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jueves, 12 de agosto de 2010
Tribuna:

No se pierdan ese reportaje

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Acabo de ver un nuevo y extraordinario reportaje que, dirigido por Shlomi Eldar, corresponsal en Gaza del Channel 10 israelí, y titulado Una valiosa vida, narra la historia de Mohammed Abu Mustafa, un bebé palestino de cuatro meses que sufre una inusual carencia inmunitaria. Conmovido por la situación del niño, Eldar les ayuda a él y a su madre a trasladarse desde Gaza al hospital israelí de Tel Hashomer para someter al pequeño a un vital tratamiento de trasplante de médula ósea.

La operación cuesta 55.000 dólares. Eldar hace un llamamiento a través de la televisión israelí y a las pocas horas un judío israelí cuyo hijo murió haciendo el servicio militar dona todo el dinero.

Sin embargo, el reportaje da un giro espectacular cuando Raida, la madre del bebé, menospreciada en Gaza por someter a su hijo a un tratamiento en Israel, espeta que espera que de mayor este se convierta en terrorista suicida para ayudar a recuperar Jerusalén. Raida le dice a Eldar: "Desde el bebé más pequeño, incluso más que Mohammed, hasta la persona más anciana, todos nos sacrificaremos por Jerusalén. Creemos tener derecho a hacerlo. Tú puedes enfadarte, así que enfádate".

'Una valiosa vida', de Shlomi Eldar, plasma la realidad del conflicto entre israelíes y palestinos

Si nuestra crítica es constructiva muchos palestinos e israelíes nos escucharán

Eldar se queda deshecho ante la declaración y detiene la filmación del reportaje. Pero no estamos ante una película de propaganda israelí. El drama del rescate del niño palestino en un hospital de Israel se yuxtapone con las represalias que el Estado hebreo lleva a cabo por el lanzamiento de proyectiles desde Gaza, que matan a familias palestinas enteras.

En plena realización del reportaje, el Ejército convoca a Raz Somech, el especialista que trata a Mohammed como si fuera su propio hijo, para que cumpla con sus obligaciones de reservista en Gaza. La carrera que israelíes y palestinos realizan para salvar una vida se inserta en el proceso de mutuo y rutinario aplastamiento al que ambas comunidades se someten.

"Para mí está claro que la guerra en Gaza estaba justificada, ningún país puede permitir que le disparen con misiles Qassam, pero no vi a mucha gente apenada por la pérdida de vidas que sufrían los palestinos", declaró Eldar al periódico israelí Haaretz. "Como todos estábamos furiosos con Hamás, lo único que quería la opinión pública israelí era lanzar improperios a Gaza...".

"Hasta que no ocurrió el episodio del doctor Abu al Aish, el médico de Gaza con el que hablé en directo en la televisión, cuando él gritaba de dolor y de miedo, inmediatamente después de que un obús impactara contra su casa, matando a sus hijas, no descubrí a la mayoría silenciosa que siente compasión, también por los palestinos. Descubrí quemuchos espectadores israelíes sentían lo mismo que yo". De manera que Eldar terminó el reportaje dedicado a mostrar cómo se había salvado la vida de Mohammed en Israel.

La crudeza de su crónica refleja el Oriente Próximo que yo conozco, lleno de una sorprendente compasión, incluso entre enemigos, y de una pasmosa crueldad, incluso entre vecinos. Escribo esto ahora porque en el aire se percibe algo nauseabundo. Es la tendencia, tanto deliberada como involuntaria, de deslegitimar a Israel, de convertirlo en un Estado proscrito, sobre todo después de la guerra de Gaza. Se escucha al director Oliver Stone decir insensateces como que Hitler mató a más rusos que judíos, pero que estos recibieron toda la atención porque dominan los medios y sus grupos de presión controlan Washington. Se escucha al primer ministro británico calificar Gaza de enorme "campo de prisioneros" israelí, mientras su colega turco le dice al presidente israelí: "Cuando se trata de matar, vosotros sabéis muy bien cómo hacerlo". También se ve a cantantes cancelar conciertos en Tel Aviv.

Si uno acabara de llegar de Marte, podría pensar que Israel es el único país que ha matado civiles en una guerra, y que no lo han hecho Hamás ni Hezbolá ni Turquía ni Irán ni Siria ni Estados Unidos.

No estoy aquí para defender el mal comportamiento de Israel. Más bien para lo contrario. Hace tiempo que he señalado que las colonias israelíes en Cisjordania son suicidas para la democracia judía israelí. Los amigos de Israel nunca insistirán lo suficiente en este punto ni con suficiente claridad.

Pero hay dos tipos de crítica. La constructiva comienza por dejar claro que "yo sé en qué mundo vivís". Yo sé que Oriente Próximo es un lugar en el que los suníes masacran a los chiíes en Irak, que Irán mata a sus propios votantes, que supuestamente Siria acabó con la vida del primer ministro del país vecino, que Turquía machaca a los kurdos y que Hamás realiza bombardeos indiscriminados, negándose a reconocer al Estado de Israel.

Todo eso lo sé. Pero el comportamiento de Israel, en ocasiones, solo empeora las cosas, para los palestinos y para los israelíes.

Si a los israelíes les haces ver que comprendes el mundo en el que viven, y después los criticas, ellos te escucharán.

La crítica destructiva bloquea los oídos de los israelíes. Les dice que ningún contexto puede explicar su comportamiento, que la singularidad de sus errores es tal que eclipsa todos los demás. Los críticos destructivos se limitan a decir que Gaza es una cárcel israelí, sin llegar nunca a mencionar que, si después de la retirada unilateral de Israel de la franja, Hamás hubiera decidido convertirla más en Dubai que en Teherán, Israel también se habría comportado de otra manera. La crítica destructiva solo fomenta que los sectores israelíes más destructivos puedan señalar que poco importa lo que haga Israel, así que ¿para qué cambiar?

¿Qué tal si todos respiramos hondo, ponemos una copia de Una valiosa vida en nuestro reproductor de DVD y vemos ese reportaje sobre el Oriente Próximo real?

Si después seguimos queriendo ser críticos (y es mi caso), seámoslo de manera constructiva. Muchos más israelíes y palestinos nos escucharán.

Thomas L. Friedman, dos veces ganador del Premio Pulitzer, es columnista del diario The New York Times. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

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