Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Un niño

Escuchar noticias -y leerlas, y verlas en la tele, claro- forma parte de mi profesión. A lo primero que me engancho es a la radio, que entra en mi cerebro cuando aún no he puesto del todo los muebles que me van quedando. Cada mañana sé que aún soy periodista porque incluso a desabridas horas le busco los cinco pies a cada información. Carezco de inocencia, aunque también de sentido conspirativo. Sopeso, analizo. Y me equivoco, como todos los periodistas.

Alarma, papeles, controladores, Ejército, Congreso, treinta y dos años, Constitución, todos al suelo, crisis, desempleo, la culpa es de este, la culpa es del otro, de lo que hace este, de lo que hace el otro, Assange detenido por no ponerse condón, el Papa libre, lo que el embajador les dijo a sus jefes, inundación. Sí, claro, inundación de noticias, avalancha, estoy hasta el gorro de lecturas obligadas, si quiero ponerme al día no puedo dormir.

Pero no. Mundo real. Agua, desolación, ruina, muerte. Contra mi costumbre, seguí atenta a la radio durante el resto de la mañana, a la espera del rescate de un niño. Cuanto escuchaba perdía resonancia, solo aguardaba a que alguien produjera un milagro. No ocurrió así, y decenas de frases manidas e indignadas me vinieron a la cabeza, esas frases absurdas sobre la inexistencia de Dios, o sobre su pérfida permisividad en el caso de que exista.

Llorando como una ciudadana me enteré de la desgracia de esa pobre familia. Al cabo de un rato comprendí que también lloraba de miedo. Temo el día en que los ciudadanos escuchen las noticias como si fueran periodistas verdaderamente curtidos.

Luego hice algo muy sencillo, que suelo poner en práctica cuando necesito aliviar mi corazón. Miré a mi perro y me alegré cuando le vi mover la cola.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de diciembre de 2010