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domingo, 5 de septiembre de 2010
Reportaje:OPINIÓN

¿Una petición puede salvar una vida?

La pregunta no tiene respuesta, pero la clave para que se le conmute la pena a Sakineh, la mujer iraní condenada a morir lapidada, puede estar en que más países y personalidades exijan su liberación

Era la pregunta que se hacían, hace ahora 15 días, los promotores del llamamiento: "Hay que impedir la lapidación de Sakineh".

Y es la pregunta que se hacen desde entonces las decenas de miles de mujeres y de hombres que, cada día, cada hora, algunos días al ritmo de una firma por segundo, se han ido sumando a ese primer llamamiento.

Desgraciadamente, nadie tiene respuesta para una pregunta tan espantosa.

Y nada nos dice que a lo largo de los próximos días, tal vez mañana mismo, no se vaya a aplicar el atroz veredicto, que el bello rostro de Sakineh Mohammadi Ashtiani no vaya a quedar reducido a la misma masa informe que el de esos dos amantes afganos que, efectivamente, el pasado 16 de agosto fueron lapidados hasta la muerte en la provincia de Kunduz.

Entre los jueces iraníes hay una corriente que estima exorbitante el precio a pagar por la ejecución de la joven

Un responsable de la prisión le dijo a Sakineh la noche del 28 de agosto que debía prepararse para morir

Pero, en el fondo, yo no lo creo.

Creo, quiero creer, que la campaña de movilización emprendida por Libération, Elle y La Règle du Jeu puede terminar triunfando.

Y esto al menos por tres razones.

En primer lugar, porque, como bien dijo una de las personas que antes respondieron a nuestra invitación de dirigir cada día "una carta a Sakineh" (Charlotte Gainsbourg), tenemos la suerte de vivir en un país en el que la última palabra la tiene ese amo absoluto que es la opinión pública: cuando cerca de 50.000 hombres y mujeres (el número de los que han firmado en el momento en que escribo) opinan que la lapidación es un crimen de una ignominia insondable; cuando todos respondemos unánimemente (al margen de las lealtades y creencias de cada cual) con la letra de nuestros nombres a las piedras del obscurantismo y el crimen, los amos de segunda, es decir, los gobernantes, están facultados para intervenir y sumarse al sentir general. ¿Acaso es casual que el primer país que, a través de la voz de Nicolas Sarkozy, se ha comprometido firmemente con la causa de esta joven mujer sea el mismo del que partió la petición?

A continuación, porque por muy implacables que sean las dictaduras, por mucho que sus autoridades carezcan de escrúpulos, alma y virtud, nunca son completamente autistas, y en el pulso que mantienen con el mundo de las democracias, que es como su modo de ser y su segunda naturaleza, están atentas a todos los signos: cuando un país como Francia se posiciona tan claramente, cuando declara por boca de su presidente que la joven mujer está bajo su "responsabilidad", cuando hace del caso una cuestión de principios y de honor, el régimen de Teherán tiene que tenerlo en cuenta, de una manera o de otra. En La Règle du Jeu, a través de la Red de blogueros y de sitios web iraníes a la que estamos conectados, recibimos indicaciones que parecen señalar la propagación, en el seno del aparato judicial, de una corriente que estima que el precio a pagar por la ejecución, en plena ágora de la aldea planetaria, de una mujer cuyo único crimen parece ser el de haberse enamorado sería exorbitante y demasiado arriesgado para el régimen.

Y finalmente, porque en ese escenario de alta tensión que es el de la cuestión iraní, en el teatro mundial en el que se enfrentan los amigos de la democracia y los partidarios de una teocracia que pronto será nuclear, hay un tercer actor que desempeña y desempeñará un papel cada vez más decisivo: este actor es la sociedad civil iraní, que lucha contra su Estado por la defensa de la cultura y los valores de la gran civilización persa. Y el hecho es que con esta petición, con este llamamiento en favor de una mujer cuyo nombre era desconocido ayer mismo y a la que hoy el mundo entero llama por su nombre de pila, con este acto de reconocimiento de un rostro que, en unas pocas semanas, se ha convertido en un verdadero icono planetario, se impone el primer signo de solidaridad concreta dirigida a esta sociedad civil desde que, hace poco más de un año, le fuera robado el voto. Razón suplementaria por la que Ahmadineyad y los suyos no pueden permanecer sordos al llamamiento que se les hace.

Pero, lo repito, nada nos dice que mañana mismo no vayamos a despertarnos con la terrible noticia de la ejecución de esta joven mujer.

Y no todas las informaciones que me llegan últimamente desde Irán son alentadoras: aunque, frente a la ola de indignación planetaria, el poder haya "suspendido" oficialmente la ejecución de la sentencia, parece que: 1. El caso Sakineh acaba de volver a abrirse (lo que en un Estado de derecho tal vez sería buena señal, pero, en Teherán, parece indicar más bien que se están preparando para añadir nuevos cargos); 2. Sajjad, su hijo de 22 años, no tiene el más mínimo contacto con ella (lo que evidentemente es mala señal); 3. La noche del 28 de agosto, un responsable de la prisión de Tabriz fue a anunciar a Sakineh que debía prepararse para morir y que había llegado el momento de expresar sus últimas voluntades (y esto, claro está, nos pone los pelos de punta).

Pero precisamente por eso.

Razón de más para continuar implorando una y otra vez la clemencia de los jueces.

Y razón de más para, frente a lo que, por otra parte, podría no ser sino una forma más de intimidar y sembrar el terror, proseguir la movilización de las conciencias.

A poco que otros países se unan rápidamente a Francia (¿Italia? ¿Alemania? ¿Estados Unidos? ¿España?), a poco que otras voces se hagan eco, a su vez, de nuestro llamamiento (¿los intelectuales musulmanes del mundo árabe? ¿de Europa?), a poco, finalmente, que cada día más y más personas firmen el llamamiento contra el fanatismo y por el indulto..., entonces, creo que sí, que una petición salvará una vida.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.

Manifestación ante la Embajada iraní en Roma para pedir la liberación de Sakineh Mohammadi Ashtiani, el jueves pasado. En primer plano, una efigie de Sakineh. / AP

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