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Editorial:

El factor Eyjafjalla

La erupción del volcán islandés supone un nuevo golpe para el sector del transporte aéreo

La erupción del volcán islandés Eyjafjalla ha provocado en Europa el mayor caos aéreo de la historia. Cinco días después de que comenzara a extenderse la nube de ceniza, las compañías aéreas se han visto obligadas a cancelar decenas de miles de vuelos. Se trata de un nuevo y duro golpe para un sector que acumula dificultades desde principios de la década. Y de un hecho que no sólo ha influido en la vida de millones de pasajeros, atrapados en los aeropuertos de salida o de destino, sino también en el normal desarrollo de la agenda política europea.

Un Consejo de Ministros de Agricultura en Bruselas hubo de ser suspendido y la canciller Angela Merkel, entre otros mandatarios, se ha visto obligada a modificar su agenda durante varios días. Es el caso de algunos de los ministros y altos cargos que asistieron a la cumbre del Ecofin celebrada en Madrid o que contaban participar en las exequias del presidente polaco Lech Kaczynski, muerto la pasada semana en accidente de aviación.

Son tantos los factores que han intervenido en esta situación que hubiera resultado imposible minimizarla, y menos aún atajarla, por la vía de la previsión. El Eyjafjalla no había entrado en erupción en los dos últimos siglos. La evolución de la nube de gases y ceniza, por otra parte, depende al mismo tiempo de las condiciones climatológicas y del comportamiento de las partículas en suspensión, que son algunos de los principales elementos manejados por los expertos y las autoridades para decidir los cierres del espacio aéreo y de los aeropuertos afectados. Pese a la espectacularidad del fenómeno, y sus sorprendentes dimensiones, la seguridad de la navegación aérea ha estado garantizada en todo momento.

Es probable que los verdaderos problemas comiencen una vez que la erupción del Eyjafjalla remita y la nube de ceniza empiece a disiparse. No se trata sólo de que decenas de miles de pasajeros deberán ser reabsorbidos en breve plazo, lo que obligará a compañías y aeropuertos a un inédito e ingente esfuerzo logístico bajo una extraordinaria presión. Es necesario también un análisis profundo de lo sucedido, de las decisiones adoptadas, de la verdadera magnitud del riesgo y del nivel de alarma decretado. Es tan elevado el quebranto económico y tantos los perjuicios para los usuarios, que sería una irresponsabilidad archivar lo sucedido como un mero desastre natural.

Aerolíneas y aeropuertos comenzaron a reclamar ayer una rebaja de las restricciones adoptadas por las autoridades de cada país, por considerar que la alarma había sido excesiva. Algunas compañías incluso realizaron pruebas con sus aparatos y comprobaron que en ningún caso se producían daños. El volcán Eyjafjalla sigue arrojando gases y cenizas a la atmósfera y es probable que siga haciéndolo durante un tiempo. Es por ello por lo que es necesario mantener un rigor máximo en la seguridad, acorde con la fragilidad de un sector muy castigado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de abril de 2010