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martes, 1 de junio de 2010

Mercado en el Retiro

Algunos medios de información señalaban en estos días la semejanza en sus cometidos de nuestra Feria del Libro -Feria del Libro en Madrid más que Feria de Madrid- a la fiesta del libro en la calle del Sant Jordi barcelonés. Sin embargo, con tener Sant Jordi un encanto inimitable por su espontaneidad y su alegría, no busca en sus objetivos ni en sus dimensiones, añadida su cada vez más intensa concentración en el libro catalán, el alcance estatal que la Feria del Retiro ha venido ganando a lo largo de los años. No es este el año más alegre para nadie, y no lo es, por supuesto, para los editores, libreros y distribuidores que van a la feria a trabajar. Tampoco para los lectores que acuden a disfrutarla y cuyos bolsillos menguados pueden ser la amenaza más cierta para el éxito de la Feria. Porque una Feria es, sobre todo, un mercado. La palabra mercado en el negocio de las sensibilidades, y el de los libros lo es, o al menos el de los mejores libros, resulta a veces incómoda, pero tiene aquí el valor de las antiguas recovas y no el sentido casi teológico que la palabra mercado nos impone ahora desde el temor a ese dios del capitalismo financiero que decide nuestros destinos y reduce drásticamente la importancia de nuestro voto en las urnas. Las ferias del libro, que con la aparición del libro electrónico serán en poco tiempo otra cosa, conservan algo del espíritu de los antiguos mercadillos, pero ni los viejos ni los antiguos feriantes son indiferentes al negocio. Tampoco el libro es un objeto sagrado, aunque lo que a veces contenga pueda serlo más o menos, y además lo sagrado se somete también a la compra y venta, de modo que hay gente que gana vida y placer con los libros, y estos son los clientes, y gente que gana dinero con los libros, los que los hacen y venden. Tanto es así que no faltan quienes se han hecho ricos con los libros ni, como ha sucedido siempre en los negocios, los que se han arruinado con ellos.

La tarea creadora es muy solitaria y la Feria les da a los escritores la oportunidad del agasajo

Pero el mercado del libro no es solo un indicador económico, es también un termómetro cultural. Ninguna feria de libros se hace solo con libros, como es obvio; se hace también con autores y con libreros. Y, por supuesto con lectores. Los lectores son muy diversos: unos buscan emoción, otros diversión y algunos catequesis. En todo caso, el único que en la Feria en lugar de recibir dinero lo pone es el lector, y lo pone por gusto, con lo cual además del descuentillo que no le hacen en la librería a lo largo del año, tiene el gozo añadido de ver en carne mortal a su escritor o escritora preferidos. Y éstos también son muy diversos: unos, meros gurús con fórmulas mágicas, firmantes de libros-reliquias; otros, frecuentemente más solitarios, estampan sus firmas en un mundo que han venido creando y lo comparten. Y a esos dos tipos sigue un largo etcétera, tan variado como el número de libros que se abren paso con dificultad en los anaqueles de las librerías. Para los profesionales del libro en general, y de la literatura en particular, la Feria es además lugar de encuentro de todos los que trabajan en el libro y en muchos casos lo aman. Pero los escritores, algunos de los cuales comen de los libros, mientras muchos se pagan solo la merienda, aunque vayan a la feria a trabajar reciben otras compensaciones. La tarea creadora es muy solitaria y la Feria les da la oportunidad del agasajo, gratificándoles la vanidad, o de vivir la complicidad del lector con su obra. Al lector, lector, para el que los libros son una fiesta continua y una pasión que cultiva, las ferias no le son estrictamente necesarias, pero al que, sin serlo, tiene verdadera voluntad lectora y le importa un pimiento la publicidad, aunque no sabe exactamente lo que quiere leer y teme que al entrar en una librería lo examinen, le complace tocar el libro libremente en el Parque, sin vigilancia, elegir por su cuenta y marcharse. El peligro está en que se equivoquen de libro. Pero ese libre riesgo es cada día mayor, y no hay feria que lo evite. Lo es porque hay más libros, y seguramente más libros malos, con éxito no obstante algunos de ellos. Bueno sería que aumentaran también los textos geniales, pero de todos es sabido que lo genial es más insólito y no siempre bien cotizado. Y el problema, que no solo es el del mercado del libro, sino seguramente uno de los problemas generales del mercado, consiste en la abundancia de producción, en el exceso. Así que, sin meter en pelea estúpida al mercado y a la cultura, quizá sea necesario cada vez más distinguir los terrenos del uno y de la otra, sin menospreciar, todo lo contrario, los espacios en que se encuentren.

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