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domingo, 28 de noviembre de 2010
EL ÚLTIMO DOMINGO

El llanto enigmático

Hacia el final de un coloquio en Pamplona, en el formidable café Alt Wien, en el parque de la Taconera, una joven levanta la mano para decirme con mucha gracia que le ha interesado mucho todo lo que allí se ha hablado, aunque no ha entendido nada. Me parece fascinante. "Lo ideal", le digo, "sería que todo lo que has oído esta tarde aquí te acompañe al salir, lo ideal es que empiece en ti cuando todo esto termine".

Me doy cuenta al instante de que mi respuesta me ha devuelto a la entrevista a Antonio Lobo Antunes que he leído por la mañana en el avión. Le dicen al narrador portugués que, debido a que es difícil entrar en su escritura, agradecerían un consejo para un lector que se frustrara después de haber leído un libro suyo y no haber entendido nada. Y Lobo Antunes contesta:

"Los libros que me gustan empiezan en mí cuando termino de leerlos"

-La primera vez que Téophile Gautier vio Las meninas de Velázquez dijo: "¡¿Pero dónde está el cuadro!?". Para mí es la mejor crítica de arte que leído en mi vida. Es el mejor elogio que se le puede hacer a una obra de arte.

Las palabras de Lobo me han llevado a recordar, esta mañana, las ocho o nueve tardes casi seguidas en las que, cuando tenía 15 años, vi en Barcelona la película El año pasado en Marienbad, siempre con el objeto de tratar de entenderla, ya que sentía que el filme me desafiaba y me hacía dudar de mi inteligencia, puesto que, por mucho que pusiera de mi parte, no lograba entenderlo nunca. Fueron días memorables en los que, al salir por las tardes del colegio de los jesuitas de la calle de Casp, subía paseo de Gràcia arriba a toda velocidad y me dirigía al cine Publi, dispuesto a ver por enésima vez la película y tratar por fin de comprender algo. Contaba con la inestimable complicidad del tío de un amigo, que era acomodador en esa sala y me dejaba pasar sin pagar. Ocho o nueve veces vi el filme y no lo entendí nunca, pero es que nunca. Luego, con el tiempo, perseguido por aquella experiencia de juventud, fui entendiéndolo de mil maneras distintas. Todavía hoy la película me entusiasma, aunque no es precisamente lo que le dije a su guionista y gran responsable del duro enigma, Alain Robbe-Grillet, la tarde en Barcelona en que le conocí y no pude evitar comentarle la cantidad de veces que había visto El año pasado en Marienbad con el objeto de tratar de entenderla.

-¿Y la entendiste al fin? -me preguntó de inmediato Robbe-Grillet.

Me di cuenta de que me la jugaba, de que según lo que le respondiera iba a pensar que yo era un imbécil, de modo que opté por contestarle la verdad. Si quedaba en ridículo, al menos que fuera habiéndole dicho la verdad.

-No. Sigo sin entenderla -le dije.

Vi como la sonrisa de Robbe-Grillet se triplicaba, feliz supongo de haber comprobado que, tantos años después, El año pasado en Marienbad seguía causando trastornos y siendo una fuente de energía creadora, una inagotable fuente de interpretaciones.

Pensé en Pamplona en todo esto al evocar aquella respuesta de Lobo Antunes, que, como le apuntaba el propio periodista, parecía estar insinuando que a él le gustaba que, al terminar sus novelas, los lectores se preguntaran dónde estaba el libro.

-Exactamente -le contestaba Lobo-. Los libros que me gustan empiezan en mí cuando termino de leerlos.

La frase me recuerda ahora lo que hace años me dijera Mercedes Monmany acerca de los libros que uno escribe y pierde, pierde para siempre, porque se apoderan de ellos los lectores, que los continúan en el espacio y el tiempo, lejos ya de quien los escribiera. Esa es la clase de libros que más habría de interesarnos a todos escribir, aquellos que empiezan en los lectores cuando estos acaban de leerlos.

Creo que hay algo de lo que me olvido en demasiadas ocasiones, pero que en los últimos tiempos pierdo menos de vista: en el arte de narrar no es necesario que todo quede explicado. Parece que es algo que sabían muy bien los clásicos. La mitad, como mínimo, de lo que contamos debe quedar sin explicaciones que lo hagan demasiado comprensible. ¿O acaso vamos nosotros por la calle comprendiéndolo absolutamente todo?

Una historia que quede bien explicada carece de excesivo interés, es más informativa y periodística que narrativa. Hay una historia que cuenta Heródoto que contiene ciertas fórmulas para construir -si el talento es también nuestro aliado- narraciones perdurables. Es la historia del faraón Psamético. En ella se nos cuenta cómo, tras la caída de Menphis, 500 años antes de la era cristiana, Psamético fue capturado por el ejército persa junto con su familia. Según el relato, el cruel Cambises puso a prueba la entereza del faraón infligiéndole el más doloroso de los castigos al colocarle en un ángulo de una vía a través de la cual iba a pasar el desfile de la victoria; un lugar estratégico desde donde le hizo ver también a su hija convertida en sirviente y a su hijo, completamente vejado, marchar camino de una dura muerte. Dice Heródoto que Psamético no se conmovió ante la suerte de su familia y aguantó firme, con la mirada en el suelo, todo lo que tenía que ver y que tan solo al final de todo se desmoronó, se derrumbó cuando reconoció entre los prisioneros a uno de sus sirvientes, un hombre viejo y miserable. Entonces, rompió a llorar. El misterio de ese incomprensible llanto permanece todavía hoy. Montaigne trató de explicarlo, pero no logró convencerse ni a sí mismo, porque acabó abriendo aún más interpretaciones del misterio de aquel extraño comportamiento. "Lo seguro es que hoy un periodista lo daría explicado de inmediato", escribió Walter Benjamin a propósito de este relato de Heródoto en el que veía el modelo ideal de narración, el cuento que nunca se entrega. Desde luego ha llegado hasta nuestros días, ha llegado hasta aquí, y es una historia que nunca nadie se acaba de explicar, quizás porque empieza en nosotros cuando terminamos de leerla.

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