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Crítica:

Vidas asfixiadas

La carrera del danés Thomas Vinterberg parece definirse a través del pulso perpetuo con el recuerdo del que fue su segundo largometraje, pero, también, su efectista (y efectiva) carta de presentación ante la cinefilia global: Celebración (1998), acta fundacional del movimiento Dogma y trabajo del que parece obviarse, en toda consideración retrospectiva, su importante aspecto de provocación casi adolescente. En su trayectoria pueden convivir una aparatosa película maldita -el ejercicio de ciencia-ficción de autor It's all about love (2003), cuyo ingenuo mensaje se concentraba en su título, pero contenía una secuencia memorable: la masacre de clones en la pista de patinaje- y una estimable carga de profundidad con la inconfundible impronta tocanarices del aquí guionista Trier -Querida Wendy (2005)-, cuya disección de una particular mutación del dandismo proyectaba una estimulante luz sobre la turbia naturaleza de toda subcultura juvenil.

SUBMARINO

Dirección: Thomas Vinterberg.

Intérpretes: Jakob Cedergren, Peter Plaugborg, Patricia Schumann, Morten Rose.

Género: drama. Dinamarca, 2010. Duración: 110 minutos.

Thomas Vinterberg plantea su melodrama como un regreso al origen

Vinterberg plantea Submarino -melodrama de textura contemporánea y alma clásica- como un regreso al origen. Adaptación de una novela del también danés Jonas T. Bengtsson, la película recorre zonas de sombra de extrema sordidez para acabar articulando un sólido relato de expiaciones. En buena medida, la película, más que notable, viene a demostrar que, detrás de ese joven león del nuevo cine europeo que, simbólicamente, se dio a conocer ciscándose en la Casa del Padre -Celebración: en el fondo, un ritual, más lúdico que doliente, orientado a desarticular una percepción patriarcal de la cultura europea-, acechaba un cineasta de transparente aliento conservador, lo cual no es necesariamente malo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de septiembre de 2010