Reportaje:ZAPATERO, AHORA

"He pasado noches sin dormir"

El presidente atraviesa su peor momento. Pero no arroja la toalla. "Que nadie dude de que si hay que adoptar nuevas medidas, lo haré", afirma a EL PAÍS. Ministros y colaboradores trazan su perfil íntimo

Ha cambiado poco desde que asumió el liderazgo del PSOE hace 10 años. Es un apasionado de la política, consumado estratega del poder, experto en el manejo de personas y el control de los tiempos. Pasó en blanco la madrugada del 10 de mayo, pendiente de la UE y de los mercados. Ahora parece más tranquilo. "La situación es mala, pero ya no muy mala", explica en una conversación con EL PAÍS. Este es el perfil de un presidente que atraviesa un momento clave

El adolescente que imitaba ante el espejo los ademanes y la abovedada voz de Felipe González se mira ahora en las doradas lunas del palacio de la Moncloa y encuentra a un hombre de rostro angulado, expresión seria, bolsas en los ojos y mirada rígida. El joven diputado que hace 10 años encandiló a la militancia socialista con un discurso renovador, fresco, ilusionado, opone hoy una sonrisa hierática tocada ocasionalmente con un rictus de amargura. Ya dice Felipe González que a "José Luis" le ha golpeado la realidad de la crisis y que se le nota. Se nota que la realidad le ha doblado el espinazo programático discursivo y le ha forzado a adoptar medidas que se había comprometido a no aplicar jamás. ¿Le ha quebrado también el ánimo al presidente?

"Cometí el error de haber pasado demasiado tiempo en el debate de si había crisis o desaceleración"

"Soy un presidente comunicativo, que habla mucho con los ministros y con el partido. No tengo sensación de soledad"

"Te puede cesar y lograr que te vayas contento por contribuir al bien de España", dice un ex miembro del Gobierno

José María Fidalgo detecta un punto de adanismo en el comportamiento político del presidente

"La crisis nos obliga a hacer en un año la transformación económica que habríamos hecho en cinco o seis"

Para la ministra Trinidad Jiménez, "es reservado y oculta sus debilidades, suponiendo que las tenga"

"Parece deprimido". Durante los últimos meses, los visitantes de La Moncloa han dejado flotando en el ambiente la sensación de un Zapatero castigado por la realidad que dictan los mercados financieros y por la vertiginosa pérdida de crédito en los sondeos. Alguno de estos visitantes ha tenido que acallar al taxista deslenguado que le conducía a su cita con el jefe del Gobierno. "Haga el favor de no insultarle más, que es mi amigo". A propósito del estado anímico del presidente, su anterior director de gabinete, el sociólogo José Andrés Torres Mora, distingue cuidadosamente entre "el violín que toca una melodía triste" y "el violín desafinado". Quiere decir que Zapatero está somatizando las preocupaciones ciudadanas del momento, pero que su pesadumbre no es patológica y que recuperará su proverbial optimismo en cuanto la sociedad vuelva a respirar con normalidad. Pese a que la situación se ha endulzado con el triunfo de La Roja y la mejora de los datos económicos, la crudeza de la coyuntura está poniendo a prueba al témpano emocional que se supone habita en La Moncloa.

"He pasado ratos muy malos, la verdad, sobre todo a la hora de decidir las medidas de recorte ante el shock económico", indica el presidente.

-No me diga que incluso ha dejado de dormir a pierna suelta.

-He pasado alguna noche sin dormir. La noche del 9 al 10 de mayo la pasé en blanco, primero en contacto telefónico con la vicepresidenta, que estaba negociando en el Ecofin

[consejo de ministros de Economía de la UE] nuestro compromiso de reducir el déficit un punto y medio más, que supuso un esfuerzo grande para nosotros. Luego estuve a la espera de ver cómo reaccionaban los mercados. Digamos que pasé la noche esperando al índice Nikkei.

-¿Cómo combate la ansiedad?

-Corro unos diez kilómetros diarios campo a través, pero sobre todo es que yo soy muy tranquilo. Creo que para tener una responsabilidad como la mía, la primera condición personal es tener fortaleza emocional para poder transmitir serenidad. Yo tengo una buena relación con la vida -dice este hombre, más delgado y fibroso últimamente, que heredó de su madre la entereza emocional-. La vida y la política me han tratado bien. No me puedo quejar -subraya.

La crisis le ha arruinado la fiesta del décimo aniversario de su elección como secretario general del PSOE (22 de julio de 2000) y ha envuelto en negros nubarrones su liderazgo. Pero, con todo, por grande que sea el quebranto en su reputación y duro el panorama, conviene no perder de vista que estamos ante uno de esos tipos que hasta en las circunstancias más difíciles acostumbra a salir de la melée con el balón. Los apelativos caricaturescos de "Zapatitos", "Mr. Bean" o "Bambi", los juicios descalificatorios que le tratan de improvisador impenitente y saltimbanqui contribuyen simplemente a acentuar el equívoco porque, a estas alturas, ya está claro que Rodríguez Zapatero es un consumado estratega del poder y un experto en el manejo de las personas y el control de los tiempos.

"Alguien que ha ganado dos elecciones generales consecutivas y la secretaría general del PSOE no puede ser un chiquilicuatre", comenta un diputado socialista crítico que no le votó hace diez años, en la creencia errónea de que el diputado por León no tenía recorrido político. Pueden, pues, condenarle, si les parece, pero no le den por derrotado de antemano. Zapatero es un atleta de la política apasionado de su trabajo que, sin experiencia de gestión previa, ha logrado cumplir su sueño juvenil de dirigir el PSOE y presidir el Gobierno de España. "Gana quien llega al final, no quien se queda por el camino" es una de sus frases preferidas. Dice que no cree en la baraka que le atribuye su padre. "Yo no fío nada a la suerte. Lo que hago es trabajar mucho", subraya.

"Antes de ser elegido secretario general, José Luis ya había ejercido el poder dentro del PSOE leonés y probado su capacidad para mantenerse en el caballo sin caerse", explica José Andrés Torres Mora, en respuesta a quienes piensan que la gestión de Zapatero ha acusado su falta de experiencia. El diputado antes aludido piensa que ser "número uno", aunque sea en el reducido ámbito leonés, ya le enseñó a Zapatero "cómo trata la gente al jefe, cómo le miran y qué esperan de él".

El tiempo ha demostrado lo acertado del juicio que emitieron en su día algunos de los correligionarios leoneses del líder socialista: "Sabe pactar para conseguir el poder, lo lleva en la sangre. Saca partido de las debilidades y virtudes de la gente que tiene alrededor". Jugador de ajedrez con mentalidad de yudoca, Rodríguez Zapatero estudia minuciosamente al adversario y aplica sus habilidades tácticas a la tarea de aprovechar la fuerza de sus contrarios. Tiene una visión panorámica y planificada de la política con estrategias a corto y largo plazo.

Admitido que el temperamento y la personalidad rara vez cambian a una edad adulta (el presidente cumple 50 años el 4 de agosto), resulta sorprendente la continuidad metodológica y estilística del político que a los 29 años llegó a ser número uno del PSOE leonés; a los 40, secretario general del PSOE, y a los 44, presidente del Gobierno. "Sigue siendo el mismo, continúa con el mismo móvil y conserva más o menos sus relaciones anteriores. Es reservado y oculta sus debilidades, suponiendo que las tenga", dice la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez. "ZP no es rencoroso, pero raramente olvida un agravio, un feo, un desplante. Los deja pasar, pero los tiene en cuenta", apunta un antiguo colaborador suyo. Hay unanimidad en el convencimiento de que no ha cambiado gran cosa en esta década. El mismo político afable y atento -"austero en la administración de los sentimientos", que dice el ex ministro Jesús Caldera-, el temperamento frío, equilibrado, de quien nunca levanta la voz porque piensa que perder los nervios no sirve para nada.

A decir de sus colaboradores, el inquilino de La Moncloa "es una esponja de memoria fotográfica que absorbe lo que lee, ve y escucha". Esa capacidad de asimilación -"sintetiza las ideas que le resultan interesantes y las hace suyas"- es lo que, en opinión del ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, permite a Zapatero ganar a Rajoy en las segundas partes de las réplicas parlamentarias.

Si en 1989 se aupó a la secretaría provincial del PSOE leonés gracias a su inesperado pacto con una de las corrientes internas más alejadas de sus posiciones políticas, 11 años más tarde alcanzó la secretaría general en el 35º Congreso del PSOE por medio de una alambicada cadena de alianzas que sumó a su favor votos guerristas y del PSC. "Nos habríamos ahorrado bastantes problemas si Alfonso Guerra no le hubiera entregado sus 30 o 40 votos", declara hoy un muy desencantado Joaquín Leguina, ex presidente de la Comunidad de Madrid.

Desconocido como era en los altos círculos socialistas, Rodríguez Zapatero ganó contra el poderoso aparato del partido que apoyaba la candidatura de José Bono y frente a otros aspirantes como Matilde Fernández y Rosa Díez, en un momento en el que la autoestima socialista estaba por los suelos. "Supo aprovechar la orfandad del partido. Sentíamos la necesidad de abrir una nueva etapa y pusimos nuestra mirada en José Luis por su frescura, su capacidad de generar empatías y sus dotes de liderazgo. Además, cuando hablaba, que hablaba poco, nos demostraba que conocía el partido como nadie", dice el ministro de Fomento, José Blanco.

Pocos de sus críticos socialistas le niegan el mérito de haber abierto en el PSOE una etapa de renovación necesaria y articulado un discurso modernizador, distanciado del colectivismo clásico de la izquierda, impregnado de la idea de fortalecer los derechos de la ciudadanía y acotar el peso de los poderes económicos y mediáticos. Por contraste con el estilo que había ido adoptando su predecesor en La Moncloa, la llegada del "talante" dialogante y plural de Zapatero, el primer líder político masculino feminista español, fue percibida por buena parte de la sociedad como una bocanada de aire fresco. Su pacto antiterrorista con Aznar en septiembre de 2000 le permitió, además, postularse como hombre de Estado y opositor responsable, pese a que su primera andadura al frente del PSOE no fue el paseo triunfal de los últimos años.

"Eran otros tiempos. Entonces la gente hablaba y decía lo que pensaba en el Comité Federal, porque los representantes territoriales eran elegidos por sus bases, mientras que ahora son delegados del partido que deben su cargo al secretario general; todo se dirige desde Madrid", asegura Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Al antiguo líder extremeño le preocupa que en las altas instancias del partido se instale el silencio, el hábito acomodaticio de no discutir, no debatir, no llevar la contraria al jefe por aquello de no arruinar las opciones a un buen cargo.

José Andrés Torres Mora pinta un cuadro diferente de las reuniones de la ejecutiva socialista. "Zapatero acude puntualmente a la cita y no se cansa de escuchar y tomar nota, pese a que sus intervenciones son siempre las mejores con gran diferencia. Es limpio, ordenado, valiente, un gran dirigente honesto y sensato".

-Presidente, ¿cree que ha armonizado correctamente su doble condición de secretario general del PSOE y presidente de España? ¿Cómo ha gestionado esas lealtades?

-En las grandes cuestiones, que no son muchas, solo piensas en tus responsabilidades de gobierno. En los asuntos menos importantes trato de compaginar esas lealtades.

-¿Cómo explica que los ciudadanos piensen que la clase política es uno de los grandes problemas del país?

-Por la crisis económica y porque la confrontación política es, efectivamente, muy agria. Yo también creo que los políticos deberíamos estar a la altura de una sociedad tolerante como la española.

-¿Y qué me dice de esa opinión generalizada de que los intereses de los políticos no se corresponden con los intereses generales?

-No me parece una percepción justa. Hay poderes que pretenden ocupar el poder de la política, que es el único legitimado por el voto ciudadano.

-No me refiero a los políticos individualmente, sino a los grandes aparatos de los partidos convertidos en maquinarias de poder.

-Los políticos y los partidos somos expresión de la sociedad.

Dicen los historiadores del PSOE que nunca hubo un secretario general con tanto poder y menos contestación interna. La pregunta es si ZP padece el "síndrome de La Moncloa", esa tendencia a la megalomanía y al aislamiento que, por lo visto, lleva a alejarse de la realidad y a pensar que la gente no aprecia suficientemente los desvelos y méritos del líder. Que se sepa, el presidente no tiene un Pepito Grillo -como no ejerza de tal su mujer, Sonsoles, que, según dicen quienes tratan a la pareja, es también su amiga-, ni cuenta con el esclavo que les susurraba a los generales romanos en los desfiles de la victoria: "Recuerda que eres mortal".

Pese a los sondeos de popularidad y los vientos gélidos que soplan por la economía nacional, Zapatero no cree que esté quedándose solo. "No tengo una sensación de soledad. Soy un presidente comunicativo que habla mucho con los ministros y los dirigentes del partido. Y hablando de soledad, he tenido durante estos años la gran satisfacción de contar con el concurso del Rey, no solo en el plano político, sino también en el personal. Ha sido muy importante para mí, le tengo un gran reconocimiento".

No puede decirse que Rodríguez Zapatero esté ajeno a la realidad; no, desde luego, a la realidad publicada. Analiza detenidamente las encuestas y se desayuna con la ración diaria de sapos y culebras que le trae la prensa. Como cabe pensar de un político que cuida tanto su imagen y su lenguaje corporal, el presidente presta gran atención a los medios de comunicación. Suyo es el mérito de haber puesto fin a la utilización sectaria progubernamental de TVE y haber posibilitado unos informativos razonablemente plurales. Nadie puede negarle tampoco su decidida apuesta presupuestaria por el I+D+i, que acabó con lustros de inhibición gubernamental. Según algunos de sus colaboradores, el círculo de máxima confianza del presidente estaría formado por el ex secretario de las Juventudes Socialistas y ahora consejero de Telefónica, Javier de Paz; José Miguel Vidal, primo de Zapatero; los ministros Alfredo Pérez Rubalcaba, José Blanco y Miguel Sebastián; el portavoz parlamentario del PSOE, José Antonio Alonso, y el secretario general de UGT, Cándido Méndez, ahora irritado por las medidas de ajuste. Es un listado que Zapatero amplía enormemente hasta incluir en él a la práctica totalidad de su Gobierno y a su gabinete de La Moncloa.

Dadas las dificultades para articular un proyecto de izquierda, dificultades comunes al conjunto del socialismo europeo, ZP ha cultivado la adhesión de un electorado que apoya el matrimonio homosexual, la memoria histórica..., al tiempo que ampliaba los derechos sociales y subía las pensiones y el salario mínimo, la última vez ya contra el criterio de su entonces ministro de Economía, Pedro Solbes, partidario de un mayor y mejor ahorro por lo que pudiera venir.

"Lo que mejor caracteriza al presidente es su vocación de poder. Supedita todo al supremo objetivo de ganar las elecciones", asegura un antiguo colaborador del jefe del Gobierno que prefiere no ser identificado. Según él, Zapatero aplica las teorías de George Lakoff, profesor de lingüística de la Universidad de California, sobre la utilidad de tener en cuenta la inteligencia emocional bastante más que las del "republicanismo cívico" de Philip Pettit, su teórico pensador de cabecera. "El presidente conoce la importancia del voto sentimental y lo busca aunque las ganancias de estas políticas, caso de la memoria histórica, no tienen por qué ser las del país", afirma. "Trata de situar simbólicamente a la derecha en el pasado franquista y de recabar la adhesión emocional, identitaria, de gentes de izquierda que, racionalmente, podrían llegar a pensar que es un mal presidente". Según eso, Zapatero sería un político calculador que ha hecho de su habilidad para ocupar la escena política, sacar al adversario fuera del tatami y ganar elecciones su principal activo político. El que fuera primer presidente de la Federación Socialista de Madrid, Joaquín Leguina, le reprocha haber copiado de Aznar el "defecto de hacer oposición a la oposición".

Sin llegar al grado de "encantador de serpientes" adjudicado en su día a Felipe González, el presidente puntúa también alto en la escala de la seducción. "Te hace ver que eres la persona más importante, se interesa por tus asuntos personales y centra la atención en ti", señala la ministra Trinidad Jiménez. "Te puede cesar de ministro y lograr que te vayas contento por contribuir al bien de España", dice, a su vez, un político que habla con pleno conocimiento de causa.

En cuanto ocupó su despacho de Ferraz, ZP empezó a desmontar el aparato, deshizo los equipos anteriores y se puso a volar solo, fuera de la tutela de la vieja guardia del partido. "Estaba en su derecho. El problema es que no ha querido rodearse de los mejores. Debería haber escuchado más antes de tomar decisiones trascendentes. No ha manejado bien el inmenso poder que tenía", sostiene un diputado socialista. No es una opinión marginal. "Ha creado a su alrededor un gran vacío de poder, no ha hecho equipos, sino gente que ejecuta sus instrucciones. Con su móvil, que no lo suelta por nada, ejerce de centro radial de las comunicaciones de forma que todas las relaciones pasan por él. Eso impide hacer equipo", indica un antiguo colaborador del presidente. "Da bastante autonomía a los ministros; a veces no sabes si lo estás haciendo bien o mal, porque no te echa la bronca cuando algo le disgusta. Él procura seguir una línea persuasiva", dice Jesús Caldera, anterior titular de Trabajo.

Visto lo visto, muchos socialistas reprochan a su secretario general que haya prescindido de los criterios de economistas de la solvencia profesional de Pedro Solbes, Joaquín Almunia, Carlos Solchaga o Miguel Ángel Fernández Ordóñez -aunque aceptó el nombramiento de este último como gobernador del Banco de España. Y, con razón o sin ella, no pocos socialistas ponen el acento en el contrapunto que supuso la aparente fascinación de Zapatero por Miguel Sebastián, el actual ministro de Industria, a quien Zapatero presentó durante un tiempo como "el mejor economista de España" y "una persona de grandes ideas".

Pretender que los ministros hagan en los tiempos que corren una disección crítica y objetiva de la actuación del jefe de Gobierno resulta, por supuesto, ilusorio, aunque, a base de insistir, se consiga que no todas las palabras vayan fatalmente destinadas a engordar la catarata de elogios a la figura de Zapatero. Ante el empeño del periodista, el ministro Blanco se estira hasta señalar que puede que el presidente "sea en ocasiones demasiado confiado y adolezca de falta de picardía para ver cuándo la información es interesada y cuándo no". Y, confrontado al argumento de que no puede haber nadie perfecto, tampoco Zapatero, el ministro Corbacho llega a indicar que "es posible que a veces peque de exceso de confianza".

-"¿Qué ha aprendido en estos años de Gobierno?".

-"Que hay que hacer análisis con las luces largas y que no te puedes atar a las cosas coyunturales", responde con celeridad, como si esperara la pregunta.

-El otro día dijo usted en el Congreso que aplicaría las medidas necesarias para salir de la crisis, le costara lo que le costara. ¿De dónde sale esa determinación? ¿La situación es alarmante?

-La situación es mala, pero ya no muy mala. Dije "me cueste lo que me cueste" porque sé muy bien que las medidas que he adoptado son impopulares, así de claro. Voy a aplicar esas medidas y a mantenerlas. Tengo que ser responsable y ejercer de presidente en lo bueno y en lo malo. Lo haré por encima de mis aspiraciones políticas de futuro. Y que nadie dude de que si hay que adoptar nuevas medidas, las adoptaré.

-¿También si conduce a su partido a la debacle?

-Quiero que se diga que mi partido hizo lo que había que hacer por el bien de España.

-¿Cómo le gustaría pasar a la historia de España?

-Como el presidente que, además de hacer frente a la crisis, transformó la economía y llevó a cabo la tercera gran transición económica de la democracia, que completó a las que se llevaron a cabo en los ochenta y noventa. Con las reformas que hemos emprendido debemos generar una espiral económica positiva cuanto antes. Quiero que esta legislatura sea la de la transformación económica. La habríamos hecho en cinco o seis años, pero ahora con la crisis estamos obligados a hacerla en un año. Somos lo que somos como país y debemos ser conscientes de que lo hemos hecho bien hasta ahora en la democracia. Lo que necesitamos es confianza en nosotros mismos como país. La sociedad española siempre ha dado lo mejor de sí en las situaciones de máxima dificultad.

-Supongo que no ha renunciado a ser reelegido.

-Permítame que me reserve esa decisión.

Puede que la palabra audacia, en las variables interpretativas de valentía o temeridad, sea la que mejor defina el comportamiento político de este presidente que sacó las tropas de Irak, negoció con ETA y avaló una ambiciosa reforma estatutaria, convencido de que con ella conseguiría que cuajara la España autonómica. Pocos entre los suyos le niegan intuición, olfato e impronta ganadora. La cuestión es si esa acusada autoconfianza de Zapatero no ha sido contraproducente al abordar los asuntos de máxima trascendencia.

Independientemente de los efectos que el llamado "proceso de paz" haya podido producir en las filas de ETA y Batasuna, parece claro que Rodríguez Zapatero erró en su diagnóstico sobre la voluntad de la banda terrorista y en la valoración de la calidad de las informaciones que manejaba. "Fiaros de mí, que tengo todos los datos y sé lo que me hago", repitió durante meses. De todas formas, muchos dirigentes socialistas, incluso algunos de los que piensan que en las negociaciones de Loyola "se fue demasiado lejos y se habló de lo que no se debía", elogian la "valentía" de Zapatero, convencidos de que el tiempo sacará a relucir el efecto positivo del proceso.

José María Fidalgo, entonces secretario general de CC OO, recuerda que en octubre de 2005, 14 meses antes de la bomba en la T-4 de Barajas, el presidente anunció a los representantes de los sindicatos y de la patronal que antes de esas navidades iba a acabar con ETA y que ese triunfo le aseguraría la reelección dos legislaturas más. "Tengo la impresión", dice, "de que es un político tacticista con una visión ligera de la economía y una confianza enorme en la voluntad política y el poder de la ley. Al poco de iniciarse la primera legislatura, nos anunció que iba acabar con la temporalidad laboral, tal cual. Como nos vio desconcertados, nos pidió confianza en él: '¿No habéis visto que he traído las tropas de Irak?'. Al parecer, pensaba que se podía acabar con la temporalidad por decreto. Menos mal que Caldera conocía un informe nuestro de 200 páginas sobre el problema y sabía de su complejidad".

El anterior secretario de CC OO detecta también un punto de adanismo (hábito de comenzar una actividad como si nadie la hubiera ejercido anteriormente) en la decisión de ZP de "reabrir sin mayor consenso el Estado autonómico". En la memoria de muchos socialistas ha quedado la impresión de que Pasqual Maragall engañó a Rodríguez Zapatero con la negociación del proyecto estatutario. "Si Zapatero dijo aquello de que aprobaríamos el estatuto que saliera de Cataluña fue porque confiaba en que Maragall respetaría el acuerdo sobre el alcance competencial al que los socialistas habíamos llegado en Santillana del Mar. Lo que pasa es que Maragall no actuó lealmente", subraya Juan Carlos Rodríguez Ibarra. El presidente se mostraba entonces plenamente confiado en su capacidad de persuasión. "No os preocupéis, que yo convenceré a Pasqual", repetía. Hoy son muchos los socialistas preocupados porque el "esfuerzo de generosidad hecho con Cataluña no ha mejorado la relación de esa comunidad con el resto de España", pero si Zapatero sobrevivió políticamente a la bomba de Barajas podría también sobrevivir al desenlace del estatuto catalán. Nadie en su partido se plantea hoy por hoy la alternativa. "La única alternativa a ZP es ZP. Sigue siendo nuestro mejor activo", subraya el ministro Corbacho.

-Presidente, ¿puede indicarme dos aciertos claves de su mandato?

-Haber sacado las tropas de Irak y...

-¿Incluso con la precipitación con que se hizo?

-Fue un gran triunfo de la voluntad democrática. Si hubiese esperado, no habríamos podido hacerlo.

-¿Por las presiones?

-Sí. El segundo acierto, aunque sea arriesgado decirlo, fue el proceso de paz. Tengo la convicción de que ahí se sembró una solución definitiva. Tengo esa confianza.

-¿Y dos errores de su gestión?

-Cuando la víspera de la bomba en la T-4 dije que estábamos mejor que un año antes y el haber estado demasiado tiempo en el debate de si teníamos una crisis o una desaceleración. No son dos errores menores y es importante que se conozcan públicamente. Yo he aprendido de ellos.

-¿Qué más ha aprendido?

-Los límites objetivos de la acción de gobierno. Asuntos que parecían de difícil aplicación han resultado fáciles, y al revés. El del matrimonio homosexual ha resultado fácil, todo un éxito, mientras que otros, como la capacidad de intervención del Gobierno en la economía libre de mercado, se han revelado lo más difícil.

-¿Se ha sentido impotente ante la economía?

-Más que impotencia..., es que los acontecimientos en la economía globalizada se producen con gran celeridad, mientras que los Gobiernos no somos tan flexibles y tenemos que responder a las reglas democráticas.

Todo hace suponer que la crisis económica será el auténtico banco de pruebas del presidente, el listón con el que le medirá la historia. Zapatero desoyó las tesis que anunciaban una crisis larga y profunda y se instaló en la teoría del "rebote" que pronosticaba una crisis de seis meses con caída y recuperación muy rápida. "Los del sindicato le dijimos que esa teoría no tenía en cuenta nuestra burbuja inmobiliaria y que la crisis iba a acarrear en nuestro país el cierre de fábricas de puertas, cristales, piezas de carpintería... En mayo de 2008 estábamos tan alarmados por lo que se nos venía encima que los de CC OO propusimos un plan de ajuste de caballo con congelación salarial incluida. Luego, cuando nos convocaron a la mesa del diálogo social, estuvimos un mes entero negociando la declaración porque ellos no querían poner en el papel la palabra crisis", dice José María Fidalgo. Negar la crisis, primero, y anunciar sin base la vuelta al crecimiento, después, solo sirvió para retrasar las medidas a adoptar.

"A lo largo de esta década se ha perfeccionado profesionalmente como político", sostiene Torres Mora. "Ha comprobado la dureza de la política española", indica Caldera. La ministra Trinidad Jiménez y otros muchos socialistas no creen que se le haya acabado la racha ganadora contra el PP de Mariano Rajoy, pero parece evidente que para revalidar el título dentro de dos años el presidente deberá cargar sobre sus espaldas la roca de la crisis y subirla a la cota del crecimiento económico que España necesita imperiosamente para atajar el drama masivo del paro.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de julio de 2010