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sábado, 1 de mayo de 2010
Reportaje:FUERA DE RUTA

Nueva Zelanda, boca abajo

Glaciares, fiordos y bosques de helechos. El paisaje emociona entre el Pacífico Sur y el mar de Tasmania

Casi 20.000 kilómetros separan Nueva Zelanda de España. Sin embargo, ni la distancia ni las largas horas de avión -unas 36, entre vuelos, escalas y transbordos- impiden que cada año sean más los españoles que eligen conocer el exotismo de estas tierras, con paisajes ensoñadores y de riquísima naturaleza prácticamente virgen y en perfecto estado de conservación. Aunque hay ciudades hermosas, Nueva Zelanda destaca por su naturaleza. Es el país con mayor porcentaje de su territorio convertido en parques nacionales. Formada por dos islas -la del Norte y la del Sur-, presenta una variada oferta para los amantes del medio ambiente.

La isla Norte

De origen volcánico, la isla del Norte tiene una vegetación menos frondosa que su hermana, pero posee una rica zona de géiseres en Rotorua. Además de observar estos fenómenos naturales, uno también puede experimentar la deliciosa sensación de sumergirse en los célebres baños polinesios, donde la temperatura del agua, rica en minerales, ronda los 30 grados. Es especialmente recomendable hacerlo de noche, por el contraste de temperaturas.

En Rotorua se concentra un gran número de maoríes (el 12% de la población del país). En los últimos años se ha potenciado la reivindicación de su cultura, pero aún no ha trascendido del todo a la sociedad, ya que no están muy integrados y en algunas zonas de Auckland viven casi en guetos.

Aunque la capital del país es Wellington, Auckland cuenta con el aeropuerto más importante de Nueva Zelanda. Además de ser la ciudad más grande y poblada, Auckland destaca por su impresionante bahía, donde recalan miles de embarcaciones de vela. Se pueden ver volcanes, ya extinguidos, y el famoso puente de hierro Harbour Bridge, desde donde se tiene una hermosa vista de la bahía y el Pacífico.

Como anticipo de lo que van a ver a lo largo del país, no está nada mal que los amantes de la naturaleza disfruten un poco en el museo de Kelly Tarlton. Pingüinos, especies marinas de todo tipo como tiburones, rayas y las salvajes pirañas se dan cita en un gran acuario que comparte espacio con un museo dedicado a los expedicionarios de la Antártida.

Entre Auckland y Rotorua, uno se puede desviar para visitar las cuevas de Waitomo. El silencio es absoluto en su interior, y el efecto visual producido por miles de luciérnagas en el techo de la cueva y el paseo en una barca que se mueve con suavidad provocan en el turista la sensación de cruzar el Hades en cualquiera de los dos sentidos. Es uno de estos momentos que se repiten a lo largo del viaje en los que el turista tiene la sensación de estar viendo algo que es difícilmente repetible.

La isla Sur

Si la volcánica isla del Norte sorprende, la del Sur, muy montañosa y con una vegetación mucho más frondosa, brinda muy gratas impresiones. Christchurch, la ciudad más destacada y capital del condado de Canterbury, se conoce como la "ciudad jardín" por la abundancia de zonas verdes y parques que rodean el río Avon. La catedral -a cuyos pies se encuentra un gigantesco ajedrez-, las plazas, calles y demás templos religiosos nos transportan en el espacio a Inglaterra, dada la semejanza existente, muy bien conseguida por sus primeros pobladores, anglicanos llegados en 1850.

Como fiel reflejo del Reino Unido, también los escoceses se asentaron en estas tierras y, como no podía ser menos, al tratarse de las antípodas, en lugar de instalarse en el cálido norte lo hicieron más al sur. Dunedin, ciudad universitaria por antonomasia y muy rica en actividades culturales, tiene bastantes reminiscencias de Edimburgo, con edificios impresionantes como la estación de ferrocarril y la propia Universidad, construidas con la piedra oscura de la península de Otago. Es precisamente en esta península donde se encuentra una de las colonias más importantes de albatros del mundo, así como numerosas focas y unos curiosos pingüinos con ojos amarillos.

Los principales tesoros se sitúan al otro lado, en la costa oeste, frente al mar de Tasmania. Fiordland es el parque nacional más grande del país. Entre los numerosos fiordos destacan dos: Milford Sound y Doubbtful Sound. Rudyard Kipling definió al primero como la octava maravilla del mundo. Y el camino que conduce hasta ahí, el Milford Track, es considerado como una de las mejores rutas. A través de 55 kilómetros se cruza un impresionante bosque de helechos gigantescos y árboles que conforman la tupida región de Fiorland. Para preservar el entorno, el Gobierno neozelandés restringe el número de turistas que pueden recorrerlo, por lo que hay que solicitarlo con meses de antelación. La mayor parte de las personas que acceden a este maravilloso lugar lo hacen por carretera, donde tampoco desmerecen las increíbles vistas: cascadas, riachuelos, lagos, montañas nevadas y una permanente neblina acompañada de una mortecina capa de lluvia (es uno de los lugares con mayor índice de pluviosidad del mundo).

Una vez que llegamos a Milford Sound hay barcos que ofrecen rutas alrededor del fiordo. No resulta extraño ver sobre las rocas focas tumbadas y juguetonas, ajenas al paso de los barcos. Uno de los atractivos de la travesía es avistar Mitre Peak, una increíble montaña surgida del mar.

La ciudad más cercana a Milford Sound es Queenstown, una pequeña población turística a orillas del lago Te Anau. Una de las principales atracciones consiste en contemplar la ciudad desde el teleférico. A 21 kilómetros espera Arrowtown, cuya calle central recuerda al Lejano Oeste americano. Aquí hubo importantes descubrimientos de oro a mitad del siglo pasado. Es fácil encontrar por la región pueblos fantasma surgidos como consecuencia de la masiva llegada de aventureros en busca de oro. Así, antiguas minas y pequeños museos son mostrados por los propietarios con bastante orgullo y sentido del humor.

Un poco más al norte, otra cita con la naturaleza: los glaciares Franz Josef y Fox. Se ofrecen vuelos en avioneta y helicóptero, pero también excursiones en tierra para adentrarse en sus paredes heladas. Según una leyenda maorí, el glaciar Franz Josef está formado por las lágrimas de una chica triste cuyo amor murió en un accidente en la montaña. Son muchas las leyendas maoríes sobre lugares mágicos y hermosos, sobre esta tierra, sin lugar a dudas el último paraíso.

Guía

Cómo ir

» Thai (www.thaiairways.es) vuela a Auckland desde Madrid, con una escala en Bangkok; ida y vuelta, 1.311 euros.

» Air New Zealand (www.airnewzealand.es) une Madrid con Aukland, con una escala en Londres y una segunda parada en Los Ángeles o en Hong Kong; ida y vuelta, 1.390 euros.

» Korean Air (www.koreanair.com), ida y vuelta desde Madrid, con una escala en Seúl, por 1.836 euros.

Información

» Turismo de Nueva Zelanda (www.newzealand.com).

Playa en la bahía de Auckland, la ciudad más poblada de Nueva Zelanda, al norte de la isla Norte. / ANTONIO ESPEJO

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