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Tribuna:

¿Por qué no aprendemos a escuchar?

En los años ochenta llegué a España como exiliada del totalitarismo comunista checoslovaco, aunque antes de afincarme en este país había acabado mis estudios en Estados Unidos. En aquella época apenas había transcurrido una década desde la muerte de Franco y la implantación de la democracia, y la ideología comunista gozaba de un cierto respeto ganado durante los años de oposición al franquismo. En las librerías se multiplicaban los textos de los teóricos del marxismo y, en cambio, los libros que denunciaban los crímenes estalinistas o emparentaban el totalitarismo soviético con el nazismo eran ignorados.

De modo que hubo españoles que me reprocharon haber abandonado un país comunista para ir a parar al capitalismo. Sirviéndose de citas filosóficas y argumentos racionales para revestir su fe en el edén comunista, mis interlocutores de entonces me demostraban que había abandonado una especie de paraíso terrenal. Argumentaban que la sanidad y la escolaridad eran gratuitas en los países del socialismo real. Yo les explicaba las miserias de una escolaridad que obligaba a estudiar básicamente el marxismo-leninismo, de una sanidad "gratuita" que había que pagar con productos occidentales. No siempre quisieron entenderme, pero mi caso no fue aislado. Lo mismo le había pasado a Vladimir Nabokov en Estados Unidos y a Isaiah Berlin en Reino Unido. La ideología política solía tener más relieve que el testimonio vivido y la contundencia de los hechos.

Juzgamos desde posiciones ideológicas sin prestar oído a los disidentes

Desde entonces han pasado ya unas décadas, pero en España, las izquierdas no han aceptado ni analizado el hecho de que en algún momento pasaron por alto los crímenes del estalinismo. Y ahí siguen. Eso no sólo es deshonesto con sus votantes, sino que es vergonzoso. Hace unos días, el PSOE y otros partidos de izquierdas han rechazado que se obligue, en las escuelas, a enseñar el crimen que Stalin cometió en Ucrania al provocar una hambruna que mató a siete millones de personas. ¿Cómo concuerda esto con la idea de la memoria histórica?

Otro caso llamativo es el de Cuba. Cuando leo en la prensa las declaraciones del ministro Moratinos sobre su intención de proseguir con la apertura hacia Cuba a pesar de que en sus cárceles están muriendo disidentes, tengo la sensación de hallarme en mi país en plena guerra fría cuando los políticos se ocultaban detrás de un velo de hipocresía y nunca revelaban sus verdaderas intenciones. Defender al régimen de los Castro -y, además, desde la presidencia de la UE con nuevos miembros de los países poscomunistas- es como defender cualquier otra dictadura: la de Pinochet, la de Corea del Norte o la del mismo Franco.

Hace unos años conocí en el Kosmopolis barcelonés a Zoé Valdés, una escritora cubana exiliada en París. Hablamos de nuestra experiencia con el totalitarismo, de nuestras vivencias en el exilio y nos entendimos en seguida. "No más empezamos a hablar y me di cuenta de que las experiencias bajo el comunismo nos unían más de lo esperado", escribió Zoé en su blog. Lo mismo ocurrió con otros escritores cubanos, exiliados en España. Me reuní con dos de ellos. Juan Abreu, que había huido a los Estados Unidos en una balsa, me dijo que a partir de su adolescencia, en los años setenta, "todos los cubanos tuvieron un sólo objetivo común: ¡huir! Porque allí todo es paranoia, miedo, espías por todas partes, todo el mundo tiene alguna historia con su delator". Es evidente que cuando de una nación casi una cuarta parte ha huido al extranjero, algo pasa. España, sin embargo, es un país que muy excepcionalmente concede asilo político a un cubano; últimamente se denegó incluso a los casos que demostraron que no podían volver.

Ambos cubanos reunidos conmigo provienen de barrios marginales, de familias humildes. ¿No se hizo la revolución cubana básicamente para que gente como ellos estuvieran satisfechos? Rolando Sánchez Mejías cuenta que, cuando era adolescente, sentía que era natural y consecuente con la historia del país estar integrado a la Revolución; a los 20 años abrió los ojos y se convirtió en disidente de ese régimen totalitario, para, luego, exiliarse de él. "Los europeos", cuenta Juan, "básicamente los intelectuales que durante décadas dieron su apoyo moral al régimen de Castro pero jamás quisieran vivir en las condiciones de la dictadura cubana, te dicen: para los cubanos eso está bien. Lo dice Rosa Regàs, Belén Gopegui, Antonio Gades y José Saramago, entre otros".

¿Por qué, los europeos, no aprendemos a escuchar las experiencias ajenas, a prestar oído a la miseria humana, clara y elemental, en vez de juzgar lo que ignoramos desde posiciones ideológicas? ¿Y cuándo hará la izquierda oficial española una crítica revisión de sus bastante discutibles posturas en el pasado, que influyen en el presente?

Monika Zgustova es escritora; su última novela es Jardín de invierno (Destino).

* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de marzo de 2010