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Reportaje:EL LIDERAZGO DE EUROPA

La duda de Merkel

En plena crisis europea, la dirigente alemana ha dejado pasar una oportunidad histórica. Ha preferido mantener la flema mientras una parte de la opinión de su país ruge contra las ayudas a Grecia o lamenta haber cambiado su querido marco por un euro que se revela inestable

"Con esto no puede ni Helmut Kohl". En estos términos se dirigió un ama de casa suaba a la futura canciller de Alemania, Angela Merkel, tras un mitin electoral en los años noventa. Se refería al entonces canciller, que afrontaba, a la vez, el gasto astronómico provocado por la unificación de Alemania tras la caída del muro de Berlín y la decisión sobre lo que entonces era el proyecto de la Unión Monetaria Europea. Sabedora de que los alemanes tienen ahora más miedo que nunca por su dinero, la canciller debe de acordarse a menudo de aquel vaticinio.

Llamada también Frau Europa, la mujer más poderosa del mundo, Merkel fue reelegida hace solo ocho meses para su segunda legislatura al frente de un nuevo Gobierno, esta vez de coalición entre su Unión Demócrata Cristiana (CDU) y los liberales del FDP. Ahora se enfrenta al recelo de los votantes y las duras críticas internacionales por su falta de liderazgo durante la crisis del euro. Muchos en Alemania se sienten estafados, para empezar porque creyeron que el euro iba a ser una moneda estable por la que merecía la pena deshacerse de su querido marco. Desde el extranjero y desde la oposición, los vapuleos son del signo contrario: le acusan de pasividad y de haber cambiado el liderazgo europeo por el plato de lentejas de las elecciones de Renania del Norte-Westfalia el pasado día 9. A mayor abundamiento, la CDU salió escaldada de los comicios. Así que ha llegado la hora de fijar la dirección, con una cuestión abierta: ¿quiere Alemania asumir el liderazgo en una Europa que se tambalea? ¿Lo quiere Angela Merkel?

Alemania ya ha votado cuantiosas aportaciones al paquete de ayuda europea y del FMI para apoyar al euro

En los cálculos de la canciller pesa la ola de euroescepticismo ramplón de los últimos meses

Parte de los alemanes rechazan que su Estado ayude a Grecia y prefieren que este país caiga en la bancarrota

'¿Por qué tenemos que pagarles a los griegos sus pensiones de lujo?', se ha leído en grandes titulares alemanes

Castigados en las urnas por sus recortes sociales, los socialdemócratas critican ahora los titubeos de la canciller

Sus defensores creen que Merkel ha hecho bien en resistir las presiones para asumir el liderazgo de la UE

Los alemanes se han dado cuenta de la enormidad de dinero que va a costarles sostener la moneda común

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Merkel recibe muy poco a periodistas extranjeros. Cuando lo hace es que hay asuntos candentes. Así fue, off the record, en dos ocasiones durante el periodo más duro de la crisis financiera de 2008 y 2009, cuando arreciaban los ataques dentro y fuera de Alemania por la lánguida gestión de Madame No. Recién reelegida, se le notaba que disfrutaba de un momento dulce de su carrera. Hace dos semanas, el tono y los gestos cordiales -como fotografiarse con sus interlocutores y hasta reírles alguna gracia- eran al mismo tiempo síntoma de la gravedad del escenario. Se trata de explicar sus demoras y titubeos en la crisis de la moneda única europea en mitad de la vorágine.

Merkel sitúa su europeísmo en la senda de Konrad Adenauer y Helmut Kohl, es decir, en dos personas de la máxima relevancia para Europa. Sin embargo, le preocupa ostensiblemente el juicio de los alemanes de a pie, sus votantes, que perciben las enormes complicaciones políticas y los riesgos económicos del esfuerzo alemán por evitar que el euro se hunda y arrastre consigo el proyecto europeo. Ante una avezada estratega como Merkel, es difícil discernir cuánto hay de cálculo electoral y cuánto de convicción personal en sus explicaciones. Ella defiende una "cultura del ahorro" alemana, un criterio marcado por la hiperinflación de los años 1922-1923 y sus nefastas consecuencias políticas, que contribuyeron a la victoria electoral de Hitler, a la dictadura y a la peor guerra de la historia. El recurso a lo más negro del pasado alemán le sirve tanto para defender su postura como, tal como se ha visto entre los críticos más montaraces de Merkel en el extranjero, para atacarla por haber impuesto la austeridad alemana al resto de las maltrechas economías europeas.

Merkel tiene tan poco de ama de casa como de suaba. Si se quiere jugar a las profesiones, en todo caso su actitud tiene más de profesora. Lleva las lecciones preparadas, es extremadamente paciente y una experta en mediar entre grupos. Los vídeos de cuando era ministra para la Mujer y la Juventud con Helmut Kohl, a principios de los noventa, muestran a una mujer voluntariosa de aspecto desenfadado, una recién llegada ante los flashes de las modernas democracias mediáticas. Aun a sus 55 años, y en su segundo mandato como canciller, la doctora en Físicas y antigua investigadora de la Academia de las Ciencias de la extinta República Democrática Alemana (RDA) parece tardar un momento en percatarse de que le van a retratar. Junta entonces las yemas de los dedos en uno de sus gestos estudiados y pone cara de foto. Sin embargo, y pese al semblante pachón que da tanto juego en las caricaturas, el rasgo más llamativo del rostro de Angela Merkel se revela sólo cuando sonríe espontáneamente. La sonrisa le llena la cara.

De momento, la situación política le está dando pocas alegrías. Mientras que al otro lado del Rin son menos reacios a las ayudas a Grecia y al fondo de rescate del euro, en esta parte del territorio del eje franco-alemán la discusión ha llegado hasta el Tribunal Constitucional. Los jueces de Karlsruhe han desestimado un recurso para paralizar los 22.400 millones de euros que movilizó Alemania para ayudar a su socio mediterráneo, pero la demanda sigue en trámite. Merkel conoce el desastre que una decisión negativa provocaría en las finanzas europeas y justifica con estos obstáculos la demora de su actuación. Con prolijidad de científico, la canciller desgrana una tras otra las trabas parlamentarias y judiciales que está teniendo que superar la contribución alemana al rescate griego y al fondo de estabilización del euro. Los dirigentes alemanes se dicen maravillados por la facilidad con la que Francia, Italia o España llevan adelante sus aportaciones a ambos fondos [quizá no están suficientemente informados sobre cómo van las cosas en España]. En cuanto a la relación de Merkel con sus colegas extranjeros, a ella le gusta repetir que cada cual tiene su carácter.

Y es que una parte de la opinión alemana tiene muchas, muchas dudas. Por ejemplo: el economista Joachim Starbatty, firmante del recurso al Constitucional contra las ayudas griegas, para quien las consecuencias de una bancarrota griega serían aceptables. Representa al nutrido grupo de alemanes que rechazan la actuación del Gobierno de Berlín y prefieren que Grecia caiga en la bancarrota. Si Portugal y España les siguen al abismo, que cada palo aguante su vela. Estos dicen no ser nostálgicos del marco, sino partidarios de una unión monetaria restringida a los que pueden permitirse compaginar una moneda fuerte con una economía competitiva.

Con distanciamiento higiénico, para no ser confundidos con los que en Alemania son considerados arrogantes representantes de la denostada casta financiera anglosajona, se refieren al acrónimo inglés para los países más endebles del euro, los PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España). Pig significa, además, cerdo. El rescate griego y el desconcierto sobre el futuro del euro han extendido también en Alemania la sensación de estar llevando a ese mismo cerdo en brazos.

Más que los problemas jurídicos, el populismo euroescéptico desplegado por parte de los medios de comunicación alemanes ha desempeñado un papel fundamental en esa percepción. Durante meses, millones de lectores se han desayunado con tremebundos titulares como: ¿Por qué tenemos que pagarles a los griegos sus jubilaciones de lujo? La persistente campaña ha contribuido a caldear los ánimos. Mientras, Merkel hacía una nueva exhibición de su proverbial flema a lo largo de las negociaciones del rescate europeo. Muchos la acusaron de sacar réditos políticos del latente antieuropeísmo entre la población. Ella, por contra, recuerda que su Gobierno recalcó su compromiso de apoyo al euro ya desde el mes de febrero.

El 9 de mayo se celebraron en Renania del Norte-Westfalia -uno de los Estados más poblados de Alemania- unas elecciones cruciales para el Gobierno de Merkel. De haberse demorado un par de semanas más la dramática petición de ayuda griega, la CDU quizá se habría visto recompensada por la tan celebrada dureza que mostró Merkel en las negociaciones europeas. Y que había llevado al diario Bild, el buque insignia del sensacionalismo en Alemania, a montar un retrato de la canciller sobre los hercúleos hombros de un monumento a Bismarck, el Canciller de Hierro que unificó Alemania ganando la guerra franco-prusiana de 1871. Pero en las elecciones de Renania se interpuso el problema de Grecia, y la CDU perdió más de 10 puntos, así como su capacidad de formar un nuevo Gobierno regional con los regionales del FDP, situación que, a su vez, ha afectado a su mayoría en la Cámara alta (Bundesrat).

Otras batallas se libraron la semana pasada en el Bundestag, la Cámara baja legislativa. Los socialdemócratas y Los Verdes no dieron cuartel a Merkel y se abstuvieron de apoyar la aportación de 148.000 millones al fondo de rescate del euro, que Alemania aprobó la semana pasada para contribuir al paquete de avales y garantías conjunto de Europa y del FMI destinado a estabilizar el euro.

Alemania, acusan, nunca estuvo tan aislada en el seno de la UE. Los socialdemócratas afean a Merkel sus titubeos y su lentitud, después de haber pagado un enorme precio electoral y político por los recortes que le dieron al Estado del bienestar cuando estaban en el Gobierno hace siete años. En las elecciones generales de septiembre pasado, el Partido Socialdemócrata bajó hasta quedarse con el 23% de los votos. Agitando discretamente la bandera europeísta, ahora navegan con viento de popa gracias a la estupefacción por la crisis del euro y a las tensiones en el seno de la coalición entre democristianos y liberales.

Mientras el Parlamento votaba, un equipo de la televisión pública preguntaba al público su opinión sobre el euro en las inmediaciones del vetusto Reichstag berlinés. ¿El resultado? "Cuanto más ignorantes son, más añoran el marco", resume el autor de esas entrevistas. Si bien el 63% de los alemanes decían hace tres semanas estar "orgullosos" del euro, el 54% preferían el marco.

Incluso cuando depone el tono institucional, Merkel desoye de plano las enmiendas que juzga triviales. Encaja el resto con naturalidad, y si no está de acuerdo, explica: "Ya, pero mire usted...". Creció en la RDA como hija de un pastor protestante y de una profesora incapacitada para ejercer por estar casada con un religioso. El régimen comunista reconocía una amenaza en la Iglesia protestante. En este contexto poco afín, Merkel fue una alumna brillante acostumbrada a trabajar más que sus compañeros para destacar. Es probable que esto contribuyera a su estima por el esfuerzo y la excelencia. Una estima que se revela, cuando, por ejemplo, para ilustrar sus argumentos macroeconómicos se detiene a describir los logros de una empresa bávara de 200 trabajadores, al parecer, líder mundial en la fabricación de ciertos pegamentos. Sin embargo, la crisis ha revelado la otra cara de esa medalla.

La pasividad de Merkel durante la ola de euroescepticismo ramplón de los últimos meses ha demostrado el importante papel del populismo en sus cálculos. A fin de cuentas, los triunfos de un político se miden también en votos. Son una calificación de su excelencia. Paciente estratega y luchadora tenaz, quizá por su protagonismo en la excepción histórica que llevó a una científica de un país extinto (la Alemania comunista) a liderar otro mucho más grande y poderoso (la Alemania unificada), Angela Merkel está acostumbrada a ganar. Esto puede ser, junto con su sonrisa, el otro rasgo característico de la canciller. El resto es teflón.

Su tono es comprensivo cuando describe las preocupaciones de los alemanes, haciendo justicia al mote de Mamá Merkel que le pusieron en tiempos mejores. La cuestión sobre si está dispuesta o capacitada para asumir el liderazgo europeo le devuelve a su cualidad de persona escurridiza.

Dos semanas atrás, Merkel defendía en Berlín la política económica de su Gobierno ante la potente Federación Alemana de Sindicatos DGB, recordando que es "la canciller de una coalición democristiana-liberal". Se encogió de hombros y añadió: "En fin, eso es así, lo han querido los votantes". Los sindicalistas, gente de izquierda, la interrumpieron con aplausos y carcajadas, a lo cual ella esbozó un mohín de resignación divertido. Carcajada y ovación. El gesto encarna la indefinición ideológica de Merkel. Lo repitió para solaz de los delegados y políticos de izquierda: "Así lo han querido los votantes". Quien espere más claridad y mayor determinación en su política europea se verá decepcionado.

"Yo estoy en contra de que Alemania asuma el liderazgo en la Unión Europea". El catedrático de Derecho Europeo Christian Calliess tacha de pésimo y de irresponsable el tratamiento mediático de la crisis del euro. Pero visto el grado de resistencia interna alcanzado, europeístas como él destacan el "notable" grado de compromiso demostrado por el Gobierno en la crisis. No cabe duda de que Merkel ha empezado a pagar un precio político por las impopulares ayudas a Grecia y al sostenimiento del euro. Sus defensores creen que ha hecho bien en resistir las presiones para asumir el liderazgo de la UE. La historia de Alemania lo haría "enormemente problemático", como demuestra el constante recurso de propios y extraños al pasado nazi de Alemania.

En su discurso de entrega del Premio Carlomagno a Donald Tusk [primer ministro de Polonia], en Aquisgrán, Merkel diferenció entre caracteres de políticos. Está de un lado "el decidido, el valiente, el rápido". Por otro "el, o quizá la, vacilante, dubitativa, obsesionada por la estabilidad". No cabe duda de que este último le corresponde a Merkel. La canciller dijo también que "el XXI puede llegar a ser el siglo de Europa". Pero ha de serlo bajo un "liderazgo compartido" y estimulado por el eje franco-alemán.

Los titubeos y los virajes estratégicos de Merkel pueden valorarse como un cambio de paradigma en la vocación europeísta de los Gobiernos de Alemania. De lo que no cabe duda es de la erosión de la idea europea entre los ciudadanos. Algunos, como el profesor Calliess, aconsejan "no tomárselo demasiado a pecho". Claro, que él no se presentará a las próximas elecciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de mayo de 2010