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sábado, 11 de septiembre de 2010
Tribuna:

Las grietas del G-20

La crisis financiera mundial ha hecho de rápido y eficiente catalizador para el G-20. Las tres primeras cumbres de jefes de Estado del G-20, celebradas en Washington, Londres y Pittsburgh, serán recordadas por haber hecho avanzar el multilateralismo y las medidas mundiales coordinadas, pero el G-20 sigue siendo en gran medida una labor en marcha... y que necesita mucha labor para tener éxito, como lo demostró su más reciente cumbre, celebrada en Toronto.

La cumbre del G-20 celebrada en Washington en 2008 fue la primera en la que los jefes de Estado de los países miembros se reunieron desde la creación del grupo en 1997. El G-8 había dejado de ser un vehículo apropiado para la gobernación económica mundial, dada la necesidad de estabilizar los mercados financieros de todo el mundo. Para encontrar una respuesta a la crisis, había que escuchar las voces de países como, por ejemplo, China, India y Brasil. Con el empeoramiento de la crisis financiera, la cumbre de Londres, celebrada en 2009, acordó un estímulo fiscal y monetario sin precedentes y respaldó un marco regulador y supervisor más coherente a escala mundial. En vista del éxito del G-20, la cumbre de Pittsburgh lo reconoció como el foro principal para la cooperación económica mundial.

Es esencial que sean los dirigentes mundiales, y no los mercados, los que dirijan las reformas

Debemos vencer la inercia que nos hace mantener alianzas antiguas

Ese reconocimiento infundió esperanzas sobre el G-20 y le concedió el prestigio que merecía: es el único foro en el que las potencias mundiales y los países en ascenso se sientan como iguales a la misma mesa. La premisa es clara: como la crisis reveló con mayor evidencia que nunca, la interdependencia de los países es ineludible. Ante los imperativos mundiales actuales, la única reacción posible debe ser mundial. No hay otra posible opción, pero la imprecisión del acuerdo alcanzado en la cumbre de Toronto, celebrada el pasado mes de junio, ha dejado mal sabor de boca a los dirigentes políticos.

Dos claras discrepancias destacan como causas de desacuerdo. La primera es la divergencia transatlántica sobre la mejor forma de lograr un regreso al crecimiento sólido. Estados Unidos es partidario de continuar con el estímulo económico, mientras que la Unión Europea prefiere la consolidación fiscal. La otra causa de la disensión es el desacuerdo sobre una tasa bancaria. EE UU, la UE y Japón son partidarios de ella, mientras que los países en ascenso, además del Canadá y Australia, se oponen.

Si bien se ha logrado un acuerdo (se ha fijado 2013 como el año en que reducir los déficits presupuestarios a la mitad, y 2016 como aquel en que estabilizar la deuda soberana), el consenso no sigue la dirección adecuada. No se trata de una oposición entre estímulo y déficit. Los dos son necesarios. Aun respetando las idiosincrasias de cada situación, siguen existiendo suficientes puntos en común para lograr una mayor precisión en los acuerdos. Lo mismo se puede decir de la transparencia, la rendición de cuentas y la regulación de la tasa bancaria. Sé perfectamente que no se trata de una tarea fácil, pero es esencial que sean los dirigentes mundiales -y no los mercados- los que dirijan las reformas.

Además, se ha repetido una costumbre que se debe cambiar. Evidentemente, la celebración de una cumbre del G-8 justo antes de una cumbre del G-20, como ocurrió en Canadá el pasado mes de junio, solo sirve para prolongar el mantenimiento de dos clubes por separado, cosa que resulta insostenible. El papel del G-20 debe cobrar mayor importancia, dada la participación de los países en ascenso en el PIB mundial -que, según las proyecciones, ascenderá al 60% en 2030- y el carácter mundial de los imperativos del siglo XXI. Si queremos lograr avances en la resolución de los problemas de la gobernación mundial, debemos adoptar medidas en común para superar esta crisis económica y en relación con otras cuestiones esenciales, como, por ejemplo, la no proliferación nuclear mundial.

El problema radica en que, pese a la clara necesidad de multilateralismo, existe el riesgo de una recaída en el bilateralismo por falta de una capacidad de dirección mundial. La atención del presidente de EE UU, Barack Obama, está centrada en asuntos de gran importancia, como, por ejemplo, Oriente Próximo, la evolución de su estrategia en Afganistán y los apuros de la economía americana. Lo mismo es aplicable a la UE, donde la atención -y las medidas- se han centrado en los últimos meses en la defensa del euro y la resolución de las dificultades económicas en la periferia de la Unión.

Entretanto, las potencias en ascenso siguen inclinándose por el bilateralismo y se alinean con otros países. La falta de acuerdo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas contra Irán no contribuye a la coordinación y la cooperación dentro del G-20.

Las cumbres deben estar bien preparadas y constituir un foro para debatir las grandes cuestiones mundiales actuales. Unas propuestas coherentes, claras y precisas darán un resultado más aceptable para todos, pero tan importante como la adopción de decisiones es su explicación. Una cumbre del G-20 no es algo que ocurra todos los días. Es un acontecimiento mundial. En particular, en un momento de crisis que ha causado tanto sufrimiento, se deben explicar sus decisiones al público con claridad y sin cacofonía. La angustia de la población requiere ese esfuerzo y eso fue algo que faltó en Toronto.

El mundo sigue en una fase de transición delicada y no está claro en qué dirección se orientará el G-20. Ahora el imperativo principal es el de seguir utilizando la "geometría de 20" para crear instrumentos de gobernación mundial. Aunque la tormenta económica ha perdido intensidad, aún no se ha calmado, por lo que queda mucho por hacer. Como los países avanzan hacia el crecimiento a diferentes velocidades, la estrategia mundial debe seguir siendo una prioridad.

El grado de interdependencia entre los países está aumentando y el carácter mundial de nuestros problemas es inherente. En el marco del multilateralismo, los países deben esforzarse por suavizar sus diferencias e intensificar sus relaciones: debemos vencer la inercia que nos hace mantener ideas antiguas... y alianzas antiguas.

Javier Solana es presidente del Center for Global Economy and Geopolitics de ESADE Business School. © Project Syndicate, 2010. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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