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Crítica:Mar Muerto | LIBROS / Narrativa

Tragar sapos

La extensa e incentiva obra crítica de José María Ridao ha solapado en la última década su no menos aguijadora veta novelística. Desde El mundo a media voz, que reseñé en estas mismas páginas, a Mar Muerto han transcurrido casi diez años. El lector habituado a esos mamotretos de centenares de páginas que imitan sin el menor asomo de parodia las novelas góticas o de aventuras del siglo XIX y se convierten casi automáticamente en efímeros pero rentables best sellers se llevará según los casos, antes de abrir el libro, una decepción o agradable sorpresa. Un lapso de silencio tan largo no ha producido un novelón sino una obra breve, elaborada, eso sí, con el cuidado y precisión de un orfebre. Ningún detalle, ninguna alusión o referencia son fruto del azar. Todos encajan en la estructura de la novela y su reiteración nos pone en la pista de lo sustraído deliberadamente a las miradas. El sapo mencionado en el inicio de la obra reaparecerá al final de esta y nos dará la clave del destino que une a los dos protagonistas del libro.

Mar Muerto

José María Ridao

Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores

Barcelona, 2010. 160 páginas. 18 euros

Nada de relato lineal, de diálogos gastados hasta la trama, de personajes de una pieza fáciles de identificar. Las voces que escuchamos se alternan a lo largo del hilo narrativo y nos obligan a ponerles un nombre. Los escenarios también cambian: de "la ciudad de los errores" de Martín pasamos al decorado austero y pétreo de un anticuado balneario a orillas del mar Muerto. ¿Qué relación existe entre ambos? El autor no nos lo dice y lo descubrimos poco a poco a través de la memoria obsesiva de Martín y de Valeria en ese remolino de recuerdos cuyo vórtice se halla en la fiesta ofrecida en el viejo caserón familiar por aquel y su hermano gemelo veinte años atrás, fiesta en la que convergen todos los protagonistas del libro: Martín y su gemelo Ernesto, Valeria, Balboa, el jardinero sordo. Como en el caso de Calisto en La Celestina, el entorno inmediato, el de los padres que construyeron aquel caserón condenado a la piqueta, no es mencionado siquiera. Su ocultación deliberada es uno de los enigmas irresueltos del libro.

Hay un antes y un después de aquella fiesta que cambiará radicalmente la vida de los protagonistas y los dispersará como insectos de un destruido hormiguero. El reencuentro años después de Martín y Valeria; la evocación del fallecimiento del padre de esta -su recuerdo infantil de la carta de pésame recibida el mismo día que abandonan el bello apartamento de la Rue Pergolese y de la mudanza de la viuda y su prole del París aristócrata a la inhóspita España del franquismo- se introduce paulatinamente en el relato como contrapunto a la fiesta en el caserón y a la pelea de los gemelos. El sapo, el enorme sapo aplastado con una pala por Ernesto en el césped del jardín la noche de la fiesta marcará el fin de una época, el paso de los antiguos a los nuevos errores: encierro de Ernesto en un psiquiátrico, muerte del jardinero, venta del caserón. Si Martín arrastra a Valeria a la ciudad en la que malgastó su juventud, esta le llevará a orillas del mar Muerto en su busca del autor de la carta de pésame enviada a la familia por un tal señor Halimi. El pasado que les persigue y les une se aclarará al fin. El lector lo descubrirá al final de la obra.

Quienes apuestan por el texto literario en contraposición al producto editorial leerán Mar Muerto tal y como debe hacerse con el primero: como un recorrido por un paraje desconocido que les obliga a rastrear el terreno conforme avanzan en su lectura. El ritmo de las frases, su cuidada alternancia o su reiteración revelan la existencia del prosista, lector atento no solo de Joyce sino también de Azaña. Mar Muerto, como Mate jaque de Javier Pastor, La soledad de las vocales de José María Pérez Álvarez o Providence de Juan Francisco Ferré, por citar solo unos pocos ejemplos, confirma la existencia de un núcleo de autores jóvenes que, en la estela de Julián Ríos, Nuria Amat o Antonio Pérez Ramos, resisten heroicamente a la peor de las censuras: la del omnímodo y depredador mercado que avasalla la mente del lector y le convierte en mero consumidor de una mercancía caduca.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de junio de 2010