. Los tres grandes bancos del país habían protagonizado un crecimiento imponente en los años de bonanza, y acumularon una deuda que llegó a superar 11 veces el Producto Interior Bruto (PIB) del país. La moneda se desplomó, el consumo se hundió y el PIB cayó seis puntos y medio. El Gobierno, presionado por el Fondo Monetario Internacional y sus vecinos nórdicos, que congelaron las ayudas, decidió acudir en rescate de la banca, que debía 3.700 millones de euros a entidades británicas y holandesas. El rechazo unánime de los islandeses obligó al presidente a convocar un referéndum para que los ciudadanos decidieran si ayudar o no a los bancos.

El sí suponía asumir una deuda de unos 40.000 euros por familia. El no equivalía a una crisis política sin precedentes, la congelación de las ayudas internacionales, una eventual crisis de la deuda y la paralización del ingreso en la UE. Tal y como preveían las encuestas, el 93% de los islandeses dijo no. El pasado día 8 de diciembre, este periódico publicaba un teletipo de la agencia de noticias Bloomberg fechado en Londres con este titular: "Islandia sale de la recesión tras dos años de caídas". Y en el texto se decía que "la decisión del Gobierno, obligado por los ciudadanos, de dejar caer a los bancos y proteger a los contribuyentes del coste de un rescate puede permitir a Islandia recuperarse más rápido que otros países agobiados por la deuda, como Irlanda, que recientemente ha solicitado un rescate a la UE".

El parlamento británico aprobó el pasado día 9, en medio de las protestas estudiantiles, la controvertida alza de las matrículas universitarias, con incrementos de hasta un 300%. La medida fue aprobada por 323 votos contra 302, lo que supuso un alivio para el primer ministro David Cameron y para su acuerdo de gobierno con los liberales demócratas, que se la jugaban con esta iniciativa. El líder liberal, Nick Clegg, solo logró sumar el voto de una veintena de los 57 diputados de su grupo. Más de la mitad votó en contra. Cameron fue desobedecido por otros cuatro miembros del suyo. Dos diputados liberales y uno tory renunciaron como asistentes ministeriales al conocerse el resultado de la votación.

Como hoy es el día de los Santos Inocentes, me he levantado con la vena tonta. Y sobre todo, ingenua. Y como, además, cada vez tengo menos idea de economía y aún menos de política, les acabo de contar dos ejemplos de otra forma de hacer las cosas frente a esta corriente de pensamiento único, que ni siquiera es ya pensamiento pero que desgraciadamente si es único. El ejemplo de un país donde se les preguntó a los ciudadanos qué había que hacer frente a la crisis y cómo actuar frente a la banca. Y el ejemplo de un Parlamento donde hay diputados que no votan lo que dicen sus líderes o su grupo cuando consideran que la iniciativa va contra la ciudadanía o contra lo que ellos mismos habían defendido durante la campaña electoral que les llevó a ese Parlamento.

En el último libro de Kent Follet, La caída de los gigantes -título que también resume muy bien lo que ha ocurrido este año en el mundo-, hay un diálogo entre el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, y uno de sus colaboradores, a cuenta de la iniciativa americana de crear lo que se denominó la Sociedad de las Naciones tras el armisticio de la Primera Guerra Mundial. El colaborador le dice al presidente: "La capacidad de escuchar a gente inteligente que no está de acuerdo contigo es un talento difícil de encontrar... Pero un presidente debe tenerlo". Espero que en 2011 el mundo se llene de gente inteligente capaz de escuchar a otra gente inteligente que no piensa igual que ellos. Y que nosotros lo veamos, a poder ser trabajando.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de diciembre de 2010