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Análisis:

El pasado

De joven rodé un corto en el que dos terroristas querían grabar un comunicado en vídeo con sus capuchones y toda la parafernalia. Cuando uno de ellos, con ínfulas de director de cine, decidía que era bueno innovar y proponía rodar el plano en contrapicado, con luces expresionistas y en blanco y negro, como homenaje a Orson Welles, estallaba la disputa violenta entre ambos. Humor y terrorismo habitualmente no hacen buena pareja, pese a que ambas alternativas parten del absurdo como madre. Hace unos meses el director de cine Borja Cobeaga me contó que tenía un proyecto donde unos terroristas de ETA salían elegidos presidentes de la comunidad de vecinos en el edificio donde tenían el piso franco, pero que los productores le desaconsejaban rodarlo. No sé, el título era estupendo: Fe de etarras. Todas estas frivolidades se agolparon en mi cabeza mientras visionaba el audiovisual de la banda con su alto el fuego unilateral.

No sé si ellos se plantean discusiones estéticas sobre decorado y tono, si se alzan voces renovadoras y vanguardistas frente al clásico plano de la mesa, las banderas y las capuchas. No se percibe que la renovación juvenil aporte nuevas ideas visuales. Recurrir a un periodista de la BBC, citarlo por SMS y hacerle viajar a París para entregarle la cinta delata una cierta falta de fe en las nuevas tecnologías. Uno espera que los terroristas recurran a las redes sociales o mismamente a YouTube, pero les motiva más la prosopopeya de película de intriga y microchip puro siglo XX. La redacción también apuesta por un soniquete a lo Amar en tiempos revueltos, ajena a la generación literaria de los Nocilla, con sus vivas finales y su sacada de pecho general. Tomémoslo como pistas que esclarecen que en este asunto el pasado pesa mucho más que el futuro. Quizá por eso los medios nacionales han dado el notición con un tono triste, desencantado, plomizo. Al diario Público, que se atrevió a titular 'ETA se mueve' donde los demás solo veían insuficiencia, trampa, desilusión, habría que darle el premio al optimismo. Pese a todas las carencias, y a esta columna solo conciernen las audiovisuales, que son enormes, ojalá esto fuera el principio del final de una mala película.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de septiembre de 2010