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viernes, 25 de junio de 2010
Crítica:

Ópera contra celuloide

El cine, considerado como el compendio de todas las artes, sigue sin dar solución a la narrativa y a la visualización de la ópera. A pesar de su fama, tampoco lo lograron Ingmar Bergman en La flauta mágica (1975), ópera televisada, y Joseph Losey con Don Giovanni (1979), en la que sonido e imagen eran mundos inconexos.

El lenguaje cinematográfico parece enfrentado a las virtudes de la ópera (la inimitable resonancia de un teatro, la cercanía, la imprevisibilidad, la emoción), de modo que solo la fusión colateral, como apoyo dramático y formal, ha dado frutos (piensen en el desenlace de El padrino III y el complemento de Cavalleria rusticana). Carlos Saura lo intenta con Io, Don Giovanni, otro más de sus esteticistas musicales, y también fracasa. Apoyado para la parte no musical en la figura de Lorenzo da Ponte, libretista de tres de las óperas de Mozart (las cantadas en italiano), y con este, con Salieri y hasta con Giacomo Casanova como protagonistas, Saura divide su película en dos partes.

IO, DON GIOVANNI

Dirección: Carlos Saura.

Intérpretes: Lorenzo Balducci, Lino Guanciale, Emilia Verginelli.

Género: drama musical. España, Italia, 2010.

Duración: 123 minutos.

En la primera se propone contar una historia (escrita con desgana e interpretada con envaramiento) que, llegada la segunda parte, la de los ensayos y la representación de la ópera en sí, se olvida tan pronto que parece eliminable. En la segunda parte, queda la fuerza de la música de Wolfgang Amadeus Mozart, pero, claro, eso no es cine, es ópera filmada.

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