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jueves, 20 de mayo de 2010
Crítica:63º Festival de Cannes

Claroscuros de un profesional del gatillo

El metraje de Carlos, una obra concebida inicialmente como serie de televisión y que cuando se exhiba en las salas lo hará con un montaje que reducirá a la mitad su duración original, es de cinco horas y media. Lógicamente, había espectadores que abandonaban su butaca para ir al lavabo, pero después retornaban, lo cual me hace imaginar que si durara más tiempo tampoco se hubieran dado deserciones en el cine. Y entiendo el enganche del personal ante una intriga bien contada. Comprendes su función para que descanse el cerebro después de tanto celuloide denso y con vocación de tesis sobre el ser y la nada.

Carlos, dirigida por Olivier Assayas, es un biopic fascinado con la turbia existencia y las cuestionables hazañas del terrorista Carlos, leyenda tenebrosa de la subversión armada durante las décadas de los ochenta y de los noventa, alguien con infinito seguimiento mediático en cada uno de sus golpes o al que inevitablemente se le atribuían actos terroristas perpetrados desde el anonimato.

Hay demasiadas sombras en la personalidad de este profesional de la bomba, el gatillo y el secuestro. Assayas, al que no parece importarle mostrar la hipnosis que le provoca el personaje, reconstruye datos y acciones que son constatables como su entrenamiento en Líbano, el asesinato en París de tres policías y un supuesto traidor de la OLP, su colaboración con miembros del Ejército Rojo japonés y de las Células Revolucionarias alemanas, el secuestro en Viena de los ministros de la OPEP y otros hechos certificados por la realidad. Entre los muchos misterios de Carlos se deduce que el gran manipulador fue también manipulado y que abundan los pactos y las negociaciones entre gobiernos que jamás se hicieron públicos, que su mito estará siempre plagado de enigmas. Pero resulta diáfano que Assayas siente mucho respeto por la energía, la imaginación, el determinismo, la capacidad organizativa y la frialdad para la acción de un hombre que se consideraba un soldado de la revolución, que se convirtió para muchos Estados en el principal enemigo público, en el cerebro y ejecutor de un terrorismo tan audaz como efectivo. Esta película no posee la complejidad ni el arte que volcó Steven Spielberg en Munich abordando una temática similar, pero logra algo tan meritorio como que te atrape sin que te agobie su duración.

Route Irish, programada tardíamente en la sección oficial, la dirige Ken Loach y la ha escrito Paul Laverty, su guionista habitual en los últimos tiempos. Se desarrolla en Liverpool, pero su tema es la infame guerra de Irak. Cuenta la investigación que hace un antiguo miembro de los servicios secretos ingleses sobre la muerte en Bagdad de un íntimo amigo que trabajaba como agente de seguridad en una de las muchas empresas privadas que están haciendo siniestros negocios en un país devastado. La trama es creíble y las conclusiones dan mucho miedo.

La película coreana Poetry, dirigida por Lee Chang-Dong, aborda de forma curiosa el brutal desencuentro con la realidad de una anciana excéntrica que pretendía dedicar su vejez a la belleza de la poesía, la floricultura y otros espirituales placeres cuando descubre que su nieto está implicado en la violación de una compañera de colegio. De la película ucrania My Joy había anticipados comentarios de críticos de vanguardia destacando el arte de su director Serguéi Loznista, otro genio a descubrir. Ignoro en qué se basan esas apreciaciones. La historia principal es la de un camionero que abandona su ruta y se pierde en un pueblo donde es acorralado por sus violentos moradores. Esta historia, al parecer, tiene profunda hilazón con otros relatos paralelos, pero a mí me resulta imposible encontrar ese transparente sentido. Todo es tan incomprensible como fatigoso.

Edgar Ramírez (derecha), en un fotograma de Carlos.

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