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miércoles, 14 de abril de 2010
Crónica:VALLADOLID 2 - SEVILLA 1 | 32ª jornada de Liga

El Valladolid se come al Sevilla

Clemente obtiene su primer triunfo con su nuevo equipo ante un conjunto en decadencia

No da sensaciones el Sevilla de merecer una plaza en la Champions. El periodo de decadencia del conjunto andaluz se plasma en partidos como el del José Zorrilla. El Valladolid, un conjunto angustiado, que no conoce el triunfo en su estadio desde el pasado 20 de diciembre, pasó por encima de un presunto aspirante a la elite europea, un escenario que no contempla el tratado de vulgaridad con el que se despachó el conjunto andaluz. En el marasmo de una medianía insoportable, donde sólo los destellos de Navas recuerdan tiempos mejores, el Sevilla, ese equipo una vez aspirante a todo, fue superado por la agresividad del Valladolid.

Sólo respiró en los últimos 20 minutos, cuando su rival, hasta sorprendido por su renta de dos goles, cedió demasiado espacio, temeroso ante el riesgo de perder lo que tanto le costó lograr. Por ahí tocó algo el Sevilla, encontró aire en un golazo de Cala cuando faltaban siete minutos y todavía, con todo perdido, gozó incluso de una clara ocasión para empatar por medio de Jesús Navas. Llegó la reacción demasiado tarde, algo impropio de los equipos que merecen entrar en el selecto club de la Liga de Campeones. A pesar del sufrimiento final, el Valladolid fue justo vencedor. El primer triunfo de la era Clemente.

VALLADOLID 2 - SEVILLA 1

Valladolid: Jacobo; Pedro López (Marcos, m. 55), Sereno, Nivaldo, Del Horno; Borja, Baraja; Barragán, Diego Costa, Nauzet (Marquitos, m. 66); y Manucho. No utilizados: Fabricio; Arzo, Font, Canobbio y Bueno.

Sevilla: Palop; Adriano, Cala, Dragutinovic, Fernando Navarro (Squillaci, m. 15); Navas, Lolo, Romaric, Capel (José Carlos, m. 78); Negredo (Kanouté, m. 64) y Luis Fabiano. No utilizados: Varas; Duscher, Renato y Rodri.

Goles: 1-0. M. 41. Diego Costa. 2-0. M. 54. Manucho. 2-1. M. 83. Cala.

Árbitro: Álvarez Izquierdo. Amonestó a Sereno, Barragán, Del Horno, Nauzet, Palop y Baraja.

18.900 espectadores en el José Zorrilla de Valladolid.

Hace tiempo que el Sevilla dejó de tener en la velocidad su seña de identidad

El Valladolid, un equipo que presenta un bagaje de una victoria en los últimos 16 encuentros, tuvo la ocurrencia de buscar en el novato Onésimo la llave de la salvación. Con un pie en Segunda, la desesperación le hizo luego ponerse en manos de Javier Clemente. Para bien o para mal, que eso lo marcará en gran medida la complicada tarea de conseguir la permanencia, el técnico vasco tiene un método, antiguo, sin duda, pero al fin y al cabo una idea con la que plantarse ante un Sevilla que, a pesar de sus titubeos, llegaba a Pucela como el cuarto clasificado de la Liga española.

Amparado en sus muchos años de profesión, lo que hace que le resbale casi todo, Clemente tiró de una serie de recursos que en otros escenarios se antojan desfasados, propios de un fútbol que ya no existe. Blindó la banda izquierda con dos laterales y nunca su equipo hizo ascos al pelotazo en busca de Diego Costa. A todo este repertorio tan antiguo se añadió una entrega sin límites. Y lo curioso es que funcionó. Principalmente, porque el Sevilla hace tiempo que dejó de ser el equipo que hacía del vértigo y la velocidad sus señas de identidad.

Con Antonio Álvarez en el banquillo puede crearse un ambiente más propicio para obtener buenos resultados, pero no existen milagros cuando el mal tiene bastante calado. Con jugadores como Lolo y Romaric en el eje, es imposible generar fútbol fluido. La primera parte del Sevilla, fue, sencillamente, nefasta, con un 1-0 en contra como el mejor resultado posible para un equipo que además tampoco fue rocoso en defensa. Mientras Álvarez se lamentaba en la banda, su equipo había sido incapaz de tirar a puerta. Le faltó frescura al entrenador para alterar el sino del encuentro. Tardó mucho en meter en el campo a Kanouté y se encontró además con que su mejor jugador, Luis Fabiano, le cogió asco al encuentro. Sólo en el tramo final revivió algo un equipo en una peligrosa encrucijada, la de reinventarse.

Diego Costa celebra su gol frente a Dragutinovic y Navarro. / AFP

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