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domingo, 8 de agosto de 2010
Reportaje:VIAJAR LEYENDO

Las Cícladas, el anillo del Egeo

Son las más visitadas de Grecia. Las más célebres del imaginario popular. Un tesoro majestuoso del mar Egeo. Mykonos, Delos, Santorini... Rastros mitológicos, copas de 'ouzo' y sardinas fritas. Segunda estación de esta serie que invita a viajar, cada domingo de agosto, de la mano de diferentes escritores, a esos mundos en miniatura que son las islas.

A cada sitio al que uno llega por primera vez debería ir acompañado por el libro adecuado. No me refiero a las guías turísticas -de las que soy un gran aficionado-, sino a obras literarias que, de alguna manera, te revelen cosas sobre el espíritu de ese lugar, te anticipen algunas de sus esencias. A París llevé El jorobado de Notre Dame, de Víctor Hugo, y a Praga, Cuentos de la Mala Strana, de Jan Neruda. A El Cairo fui con una novela de Naguib Mahfuz. ¿Sería Café Karnak? Ya no recuerdo. Fiel a ese hábito, al emprender mi viaje a las islas griegas eché en la maleta el libro que publicó Lawrence Durrell en 1978 sobre ellas. Ah, y también un manoseado ejemplar de Final del juego, de Julio Cortázar (luego le digo por qué).

De las cincuenta y tantas islas que integran las Cícladas, la mitad se encuentran deshabitadas. Mykonos sigue siendo la más famosa

De Paros salieron los bloques de mármol que tras ser esculpidos se convertían en obras como la 'Venus de Milo'

Estas son las islas que vimos en los cines, en radiante 'technicolor', en 'Shirley Valentine' y 'Summer lovers'

Acabo de caer en la cuenta de que escribí Mi viaje a las islas griegas donde, para ser exacto, debí haber puesto "a las islas Cícladas". Disculpe el desliz, pero, aunque en la geografía insular de Grecia existan Creta, Eubea, las islas Espóradas, las Jónicas, las Argosarónicas, las del noreste del Egeo y las del Dodecaneso, cuando uno dice "islas griegas", así, sin más especificación, se sobreentiende que está refiriéndose a las del Egeo central. A esas que forman una suerte de redondel o anillo -como ocurre con las constelaciones, tiene que poner de su parte para poder verlo- alrededor de la minúscula Delos. De ahí su nombre, que proviene del griego kýklos: círculo. Las Cícladas: las islas más visitadas de Grecia. Las que la jet set puso de moda a principios de los sesenta. Las más apetecidas por los turistas. Las que vimos en los cines, en un radiante technicolor, en Shirley Valentine y Summer lovers. En fin: las auténticas islas griegas, por obra y gracia del imaginario popular.

El paraíso se llama Mykonos. De las cincuenta y tantas islas que integran las Cícladas -la mitad de ellas, deshabitadas-, la más famosa es Mykonos, la meca del turismo gay. Casi todo el mundo sabe de su existencia y la quisiera visitar. Podría ser generoso con quienes quizá nunca consigan hacer realidad ese sueño; tratar de restarle importancia al asunto y decirles que, después de todo, su prestigio es un tanto inmerecido. Podría, pero prefiero ser sincero: una visita a Mykonos, por breve que sea, es algo de lo que nadie -sea cual sea su orientación sexual- debería privarse si está a su alcance. La isla es un prospecto de lo que tendría que ser el reino celestial.

Un amante de las juergas te hablaría largo y tendido, con un entusiasmo más que justificado, de la vida nocturna de Mykonos y del ambiente bullicioso y festivo -recorrido por una soterrada o explícita electricidad erótica- que reina en sus restaurantes, bares y discotecas. Yo prefiero recordar otras cosas. Por ejemplo, la belleza de sus playas (belleza que, como es obvio, se multiplica si quienes toman el sol sobre la arena son jóvenes nudistas). Las típicas casitas blancas de Chora, la capital, que parecen terrones de azúcar lanzados caprichosamente sobre el terreno rocoso, con sus puertas y ventanas pintadas de vibrantes rojos y azules, y sus balcones con flores. El sinfín de capillas y templos ortodoxos, atiborrados de iconos, que uno encuentra en cualquier dirección que camine, y de modo especial la iglesia de la Santísima Virgen de Paraportianí, con más de cinco siglos de historia. Los gatos que se te restriegan contra las pantorrillas como si te conocieran de toda la vida. La colina de los pintorescos molinos de viento (por favor, una parada obligatoria para la consabida foto de recuerdo). Esas persistentes ráfagas cálidas y salpicadas de arena que llaman meltemi. Y, sobre todo, las caminatas del paseo marítimo a las callejuelas altas de Kastro, la parte más vieja de la ciudad capital, y a la acogedora Alefkandra, la zona conocida como "la pequeña Venecia".

Quien se siente a la mesa de algún café para saborear una copa de ouzo o unas sardinas fritas, probablemente vea a un pelícano deambulando entre los comensales. No, no es ese Petros que mencionan todas las guías y que fue la mascota de Mykonos durante largos años, sino uno de sus sustitutos. El Petros original falleció en 1986, se rumora que a causa de la agresión sexual de un maniaco borracho. Quizá el destino del desdichado Petros habría sido distinto si, en vez de merodear entre extranjeros de dudosa reputación, hubiera elegido una vida más recogida y ascética, en un pueblo del interior como Ano Merá, cerca de Panagía Tourlianí, el monasterio del siglo XVI. Pero, ya se sabe, un pelícano tiene que estar junto al mar. "Lo que deba ser, será", habría sentenciado Esquilo, una autoridad en tragedias.

Delos, la isla-museo. Desde Mykonos es fácil trasladarse a Delos. La travesía apenas dura media hora. En esta islita recalentada por el sol solo hay ruinas y un museo con más vestigios del pasado. Allí no vive nadie excepto sus guardas. Según la mitología, fue aquí, bajo una palmera, donde Leto -una hija de titanes que tuvo amores con Zeus- dio a luz a los mellizos Apolo y Artemisa.

El pasado de estos áridos tres kilómetros y medio cuadrados es de una complejidad y una riqueza impresionantes. Mil años antes de Cristo, los jonios colonizaron la isla y empezaron a rendirle honores a Apolo. Tres siglos después, en los tiempos de la Anfictionía (una liga que agrupaba a una docena de pueblos griegos), ya era un enclave religioso de extraordinaria relevancia. Cuando, por su privilegiada ubicación geográfica, Delos se volvió un concurrido puerto comercial, los peregrinos tuvieron que compartir el territorio con mercaderes, banqueros, marineros, actores, prostitutas y todo tipo de buscavidas llegados de diferentes latitudes. Más adelante, Atenas envió un ejército y, para preservar la pureza del lugar, ordenó que nadie podía dar a luz ni morir en él. En su momento, también los romanos cayeron por allí y declararon la isla puerto franco. Conclusión: tras alcanzar un esplendor económico inimaginable, la urbe en que griegos, romanos, sirios, judíos y egipcios habían logrado convivir comenzó su decadencia. Fue un siglo antes de Cristo, con la invasión de Mitrídates, el rey de Partia. Delos cayó en la ruina y la desolación más absolutas.

Cuando se camina por ella, vale la pena aguijonear la fantasía y "recrear" la otrora próspera ciudad a partir de los muros, los mosaicos, las columnas y las estatuas descabezadas que han sobrevivido. La tarea es ardua: hay que reconstruir los templos dedicados a Apolo, a Hera y a Dioniso, y devolverles su grandeza; recuperar la Vía Sacra y engalanarla con estatuas y monumentos, y emplazar otra vez, uno al lado del otro, los nueve estilizados leones (¿o serían leonas?) que custodiaban el Lago Sagrado. Esta última labor es un poco menos compleja: ahí están, para ayudarnos a verlo todo como alguna vez fue, las réplicas de algunos de esos felinos rugiendo amenazadoramente. Claro está, también hay que devolverle su lustre al llamado Barrio del Teatro, donde tenían sus residencias los VIP tanto del periodo helenístico como del romano, y al anfiteatro que podía reunir a más de cinco mil espectadores (lo que da una idea de la enorme cantidad de gente que llegó a vivir en Delos).

Aunque el ejercicio de visualización puede resultar agotador, no hay que irse sin subir al monte Kinthos. La vista de las islas circundantes que se aprecia desde allí, desde el ombligo de las Cícladas, es inolvidable.

De isla en isla. Algo bueno de este archipiélago es lo sencillo y rápido que resulta trasladarse de una isla a otra. Por la tarde estás en Milos, donde fue encontrada en 1820 la Venus de Milo (uno de sus museos tiene la copia de yeso que, después de llevarse la escultura original para "ponerla a salvo", los franceses enviaron cortésmente de regalo), y al día siguiente llegas a la cercana y aún apacible Sérifos, donde (¡otra vez la mitología!) creció el temerario Perseo después de llegar a sus costas encerrado en un arca junto con madre Dánae, otra de las chicas Zeus. Desembarcas en una isla, la recorres, la disfrutas el tiempo que te apetezca y luego te subes a un ferry y sigues tu viaje.

Cada una de las Cícladas tiene lo suyo. Si Mykonos rinde culto a los sentidos y a la diversión, la vecina Tinos, en cambio, es un sitio de peregrinaje religioso tan popular que algunos le dicen "la Lourdes de Grecia". Durante todo el año, la isla es visitada por numerosos devotos que acuden a su principal iglesia, la Panagia Evangelistria, para pedir milagros y agradecer los favores concedidos; pero en vísperas del 25 de marzo y del 15 de agosto desembarcan miles de personas. Entre esos visitantes hay muchos gitanos, quienes consideran a Nuestra Señora de Tinos su protectora. Durante las celebraciones, la venerada imagen de la Virgen -desenterrada en 1822, gracias a una revelación que tuvo en sueños una monja- es conducida en andas hasta el puerto.

Otro orgullo de los pobladores de esta isla son sus peristeríonas o palomares blancos, muy ornamentados, que sobrepasan el millar. Si se te ocurre comentar que también en Andros los tienen en abundancia, más de un tiniota te replicará, desdeñosamente, que esos no pueden compararse con los suyos.

Toda regla tiene su excepción, y Siros, la capital administrativa de las Cícladas, es una buena prueba de ello. Al llegar allí comprobé que la arquitectura de su ciudad cabecera difiere de la que había encontrado, de forma predominante, durante el viaje. Ermoúpolis está llena de edificios neoclásicos del siglo XIX. Incluso tiene un teatro de ópera, el Apolo, que se anuncia como "una Scala de Milán en miniatura", donde tiempos atrás actuaban compañías italianas de bel canto. Otra peculiaridad: aunque cuenta con una buena infraestructura turística, su economía no depende de ese rubro.

En busca de Skoros. Mientras me alejaba de Siros, saqué del equipaje mi Final del juego. Ese libro incluye uno de los relatos más sobrecogedores que escribió el Cronopio Mayor: El ídolo de las Cícladas. Su trama se inicia en Skoros, un islote del Egeo donde unos arqueólogos desentierran una pequeña y milenaria escultura, que representa a una deidad femenina, y se la llevan para venderla ilegalmente en París.

Es una verdadera pena que en el archipiélago no haya ninguna islita, ni siquiera una de esas cabezas de roca que apenas se asoman en el agua, llamada Skoros. Se trata de una invención de Cortázar. Sin embargo, en las líneas iniciales del cuento se dice que Thérése, la esposa de uno de los arqueólogos, estaba parada sobre un peñón "desde donde se alcanzaba a distinguir el litoral de Paros". Y Paros, para nadie es un secreto, sí existe: es la tercera isla en tamaño de las Cícladas y el corazón de una activa red de transbordadores. Así que hacia allá fui.

Visité la ciudad portuaria Paroikiá, donde está Ekatontapylianí, la Iglesia de las Cien Puertas, que se precia de haber acogido a sus fieles, sin interrupción, desde el lejano siglo VI. También estuve en la cosmopolita Náousa, tal vez el lugar más bello -y caro- de Paros, ideal para quienes no tienen que andar contando sus euros. Y, por último, me bañé en la playa Chrysí Aktí, una favorita de los adictos a los deportes náuticos.

En cada uno de esos puntos miré al horizonte y, entrecerrando los ojos, me hice la idea de que divisaba, desdibujada por la brillante luz de las Cícladas, la misteriosa Skoros de donde Somoza y Morand habían robado la diosa "casi irreconocible de moho y adherencias calcáreas": el ídolo cortaziano sediento de sangre.

Y dejo atrás Paros, no sin antes comentar que de allí salieron los bloques de mármol translúcido que, después de ser esculpidos por los artistas de la antigüedad, se convertían en obras maestras como la Victoria de Samotracia o la ya mencionada Venus de Milo.

Santorini, la rival de roca. La escarpada Santorini vendría a ser algo así como la segunda vedette de esta troupe. Y, tal como sucede en las buenas historias de variétés, ella sueña con desplazar a Mykonos como figura principal de la revista. De hecho, las dos están incluidas en el itinerario de muchos de los cruceros que navegan por el Egeo (lo que se traduce en una muchedumbre de turistas que invade sus calles, boutiques y cafés durante varias horas cada día).

Aunque ambas rivales poseen todo lo que el viajero espera encontrar en una isla griega -playas de postal turística, barrios laberínticos, iglesias con cúpulas azules y pescados y pulpos que pasan directamente de los botes a las cocinas de los restaurantes-, cada una de ellas tiene sus puntos fuertes. Lo que hace única a Mykonos es, sobre todo, su vitalidad, la animación que reina en sus bares y discotecas, la intensidad con que se vive la noche. Pero Santorini cuenta también con dos grandes atractivos a su favor. El primero: Nea Kameni, la isla del volcán -situada en la caldera que se formó, en tiempos muy remotos, a causa de una erupción volcánica-, que el visitante puede admirar a su gusto desde lo alto de Firá, la capital. El segundo: la "Pompeya de Grecia": Akrotiri, una ciudad minoica que, después de haber estado enterrada en la ceniza durante más de tres milenios, fue rescatada a finales de los años sesenta.

Las sorpresas comienzan desde que te aproximas al puerto y te das cuenta de que Firá se encuentra a mayor altura de lo que imaginabas: casi 300 metros por encima del mar, en la cima de un acantilado. Sus edificaciones, construidas en terrazas de lava color marrón, parecen balancearse sobre la profunda caldera. La idea de pensar que pronto estarás al borde de ese precipicio te dispara la adrenalina. Pero para recorrer el camino que lleva hasta allí, primero tendrás que elegir -como los personajes de los cuentos maravillosos- entre tres posibilidades.

Los amantes de la comodidad y la rapidez suelen escoger el teleférico. Los aventureros, el ascenso a lomo de burro. Y los atléticos suben por sí mismos los 580 agotadores escalones. No pregunte por qué diablos escogí la segunda opción. Solo le deseo, si decide imitarme, que no le toque en suerte, como a mí, un burrito con un engañoso look a lo Platero, pero muy temperamental, que de buenas a primeras decidió detenerse tercamente a mitad de camino.

Al azuzarlo, el remedio fue peor que la enfermedad, pues echó a correr a toda velocidad y no se detuvo hasta llegar a Firá. Si se ve en ese aprieto, recupérese del susto en una taberna, con una copa de esos buenos vinos que hacen en Santorini. Por ejemplo, el Assyrtiko. Después puede entretenerse haciendo muchas cosas, desde comprar regalos en las tiendas de artesanía hasta visitar el Museo Arqueológico de Firá -una de las muchas instituciones de ese tipo que existen en las Cícladas-, donde tienen una colección de figuras eróticas dionisiacas.

De lo que por ningún motivo debe privarse es de hacer una excursión vespertina hasta Oía, pueblo situado en el extremo norte de Santorini. La caminata, por un sinuoso sendero que va bordeando el abismo, es larga y, no se lo voy a ocultar, un tanto fatigosa. Pero al final aguarda una recompensa: disfrutar la puesta de sol desde Oía es algo memorable, una experiencia que coquetea con lo místico.

Deudas pendientes. Hay varias islas del Egeo central que aún me debo y que deseo visitar lo antes posible, no vaya a ser que al Gobierno de Grecia se le ocurra tomar en serio la descabellada sugerencia que le hicieron dos diputados alemanes meses atrás y empiecen a venderlas para salir de sus deudas. O que terminen convertidas en un parque temático de Disney.

Quisiera ir a Naxos, la mayor de las Cícladas y una de las más fértiles (Durrell la comparó con "una cotorra multicolor"). Deseo ver la alucinante portada de mármol del templo en honor a Apolo que jamás se llegó a terminar, y que se recorta contra el cielo como un cuadro de Magritte, y asolearme en sus playas, que, según he oído, son de primera.

Un motivo más para conocer Naxos: allí, después de vencer al Minotauro y huir de Creta, el aventurero Teseo dejó dormida a su enamorada Ariadna mientras navegaban rumbo a Atenas. Algunos disculpan al héroe argumentando que la abandonó a causa de un rapto de amnesia que le fue inducido desde el Olimpo, pero, en cualquier caso, para la princesa cretense debe de haber sido un terrible golpe. Por fortuna, a Ariadna no le fue tan mal, ya que, aunque a juzgar por la estatuaria y las cerámicas antiguas Teseo era un semidiós chusquísimo, terminó casándose con el playboy Dioniso, el dios del vino y las bacanales.

Otra isla que espero visitar es la triangular Sifnos. Cuenta la leyenda que sus habitantes vivían en la bonanza gracias a sus minas de oro y de plata. Por eso, cada año enviaban al templo de Apolo en Delfos, como tributo, un huevo de oro macizo. Hasta que un día a un vivo de esos que nunca faltan se le ocurrió mandar una piedra común y corriente, revestida con una fina lámina de oro. Ante semejante ofensa, Apolo montó en cólera, inundó los yacimientos y puso fin a la prosperidad.

Y como en el anillo del Egeo mitología e historia van de la mano con el esparcimiento, tengo una cita pendiente, en Ios, con el fantasma de Homero. Según los cronistas de la antigüedad, el navío donde el rapsoda ciego se trasladaba de Samos a Atenas hizo una escala en ese sitio y allí lo sorprendió la muerte. Aunque quizá sorprender no sea el verbo adecuado, ya que mucho antes un oráculo de Delfos le había revelado: "La isla de Ios es la patria de tu madre, que cuando mueras te recibirá". He leído que el camino hasta la tumba del hombre de La Ilíada y La Odisea es bastante difícil, pues hay que subir hasta el peñón donde estuvo la ciudad jonia de Plakotós. Una vez que le rinda homenaje al maestro de todos los contadores de historias, me ocuparé de algo menos solemne. Una zambullida en esos mares que a Homero se le ocurrió calificar como "vinosos" podría ser una buena idea.

Antonio Orlando Rodríguez (Ciego de Ávila, Cuba, 1956). Ganador del Premio Alfaguara de Novela 2008 por 'Chiquita', es autor de varias novelas, libros de cuentos e investigaciones literarias.

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Las islas Cícladas, las más célebres del imaginario, son las más visitadas de Grecia. Perfil escarpado de un atardecer en Fira. / ÁLVARO LEIVA

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