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Tribuna:

La izquierda europea, en retirada

El mismo día que José Luis Rodríguez Zapatero anunciaba su plan de austeridad, David Cameron y Nick Clegg ultimaban su acuerdo de gobierno para desalojar a los laboristas británicos del poder. Mientras Zapatero renunciaba a sus principios socialdemócratas, que le llevaron a proclamar una y otra vez que nunca recortaría los todavía modestos gastos sociales españoles, la derrota de Gordon Brown inclinaba aún más la balanza europea a favor de los conservadores.

De hecho, tras la victoria de Cameron, ya no queda ningún gran país europeo gobernado por la izquierda, ni siquiera en coalición, como fue el caso de Alemania hasta el otoño pasado. El cómputo global, a la espera de las coaliciones que se formen en Bélgica y Holanda, es elocuente: solo siete de los 27 ejecutivos nacionales de la UE están gestionados por Gobiernos socialdemócratas. En el otro lado de la balanza suman 15 los países gobernados por la derecha y un grupo residual de cinco en manos de partidos de centro o liberales.

Los ajustes son un retroceso en la política social. La debilidad de la izquierda le impide defenderla

El retroceso de la izquierda europea es dramático, y no solo en términos cuantitativos. A ese exiguo club de los siete pertenecen Grecia, Portugal y España, tres países especialmente vapuleados por la crisis y los movimientos especulativos de capitales. Los tres se disponen a acometer -presionados por las adversas circunstancias, pero también por el resto de sus socios europeos- drásticos recortes del gasto público que van a afectar fundamentalmente a los funcionarios y a los pensionistas.

Es probable que las draconianas medidas de ajuste para intentar sanear las finanzas estatales les terminen pasando factura a los tres Gobiernos. La mayor cercanía de la próxima cita electoral en el caso español agrava la situación para los socialistas españoles, cuyas medidas de ajuste les han supuesto ya importantísimos castigos en las encuestas. La izquierda ganó las elecciones en otoño pasado en Portugal y Grecia, pero Sócrates ya ha sufrido una moción de censura y Papandreu ha afrontado seis huelgas generales, además de graves disturbios que se han cobrado vidas humanas. A todos ellos se les acusa de penalizar a los que menos tienen y desoír otras voces que aconsejan recetas distintas o menos complacientes con la banca y los grandes capitales.

Estos mandatarios socialistas gobiernan en Europa en una incómoda minoría, pues al retroceso interno de la izquierda en los Estados se suma el resultado de las últimas elecciones europeas, que han dado paso en Bruselas a líderes conservadores como el presidente estable de la UE, Herman Van Rompuy; el presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso (revalidado en su puesto); el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, y el presidente del Parlamento Europeo, Jerzy Buzek, entre otros.

De poco sirve que los socialistas en la oposición clamen contra las recetas neoliberales (o su excesivo peso en los planes de ajuste) para atajar la crisis si los que están en el poder se rinden sin condiciones a las mismas. En una entrevista concedida a EL PAÍS, la secretaria del Partido Socialista francés, Martine Aubry, describía el Ecofin del 9 de mayo -en que se decidió instituir un fondo de rescate europeo y se urgió a países como España a que redujeran su déficit cuanto antes- como un espectáculo desagradable. "Era un grupo de dirigentes europeos encerrados un domingo por la tarde para cerrar un pacto antes de que abriera la Bolsa", decía. "Da la impresión de que para salvar a los pueblos nunca hay acuerdo, pero para salvar a las bolsas, sí". Su correligionario en el poder, Rodríguez Zapatero, mientras tanto, ya había congelado el proyecto europeo de regular los fondos especulativos a petición de Brown y presentaba después de aquel Ecofin un programa de recortes que, al menos de momento, deja fuera un aumento de impuestos a las grandes fortunas y desecha la recuperación del impuesto de patrimonio. El próximo paso contendrá, previsiblemente, un abaratamiento de los despidos.

La izquierda europea está siendo barrida del mapa. Bien por derrota electoral, bien por claudicación de los gobernantes que aún quedan en pie. Y así es como, en lo económico, se impone el pensamiento único, el que dictan esos entes llamados "mercados" y que imponen sin titubeos los políticos conservadores. Son líderes estos últimos que, para colmo, se permiten el lujo de apropiarse del discurso progresista y lanzar paquetes de austeridad que combinan esas medidas que los de la izquierda parecen no atreverse a defender, como la regulación de los fondos especulativos, nuevos impuestos a la banca o gravámenes extra a los rendimientos de capital. Es el mundo al revés. Basta ver cómo en España el PP se proclama el Partido de los Trabajadores.

Hace una década, la UE hizo sus deberes relativos a la liberación de los servicios, la privatización de las empresas públicas y el lanzamiento de la moneda única. Se olvidó por el camino de aquella llamada Agenda de Lisboa, que pretendía aumentar la competitividad y alcanzar el pleno empleo para este año. Con esta crisis, son objetivos difíciles de cumplir que vuelven a quedar para mejor ocasión. Los planes de ajuste, tal como se están planteando ahora, no solo alejan aún más esas metas, sino que suponen un alarmante retroceso de las políticas sociales que definen a Europa. Y la izquierda europea da un paso atrás justo cuando más se la necesitaba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de junio de 2010