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Reportaje:Matanza de 'sin papeles' en México

Solo el 'narco' ve a los inmigrantes

Hallados muertos los dos investigadores de la matanza de Tamaulipas - Las autoridades mexicanas y centroamericanas miran hacia otro lado

Hay en México un ojo que todo lo ve, y no es precisamente el ojo del Estado. Hace dos semanas, el superviviente de una matanza llevó al Ejército hacia un rancho del municipio de San Fernando, en el norteño y muy peligroso Estado de Tamaulipas, donde un grupo de sicarios acababa de asesinar a 72 inmigrantes -en su mayoría centroamericanos- que habían cruzado México y a punto estaban de llegar a Estados Unidos. El superviviente, un ecuatoriano con graves heridas, contó que los sicarios se habían identificado como miembros de Los Zetas, sin duda el cartel más sanguinario de México, y que les habían ofrecido trabajar para ellos. Ante la negativa general, fueron asesinados uno a uno. Un fiscal y el secretario de Seguridad Pública del municipio de San Fernando emprendieron enseguida las investigaciones. Solo unas horas después, desaparecieron. El martes fueron encontrados sus cadáveres.

El fiscal y el mando de la policía de San Fernando llevaban días desaparecidos

Calderón y Funes se reunirán mañana para intentar mejorar las cosas

El ojo del crimen organizado solo había necesitado un par de horas para saber que el fiscal Roberto Suárez Vázquez y el mando policíaco Juan Carlos Suárez Sánchez andaban haciendo preguntas, y otro par de horas para localizarlos, callarlos para siempre y abandonar sus cuerpos a 50 kilómetros de donde los habían atrapado. Mientras, la fotografía de los migrantes asesinados -58 hombres y 14 mujeres- daba la vuelta al mundo y los testimonios de los supervivientes -el ecuatoriano que avisó a los militares y un hondureño que también logró huir- dejaban constancia del horror vivido. Los altos responsables políticos a los que se les acercó el micrófono mostraron espanto y sorpresa. Lo primero es lógico. Lo segundo, no.

Alejandro Poiré, flamante portavoz del Gobierno de Felipe Calderón en asuntos relacionados con el crimen organizado, declaró que, desde hace algunos meses, las fuerzas de seguridad vienen teniendo noticia de que los carteles de la droga están secuestrando y extorsionando a los inmigrantes centroamericanos a su paso por México. Poiré explicó que los narcotraficantes necesitan abastecerse de dinero y de sicarios para compensar su falta de liquidez y de personal provocada por los embates de la Policía y el Ejército. Los datos de que dispone este periódico ponen en entredicho las declaraciones del político mexicano. Ya a principios de 2007 se empezaron a tener noticias de que México es un infierno para los inmigrantes.

Lo han dicho en diferentes informes desde el FBI a la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México (CNDH), y lo han gritado hasta quedarse roncos los sacerdotes que a lo largo de la ruta hacia Estados Unidos tienen abiertas las "posadas para migrantes". El padre Ángel Solalinde, en Ixtepec, o el padre Pedro Pantoja, en Saltillo, saben mil historias de mujeres y de hombres secuestrados, desposeídos de todo lo que llevaban, hacinados en casas de seguridad, violados y torturados hasta que un familiar en Estados Unidos o en sus países de origen logra reunir un buen puñado de dólares a cambio de su libertad.

Existe un informe muy concienzudo de la CNDH que revela que 10.000 centroamericanos sin documentación que se dirigían a Estados Unidos fueron secuestrados a su paso por México... en solo seis meses. Desde septiembre de 2008 hasta febrero de 2009. También lo han dicho los propios inmigrantes a quien se lo ha querido preguntar. Este corresponsal ha escuchado esas historias al sur del país, en Ixtepec, junto al imponente tren de carga al que se encaraman los migrantes al principio de su ruta hacia el norte: "Nos salieron al paso y nos apuntaron con revólveres. A mi amiga y a mí, las únicas mujeres del grupo, nos apartaron y nos dijeron que nos desnudáramos. Eran dos, uno joven, flaquito y con el pelo liso, y otro viejo, con bigote y nariz aguileña. El joven fue el que me violó a mí...".

El poderoso ojo del crimen organizado empezó a vislumbrar en 2007 que los migrantes son un buen negocio. Hay dos circunstancias que lo hacen especialmente atractivo. La primera es la indefensión de los que se lanzan al camino. Si son atracados o violadas, ¿a quién van a acudir? Si denuncian, son deportados a sus países... o algo peor. Porque la segunda y más dolorosa circunstancia es la ausencia de Estado. Lejos de proteger a los inmigrantes, muchas veces son los propios policías los que los secuestran y extorsionan.

No deja de ser llamativo que, siendo las remesas de los inmigrantes unas de las principales fuentes de ingresos de los países centroamericanos, el calvario que sufren sus conciudadanos hasta llegar a Estados Unidos no constituya, al menos por el momento, una de las principales preocupaciones de sus respectivos gobiernos.

Ese "al menos por el momento" viene a cuento por dos detalles. Mañana el presidente salvadoreño, Mauricio Funes, y el mexicano, Felipe Calderón, mantendrán una reunión para tratar de mejorar las cosas y, por otro lado la policía mexicana dice haber detenido ya a siete de los asesinos de los migrantes. Hasta ahora, la larga vista del crimen organizado se alimentaba de la ceguera, heredada o fingida, de las autoridades.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2010