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jueves, 18 de noviembre de 2010
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La sombra del águila

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Nunca una batalla, Dios me perdone, fue tan divertida. Hablamos de Sbodonovo y el imparable avance de un batallón español, el 326 de Infantería de Línea, agregado a la Grande Armée de Napoleón en su campaña de Rusia. Resulta que nuestros compatriotas no estaban atacando osadamente sino fintando para, ejem, pasarse al enemigo. Pero hete aquí que el avispado corso observa el movimiento, lo valora, mmm, voilà, ensalza a los bravos españoles y lanza a todo su Ejército detrás para ganar el día, oh, la, la. Disparates de la historia militar. Qué más da que la batalla de Sbodonovo no existiera ni lo hiciera tampoco tan fantástico asalto de los nuestros, ni el 326 de Infantería de Línea ya que estamos.

Arturo Pérez-Reverte lo narra de tal manera que no sería de extrañar que en el futuro no muy lejano utilizaran el episodio como ejemplo de sutil maniobra en los manuales de West Point, Saint-Cyr o Sandhurst, que queda más fino. De momento, Sbodonovo es objeto de amplios debates en Internet y no me extrañaría que alguno de los que crean confusión sobre la batalla fuera el propio Pérez-Reverte camuflado, anchos bigotes postizos, como coronel Pucheu, chef d'escadron de los dragones de la Garde Imperial en la Moskowa, por no hablar del historiador militar sir Mortimer Flanagan, maestro de Antony Beevor.

¿Qué decir de La sombra del águila? Es uno de los libros que me han hecho reír más en la vida -junto con Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza, publicado con la misma fórmula; Wilt, de Tom Sharpe, y La guía del autostopista galáctico, de Douglas Adams; ¡qué difícil es reír con un libro!: prueben a reírse, no sé, con el fusilero Sharpe de Bernard Cornwell, por no salir de lo napoleónico-.

El relato de Pérez-Reverte arranca con Napoleón -el Maldito Enano o Le Petit Cabrón- envuelto en su capote gris de los cazadores de la Guardia y rodeado de su Estado Mayor. Ese conjunto de oficiales, descrito como un irrisorio grupo de arribistas, idiotas, inútiles y cobardes que tratan a la vez de medrar y de pasar desapercibidos (¡el pusilánime, servil y tartamudo general Labraguette!), es una de las grandes bazas del libro, y hace de contrapeso de los personajes españoles, adustos, malcarados, cabreados, valientes, definitivamente es-pa-ño-les; los mismos puteados de Rocroi. Y es que, pese a su tono de broma, La sombra del águila mete el diente en ese tema leitmotiv del autor de Alatriste (aquí el capitán García) que es el del español abandonado a su suerte, traicionado y dejado en la estacada, jodido vamos. También es de nuevo su tema, como en El húsar, el espanto de la guerra ("Heroica, mis narices, Dupont"): el horror de la metralla y de la bayoneta.

En muchas otras cosas esta historia es una verdadera síntesis Pérez-Reverte, un concentrado de algunos de los elementos más populares de su estilo: las onomatopeyas (Raaas-zaca-bum; glu-glups, Sire), la hilarante translación de los acentos extranjeros (¡peggos espagnoles!, togueadogues, le jour-de-gluar; c'est la guerre, Labraguette!), el diálogo intercalado, los nombres inolvidables (el capitán ruso Smirnoff, la calle Nikitskaia), el lenguaje meridiano ("con dos cojones").

El caso es que los 450 españoles del segundo batallón del 326 de Infantería de Línea (sosias de una unidad histórica, el regimiento José Bonaparte, formado con los soldados de la división del marqués de la Romana que no pudieron ser evacuados de Dinamarca por los ingleses al cambiar España de bando) acometen contra los rusos atravesando corajudamente maizales batidos por la artillería. Su verdadero objetivo es irse despegando de la Grand Armée para, en la confusión de la batalla, rendirse al enemigo (como hicieron en realidad bastantes españoles obligados a combatir a la fuerza en las filas francesas).

El punto de vista va cambiando dinámicamente: ahora estamos arriba con el Estado Mayor francés, ahora abajo entre las líneas del 326 -con uno de los veteranos de narrador en primera persona-. Napoleón que ve una oportunidad y ordena: "¡Murat!" Solo con recordar la descripción de Murat, "el Rizos", yo es que me troncho de risa. "Entorchados hasta la bragueta, cenutrio y hortera, parecía un gitano guaperas vestido por madame Lulú para hacer de príncipe encantado en una opereta italiana". Y Murat, claro, sugiere una carga, que es su medio natural. Entre bromas ("el que vale, vale, y el que no, con Wellington"), Pérez-Reverte muestra un conocimiento perfecto del Ejército napoleónico, de sus personajes, tácticas y equipos. Eso le permite inventarse convincentemente episodios, diálogos o mariscales (el pelota Lafleur).

Resumiendo, que los españoles bajan su estandarte, su águila, y entonces, justo antes de que enarbolen la bandera blanca, resulta que toda la caballería francesa llega detrás, 1.200 jinetes, tararí-tararí, viva el Emperador, una carga como las de El húsar, cagüentodo, Popoff. Luego, medallas. "¿De dónde eres, hijo?", "De Lepe, Zire". El relato tiene una escena en Santa Elena. Y un áspero y desabrido capítulo final, perezrevertiano puro, en la gélida retirada de Rusia, con un puente que salta por los aires y todo. Pero yo me quedo con un pasaje desternillante en el que los oficiales de Estado Mayor envidiosos critican a Murat ("a lo mejor es que es guapo, y con ese culo tan ceñido") para recordar después cómo le han metido a Napoleón en la tienda una dama rusa de tetas grandes disfrazada de oficial de coraceros, con los problemas lógicos para ajustarle la coraza...

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