Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Diseño

Hay vida más allá de la supervivencia

Coll-Leclerc rompe en Lleida la monotonía de los pisos de protección

La vida en Pardinyes, detrás de la estación leridana del AVE, junto al parque de La Mitjana -el más extenso de la ciudad- y no lejos del nuevo emblema urbano, el auditorio de la Llotja, hace tiempo que dejó de ser la de un suburbio para convertirse en un vecindario residencial en el que las nuevas viviendas de protección oficial aportan dignidad.

En ese marco, el estudio de arquitectura barcelonés Coll-Leclerc levantó unos pisos de alquiler que se han hecho con el premio a la mejor vivienda social levantada en Cataluña en los últimos dos años. Los residentes pagan 310 euros al mes por los pisos de 58 metros cuadrados de la calle de Vicenç Ximenis que Jaume Coll y Judith Leclerc -que ya recibieran el Premio Nacional de Vivienda y el Ciudad de Barcelona, por otros apartamentos de alquiler- diseñaron sin desperdiciar un centímetro. Por eso tienen las ventajas de los espacios abiertos, pero evitan la mayoría de sus sacrificios. ¿Cómo lo lograron?

Un único portal, con puerta de celosía metálica que podría ser la de un garaje, da paso a un patio central al que mira la fachada interna de los pisos. No hay peldaños. Hasta allí se puede llevar rodando una bicicleta. O una silla de ruedas. Dentro, el acceso a los apartamentos recuerda más la entrada a una vivienda adosada, con doble corredera y una galería-porche para tender la ropa, acomodar una hamaca o aparcar la bicicleta, que a la puerta de los pisos convencionales. Con ventilación cruzada y fachada a la calle y al jardín comunitario, los pisos son espacios abiertos y contemporáneos en los que es posible vivir sin estrecheces físicas -gracias al juego de puertas correderas que permite sumar espacios-, pero a la vez consiguen rincones para la intimidad en menos de 60 metros cuadrados. La clave está en que los arquitectos han sabido dividir los metros sin romperlos.

Cuenta Jaume Coll que de entre todas las fórmulas para ahorrar metros cuadrados (prescindir de pasillos, evitar recibidores...) la que menos les convence es la más empleada, la que termina por convertir el salón-comedor-cocina en un lugar de paso: "Se pierde entonces la noción de descanso que asociamos al sofá". Para evitar la sala única, los arquitectos idearon una distribución reversible, salón y comedor separados, pero unidos, por la cocina. Una misma puerta corredera cierra la sala o el baño (a su vez dividido en dos) logrando un juego de espacios transformables para una vida casi abierta, como en un loft, o, casi dividida, como en un piso tradicional.

Los 44 pisos están organizados en dos bloques que forman una L en la esquina entre dos calles y todos cuentan con un mínimo de la hora de exposición solar al día, que requería el Incasol (Instituto Catalán del Suelo) promotor del proyecto. Con estructura de hormigón e interiores libres de pilares -están alineados en el perímetro- las fachadas están abrigadas por chapa galvanizada ondulada en el exterior y por paneles de policarbonato para paliar el viento en el acceso tipo corrala del interior. Ambas fachadas están mordidas por los porches que llevan luz al interior de los pisos y además rompen la habitual monotonía de las viviendas de protección oficial. Con plaza de aparcamiento (con luz natural) estas viviendas ofrecen vida más allá de la supervivencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de octubre de 2010