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COLUMNA

La otra modernización

Los problemas demográficos, las cuestiones gravísimas de conservación del territorio, la necesidad de estimular e invertir en el presente y en el futuro de la sociedad y las industrias de la información, la sensibilización y estimulación de todo lo relativo a nuestra historia y nuestra identidad como pueblo, son cosas necesarias para plantear seriamente nuestra sobrevivencia como comunidad, siendo esto último algo estrictamente necesario para un no menos necesario segundo proceso de modernización, más allá de la primera, torpe, tardía, frustrada y escasa modernidad que nos tocó soportar, guerra civil por medio.

Para una segunda modernización eficiente es preciso un esfuerzo de cohesión interior y de sentimiento efectivo de comunidad, como nos dicen muchos especialistas de estos procesos, y para ello necesitamos, entre otras cosas, nuestra lengua y el orgullo de hablarla. Sólo los países conscientes de serlo y capaces de actuar eventualmente como una entidad cohesionada pueden tener un proceso pleno y eficaz de modernización simbólica, económica, social y política, al menos.

Los que más nos atacan si defendemos nuestra dignidad son implacables para conservar lo suyo

Fue precisamente la ausencia suficiente de un sentimiento de esa clase lo que hizo casi imposible, en el conjunto del Reino de España, un proceso satisfactorio, interclasista y abierto de modernización que unificara la voluntad colectiva hacia un fin aceptable por todos. La alternativa era el golpe de estado, la confrontación civil y la destrucción. Y así se hizo: fue una modernización dolorosa, melancólica, insuficiente, pretoriana y militarizada, con consecuencias de poca monta económica, política y social. Una modernización de mínimos. Supuso, en parte, la eliminación de la burguesía más dinámica y de los mejores cuadros gestores del Estado, curtidos en la lucha contra las fuerzas más retrógradas de aquella República que no pudo frenar los procesos reactivos de aquellas gentes del pasado. Era, en parte, el modelo autoritario de modernización que impusieron los que podían hacerlo ante los profundos desajustes sociales, la amenaza revolucionaria y la necesidad de no perder el control social. Sobre hechos no siempre reales, pero siempre mal diagnosticados y mal interpretados, se diseñaron estrategias fundadas en fantasías y delirios.

La ausencia de esa sentimiento comunitario contribuye a diluir las energías colectivas, a hacer más difuso cualquier proyecto, y a echarse en manos de aquellos que de alguna forma nos van a disolver como pueblo, por razones económicas y/o políticas.

Cuando yo defiendo la lengua propia de Galicia de aquellos cuya ceguera sociológica y económica les impide ver más allá de si mismos, no estoy ejecutando una rara danza romántica para guardar en gaseosa los restos del Apóstol -me refiero a O Roxo, el habitante de la cripta- junto con las viejas vocales perdidas de la vieja lengua y el brazo incorrupto de Prisciliano, una zanfona carcomida, el casco guerrero de los celtas, una momia de legionario romano y un suevo enterrado con sus caballos y pendones.

No se trata de eso, o sólo de eso: con la lengua puede irse nuestro penúltimo vestigio comunitario, y con él nuestra penúltimas energías modernizadoras. Después, con la población demográficamente jibarizada, el territorio maltratado, la economía ineficiente y la lengua desaparecida, sólo nos queda servir a otros, volver a irnos, cementar la costa en su totalidad, y quemar los montes hasta la desertización. Algo de esto estaba ocurriendo ya, no anuncio ninguna novedad, lamentablemente.

La segunda y eficiente modernidad ha de venir de la mano de la recuperación del sentimiento de comunidad y de la dignidad de la lengua propia. Y también de la afirmación, a través de nuestra plena autoaceptación cultural y simbólica, de nuestra existencia económica, política y social. A esto me refiero y en eso pienso cuando hablo de la lengua.

Hay un esfuerzo activo en los partidos políticos más visibles, con representación parlamentaria, y en los sindicatos y en otras organizaciones cívicas, por llenar ese vacío simbólico, y se han puesto, más que nunca, a defender el país en ese terreno, aunque quizá unos han tardado mucho en ponerse a ello, y otros no han ido con la suficiente eficiencia. Pero esos reproches ya no sirven para mucho: ahora están funcionando y hay que ayudarles a ello. Por eso es particularmente extraño que el PP, rompiendo consigo mismo y su historia, se salga de esa línea de lucha, rompa el consenso de fondo sobre Galicia y elabore un decreto tan contrario a todo ello como el ya mareante decreto sobre la lengua y no sé cuántas cosas más.

Podría pensarse (lo piensa así, probablemente, un porcentaje entre el 20% y el 25% de la población mayor de edad de Galicia) que hay que centrar los esfuerzos en otras cosas, y que una lengua, unas costas, un suelo, etc., no valen como elementos de modernidad, al contrario, lo moderno es, sin matices, el cemento y las lenguas no propias.

Creo que un conjunto de prejuicios adquiridos en ese pésimo primer proceso de modernización que hemos ido soportando, reforzados más tarde con políticas de olvido y tierra quemada, están en la base de esa terrible pero real renuncia a nosotros mismos. Los que más nos atacan cuando nos ponemos a la faena de la dignidad, son implacables en la conservación de lo suyo: saben que es necesario. Nosotros todavía no hemos acabado de aprenderlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de junio de 2010