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viernes, 30 de abril de 2010
Crítica:

Bodas de pólvora

J. C. 30 ABR 2010
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La celebración de una boda es uno de esos ritos sociales en los que suele aflorar lo peor del ser humano: un torbellino de estridencia y alegría histérica, donde la oficialización de un espejismo -la unión de dos medias naranjas- funciona como pista falsa para camuflar la estructura profunda de todo el asunto, que no es otra que el calibrado y la puesta en común de la diferencia. Por un lado, la diferencia entre los dos clanes familiares que chocan y sacan pecho en un salón de banquetes, soterradamente convertido en arena de una pelea de gallos. Por otro, las pequeñas, sustanciales y dolorosas diferencias que se dan en el interior de cada uno de esos clanes. En Honeymoons, co-producción serbio-albanesa Goran Paskaljevic amplía de manera significativa el campo de batalla de la paradoja matrimonial y no sólo habla de convivencias imposibles entre las ruinas de recientes conflictos: también acaba abordando la conciliación imposible entre el sueño de la Nueva Europa y los cargamentos de esperanza que depositan en ella los parias que aspiran a saltar sus verjas electrificadas por letales prejuicios raciales y de clase.

Honeymoons divide su trama en dos bodas -una albana y otra serbia-, pero no se interesa por sus respectivos protagonistas, sino por quienes se sitúan a fondo de plano, en ese lugar donde el invitado es perfecto destinatario de toda la agresividad latente bajo la impostada alegría: dos parejas que emprenderán sus fugas paralelas hacia una Tierra Prometida que se revelará feroz zona de exclusión. Paskaljevic dedica apuntes incisivos a la pervivencia de la guerra en tiempo de paz, la obscena vampirización mediática de la pérdida y la violencia que genera la interpretación sesgada de un atentado, pero convierte a sus personajes en poco más que reses sin más posibilidad que el camino al matadero.

 
 

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