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Crónica:SILLÓN DE OREJAS

Tiempo de gánsteres y superhéroes

Como se sabe, al final de La evitable ascensión de Arturo Ui los verduleros de Chicago agradecen la protección que les ofrece el gánster, a quien el cielo ha enviado "para que paguemos por nuestras fechorías, / delitos, pecados, y simples tonterías" (Bertolt Brecht, Teatro completo, Cátedra). Seguramente no tiene nada que ver con lo anterior, pero, ahora que lo pienso, el señor Díaz Ferrán se va de rositas de su jefatura empresarial. Nadie se ha atrevido a echarlo de allí a patadas, quizás porque sospechan, erróneamente, que tal cosa daría mala imagen al colectivo que lo eligió. Su testamento ideológico consiste básicamente en el apotegma de que de esta crisis sólo se sale trabajando más y ganando menos. Se lo decía a mis improbables lectores hace unas semanas: pronto intentarán convencernos de las excelencias de la mano de obra esclava. La crisis y el miedo están propiciando que el segundo tsunami ideológico del neoliberalismo en lo que va de milenio logre lo que no habían conseguido los neocons del primero: convencer a no pocos currantes de que la obscena fórmula propuesta por algunos de los responsables de la actual situación (que los que tienen poco tengan aún menos) es la única capaz de sacarnos del agujero. A mí, la verdad, se me ocurren algunas otras que no pasan necesariamente por la toma del Palacio de Invierno, pero que afectarían a los negocios y patrimonios de quienes exigen que todo cambie en los derechos de los trabajadores para que todo siga igual (o mejor) para los que compran su trabajo. Si consiguen llevarse "el gato al agua" (según el nombre de uno de los programas de la derecha extrema) se confirmará una vez más la desoladora sentencia de Adorno y Horkheimer: "La historia de la civilización es la historia de la introyección del sacrificio. En otras palabras: la historia de la renuncia". Salvo en Francia, la capacidad de respuesta de la izquierda parece tan adormecida como la de aquel "paciente anestesiado sobre una mesa" del que hablaba J. Alfred Prufrock, la irresoluta criatura de T. S. Eliot. Claro que, quizás, nuestro Zeitgeist requiera otro tipo de héroes. Fue precisamente en la década de los treinta, cuando las prolongadas secuelas de la Gran Depresión roían la existencia de la inmensa mayoría y otra guerra mundial se vislumbraba en el horizonte, cuando surgió en Estados Unidos una nueva mitología repleta de superhéroes consoladores: Superman, Batman y Robin, Wonder Woman, Capitán Marvel, Aquaman, Supergirl, etcétera. Ellos serían, en la imaginación de las gentes, los únicos capaces de enfrentarse a los más terribles villanos. Taschen los homenajea en un superlibro de arte, talla XL (29×7×39,5 centímetros y 6,7 kilos), que ya está distribuyéndose en España (75 Years of DC Comics. The Art of Modern Mythmaking). Su autor, Paul Levitz, ha sido, además de presidente de la célebre compañía DC Comics, guionista y editor de muchos de los tebeos que dieron fama a la empresa. Y ha rastreado todo tipo de archivos y colecciones en busca de bocetos, artes finales y ejemplares olvidados para reconstruir la trayectoria de uno de los grandes imperios de la historieta gráfica. El resultado es un enorme e impecablemente impreso libro de 720 páginas que constituye un monumento gráfico imprescindible para los aficionados al octavo arte. Inconvenientes: a) su precio (150 euros), que no lo hace recomendable para los castigados bolsillos del personal (los damnificados de Marsans y Air Comet que lo deseen deberían tener derecho a un ejemplar a cargo del citado DF), y b) el hecho de que los textos (del propio Levitz) estén en inglés. Por lo demás, ahora sobran los supervillanos. Entreténganse con las analogías y decidan quién es hoy Lex Luthor y quién The Joker y quién Catwoman (pista: adora el tea party). En cuanto a los superhéroes, no encuentro a ninguno comparable ni en la izquierda ni en la dirección de los sindicatos.

Encantamientos

Pese a la extendida creencia (adulta) en sentido contrario, los niños no tienen un pelo de tontos y saben lo que les gusta. ¿Qué es un libro infantil?, se preguntan Julia Eccleshare y Quentin Blake en 1001 libros infantiles que hay que leer antes de crecer (Grijalbo). Y se contestan: uno del que los niños disfrutan. O sea: libros para iniciarse en el mundo y en sus semejantes, pero también en el misterio, en la sorpresa y el miedo. Libros que, sobre todo, consuelan y hacen crecer. De "0 años" en adelante, este estupendo vademécum (960 páginas) dirigido a padres y educadores da cuenta, agrupando las obras por edades de lectura, de la cambiante naturaleza de la literatura infantil a través de los tiempos. Un libro sobre libros sin más fronteras que la infancia y la adolescencia, nuestras únicas patrias comunes, y con el práctico objetivo de contribuir a que los adultos no se queden mudos cuando los pequeños les pidan vitaminas para su imaginación. Y, de paso, un libro para adultos: para que vuelvan la vista atrás y recuerden lo que leyeron con sus ojos ardiendo como faros. O, antes, lo que alguien les leía para ayudarles a conjurar los miedos de la noche. Dedicada a los libros infantiles, por cierto, está también la flamante editorial Narval, que acaba de llegar a la librería con cuatro novedades en las que se cuidan especialmente textos e ilustraciones: su objetivo es "congraciar la calidad y coherencia del catálogo con las voces de los niños", lo que implica estar cerca de los destinatarios para saber lo que quieren. De entre los primeros elijo, para los más pequeños, Mani Orejas de Luna, de Lola Guerra y Adolfo Serra (ilustrador), y para los que ya leen por sí solos, La princesa feliz, de Carlo Frabetti (ilustraciones de Patricia Metola). Disfrútenlos.

El horror

El último experimento masivo de ingeniería social para engendrar al "hombre nuevo" lo llevaron a cabo Pol Pot y los jemeres rojos entre 1975 y 1979. Mientras la inmensa mayoría de la izquierda internacional miraba a otro lado o se limpiaba parsimoniosamente las gafas con la gamuza de la mala conciencia, en la entonces llamada Kampuchea Democrática se masacraba o dejaba morir en condiciones espantosas a cerca de dos millones de "irrecuperables degenerados" del pasado. El infierno de los jemeres rojos, de Denise Affonço (Libros del Asteroide), constituye un testimonio tremendo acerca de aquel pavoroso genocidio que se ha querido olvidar demasiado pronto. El sufrimiento de la autora (antigua secretaria de la Embajada francesa en Phnom Penh), de su degradación física y moral para intentar sobrevivir en las condiciones límite que le imponían sus verdugos, constituye sólo una pequeña rendija abierta sobre el muro de un infierno difícilmente concebible en términos de creación humana. A lo largo de la lectura uno tiene que detenerse de vez en cuando, respirar hondo, y contener las lágrimas de rabia para poder seguir adelante sin ceder a la tentación de escapar. Porque después de lo que nos ha legado el siglo XX nadie puede asegurar que el horror sea irrepetible y el mundo esté vacunado para siempre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de octubre de 2010